jueves, 12 de enero de 2012

EL PRIMER AMOR CAPITULO VII - EL INTERNADO

- CAPITULO VII -

- EL INTERNADO -

El nuevo curso estaba a punto de iniciarse. La ropa de vestir y el uniforme del colegio no se incluían en la beca. Elisa era consciente de la reacción del Coeter. Si le exigían soltar un solo real para la escuela se echaría atrás y no permitiría a José comenzar el año académico.

Pero la maestra no se olvidó de Rita. Conversó con Paco y le aseguraron toda la ayuda posible para seguir con la mayor normalidad ese primero de bachiller. Ana que también iba a comenzar el bachiller en un colegio de religiosa ofreció su ayuda, dentro de sus posibilidades. Pues no era precisamente una alumna brillante. La maestra se comprometió a matricularle por libre en el instituto, para presentarse a los exámenes de primero de bachiller en Junio. De los libros, libretas y material del colegio no tenía porqué preocuparse pues ella se encargaría de todo para que aquella inteligente niña no desperdiciara su vida sólo con las labores de la casa. Rita se sentía agradecida y adoraba a la señorita. Hizo una gran amistad con Ana y con su vecino Paco comenzaba a nacer algo más que una amistad.

El día de la partida llegó, sus hermanos mayores se metieron un poco con el chaval al verlo de uniforme.

- ¡Mira! Si parece uno de esos pijos de ciudad que solo piensan en los libros.

O frases como.

- Yo te daría una azada y sabrías lo que es el trabajo. Estudias para no pencar. Igual de vago que los señoritos de ciudad.

Frases de la cosecha de su padre. José sonreía sabía que la incultura de sus hermanos los llevaba a decir esas palabras, se abrazó a su madre y las lágrimas corrieron por las mejillas de Marta. Últimamente florecían en sus ojos con facilidad. Temía que su hijo lo pudiera pasar mal en el internado.

- ¡Madre! No me voy a la guerra.

Comentó mientras añadía.

- Además. El domingo, si no sucede nada, estoy aquí de vuelta.

Cuando fue a despedirse de su padre, éste en tono seco, le dio un bofetón cariñoso en la mejilla y comentó.

- Espero que aproveches el tiempo y te hagas pronto un buen médico. Ya puedes agradecer a tus hermanos que han de cargar con tu trabajo.

Hizo aman de abrazar a su padre pero éste le tendió la mano mientras añadía.

- Si eres un hombre para ir a la escuela no me hagas mariconadas y estrecha la mano.

El niño se quedó un poco cortado le dio un fuerte apretón de manos y se dirigió hacia sus hermanos para despedirse de ellos. Elisa, presente en el acto de despedida, a punto estuvo de saltar, al observar el rechazo del gesto cariñoso. Pero gracias a Dios consiguió controlarse. "Este pedazo de animal no cambiará en la vida". Selló su mano a sus hermanos mayores, en esta ocasión saludaron con cariño, pues aunque se metían con él lo apreciaban. Era un buen trabajador y el primero en arrimar el hombro incluso cuando había terminado su faena, para ayudar al que fuera. Jaime tuvo que morderse los labios para no derramar unas lágrimas, era muy sentimental, cosa prohibida en un hombre de la huerta. Cuando le llegó el turno a Rita se abrazaron con verdadero afecto. Ella no pudo contener las lágrimas y le daba ánimos entrecortados por el sofoco que le dominaba. Él las pudo contener de otro modo su padre le habría lanzado alguna de sus blasfemias habituales. Luego siguió con Andrés, Alfredo, Javier, Pedro y la pequeña Elena.

Finalizada la despedida familiar comenzó con la de los vecinos allí presentes, especialmente se despidió de Paco, también estaba Ana, su vecino había ido a por ella para estar presente en aquella despedida.

Por último se puso junto a Elisa, saludo por última vez al grupo con la mano y desaparecieron por el camino para coger el tranvía con destino al internado. Cuando sus cuerpos se perdieron de la vista de sus familiares, José cogió la mano de su maestra y junto a ella caminaba rebosante de felicidad. Al sentir el contacto de aquella fuerte, pero cariñosa mano, esbozó una sonrisa y se sintió orgullosa de la batalla conseguida ante aquel huertano, padre de la criatura. Adoraba al niño, casi tanto como su madre, y sentía la maternidad al estar junto a él. Subieron en el tranvía. Tan solo había un asiento libre, como su maestra estaba pagando, él, entró y se sentó. Cuando Elisa se puso junto a él, se levantó de inmediato y le ofreció el asiento, pero al ver a una anciana acercándose se disculpó ante Elisa y se lo ofreció. Cada momento, junto aquel niño, le asombraba e incrédula se repetía “Como es posible que esa joya de criatura sea el producto de aquel primitivo huertano. Es todo lo contrario a él. Sensible, cariñoso, servicial, con carácter pero sobre todo tiene muy clara su misión. Algo difícil en un niño de su edad”.

El trayecto fue largo, además, cuando llegaron al centro, tuvieron que coger otro tranvía. El internado se encontraba al otro lado de la ciudad. Durante ese último trayecto Elisa explicó al niño las desviaciones dadas en el sexo. Era anticlerical y había oído las burradas que algunos de esos religiosos cometían con los niños de los internados. Pero su exposición aunque le hubiera gustado exagerar, en ningún momento quiso condicionar al niño. Comenzó diciendo que como en todas las facetas de la vida allí también se daba y lo más probable es que no le sucediera nada.

- Tú no te asustes si te ocurre algo. Preséntales cara. Diles lo que sientes y hazlo en voz alta, en realidad ese tipo de gente es cobarde y en cuanto ven dificultades prefieren esquivarlas, para no ser descubiertos.

Escuchó atentamente. No le entró el menor temor, la forma como se lo presentó Elisa tan solo le había puesto en guardia, ahora sabía como actuar ante una situación así. Se abrazó a su señorita y ella compartió la muestra de cariño de su alumno. Parecían madre e hijo dirigiéndose al colegio. Estaban conversando cuando la anciana se levantó, pues se bajaba en esa parada. Dirigiéndose a Elisa, comentó.

- Siga educando a su hijo de esa forma será un gran muchacho.

Sonrieron, al cruzar sus miradas. En realidad tenía algo de razón, Elisa era su mama adoptiva y la quería casi tanto como a la suya. Por fin se vieron delante de un enorme edificio con ventanas muy pequeñas. Era el internado. Cruzaron unas inmensas verjas y se dirigieron a portería. Un sacerdote, que hacía las labores de portero los recibió, los condujo al despacho del director y tras cerrar la puerta dejó a los recién llegados ante una gran mesa. Detrás de ella una gran mole de carne y huesos los aguardaba poniéndose en pie e invitándoles a tomar asiento ante él, en los sillones del otro lado de la mesa. El fundador de la orden presidía, en un cuadro colgado en la pared, el despacho. En tono suave y cortes se presentó. Cuando lo hicieron ellos, don José, que así se llamaba aquel enorme hombre con cierto tono de sorpresa comentó.

- Así que tenemos a este regalo del Señor ante nosotros.

José elevó levemente la mirada hacia aquel personaje y sonrío. Comenzó un interrogatorio sobre todo tipo de preguntas y temas. El nivel de dificultad iba aumentando por momentos, pero aquella criatura parecía saberlo todo. Incluso cuando comenzó a preguntarle en latín, ante la asombrada expresión de Elisa, el chico las contestó sin el menor fallo. Había estado estudiando, con el cura de la parroquia, durante ese verano. Sabía que si quería hacer cuarto y revalida debía aprenderlo y no perdió el tiempo. La maestra no salía de su asombro, callada y discreta permanecía perpleja ante la caja de sorpresas que era aquella criatura. Don José estaba estupefacto. Al lograr salir de su asombro con ronca y fuerte voz comentó.

- No hay un Pepe malo.

Maestra y director sonrieron ante la frase pronunciada. José al verlos los acompañó. Por fin cuando las preguntas comenzaron a abarcar el nivel de selectividad el niño comenzó a dudar y a no contestar a algunas de ellas. El encuentro duró aproximadamente hora y media. Por fin el cura se levantó, colocando su enorme mano en el hombro del chaval mientras se despedía de Elisa.

- Bueno, José se queda con nosotros, el domingo pueden recogerlo después del desayuno, para estar de regreso a la hora de la cena. Durante el presente año académico se examinará de los cuatro primeros cursos de bachillerato y se presentara a la revalida, si toda marcha como supongo, al siguiente cursará quinto y sexto con su correspondiente revalida. Es un niño que podría muy bien prepararse a Selectividad, pero es mejor no precipitemos. Es muy inteligente y su capacidad de memoria y comprensión en todos mis años dedicado a la docencia no lo había conocido en ningún joven. Nos sentimos muy orgullosos de haberle concedido la beca, pues verdaderamente se la merece. Ahora se lo presentaré al jefe de estudios, él es el que tiene la última palabra en los asuntos académicos, pero no creo que tenga el menor problema.

Maestra y director se despidieron y el niño quedó solo ante el nuevo mundo que se avecinaba.

Aquella mañana se le hizo algo pesada. El verse fuera de su entorno, y rodeado de montones de personas que no conocía, crearon en el chaval cierta molestia y algo de tensión. Se entrevistó con un montón de profesores. Todos deseaban conocer aquel fenómeno de la Naturaleza. Las mismas preguntas una y otra vez, asombros, cumplidos pero no conocía aún a sus compañeros de clase. Cuando la mañana estaba terminando el jefe de estudios le acompañó a cuarto A. Pues los cursos se distribuían por la primera letra del apellido. Todos sus compañeros eran muchachos de catorce años pero, más de la mitad, no tenían ni más estatura, ni más cuerpo que José. No dándole mayor importancia. Pero pronto se dio cuenta que su maestro cometió la primera torpeza. Lo presentó como el niño más inteligente de España, Pepe, el sabio valenciano. Esa última hora de la mañana tuvo que escuchar la primera impertinencia de los graciosos de la clase. Pero había leído en libros de psicología que la mejor forma de combatir esas situaciones era ignorarlas o reírse con ellos. Le presentaron a Julián. Sería su compañero de habitación. Era hijo de un suboficial del ejército y tenía plaza en aquel colegio gracias al cargo que ocupaba en el estado mayor. Era de una familia con pocos recursos económicos, al igual que la de Pepe. Sí. Pepe. Así comenzaron a llamarlo en la escuela y cuando alguien se dirigía a él, siempre lo hacía con ese nombre.

Al terminar la clase, Julián, por orden del jefe de estudios, guió a su nuevo compañero de cuarto hasta la habitación. Colocó sus cosas en el armario y el material de estudio en la mesa que tenía para tal efecto. Mientras ordenaba sus cosas mantuvieron una entretenida conversación.

Julián era un chaval muy reservado, la disciplina en su casa era la tónica habitual y su padre también era de los que les agradaba el palo para la educación. Al contrario que Pepe era un chico frágil y enfermizo. La soltura de su compañero de cuarto le agradó y pronto hizo amistad con él. Cuando le confesó su edad se quedó perplejo, con razón decían que era el sabio valenciano. Ocho años, y en cuarto de bachiller parecía increíble. Julián le confesó que el latín se le había atragantado antes de comenzar a estudiarlo. Pero Pepe le animó y se ofreció para cualquier cosa, eran compañeros y se debían ayudar mutuamente. Julián llevaba ya cinco años, con ese, en el centro. Estaba desde el ingreso y advirtió a su compañero de los problemas y peligros del internado.

- Ten cuidado con el padre Federico, es de los que se suele aprovechar de los pequeños.

- ¡Vaya!

Exclamó José.

- Pues si hay alguno de los que decía Elisa.

Julián había sufrido los abusos de aquel degenerado, pero no se atrevió a confesárselo a su nuevo amigo, era demasiado pronto para confiarle un secreto de esa magnitud y cuando ese nuevo curso le vio ya le había insinuado que lo visitaría.

Fueron a la sala de estudios. Nada mas cruzar el umbral de la puerta y ver la biblioteca, se quedó maravillado, allí iba a disfrutar de lo lindo. Había libros sobre todos los temas. Lo primero en preguntar fue si se podían coger para leer. Por supuesto, pero le advirtió.

- Es el padre Federico el que permite sacar uno u otro libro. A sus amigos no les prohíbe ninguno.

El rostro de Pepe se entristeció aquello sería un grave problema para sus ansias de leer. Pero se las agenciaría como fuera para conseguir los libros que le interesaran. Durante la hora de estudio repasó con su compañero las primeras clases en las que él no había asistido por estar con el director y el jefe de estudios. Tomó sus apuntes y comenzó a leerse los temas tratados. Preparó varias notas para poder ampliar conocimientos y luego repasó los temas que tendría para el día siguiente. La hora de estudio se le hizo corta. La campana llamaba a los niños al comedor. Subieron a las habitaciones dejaron el material de clase y tras lavarse las manos bajaron al comedor. Todos permanecían de pie junto a su plato. Un alumno leyó un pasaje de los evangelios y tras bendecid Don José se sentó junto al resto de los sacerdotes y comenzó a comer. De inmediato todos los niños se sentaban para hacerse con el plato. Aquella comida no era tan agradable como la de su madre pero la cantidad era muy superior a la que comía en casa. Devoró el plato con prontitud y pudo repetir de los platos de algunos compañeros. Cuando el director terminó se puso en pie. El resto, como un resorte, se levantaron y cogiendo sus bandejas esperaron en cola hasta entregarlas con los desperdicios.

Tenían hora y media para descansar. Se metieron en la habitación y mientras Julián optó por tumbarse en la cama y relajarse, Pepe comenzó a repasar los primeros temas de las asignaturas de esa tarde. Se anotaba las posibles dudas así como las ampliaciones a buscar para completar mejor el tema.

Cuando se levantó, para estirar un poco las piernas, se subió a la silla para mirar por la pequeña ventana del cuarto y pudo ver una pequeña huerta en el patio. Le llamó la atención unos tubos grandes forrados de papel transparente conteniendo en su interior una gran variedad de plantas. Preguntó que era aquello y Julián medio dormido le contestó.

- Es la huerta de la congregación y del padre Andrés, un ex-universitario de ingeniería agrónoma, aunque no estoy seguro si terminó la carrera. Se encarga de cuidarla y hacerla productiva para el resto de la orden.

Había terminado los deberes y decidió tumbarse los quince minutos restantes hasta la reanudación de las clases.

Aquello si era vida, se podía estudiar todo el tiempo y descansar hasta aburrirte. Lo primero en acudir a su mente fue el padre Andrés intentaría conocerlo para preguntarle cosas sobre su huerta. Tal vez él podía darle algún consejo, pero sobre todo aprender. También pensó que si había estudiado ingeniero agrónomo tendría libros sobre el campo, y con un poco de suerte se los dejaría... Aprender de ellos para luego transmitir esos conocimientos a sus hermanos. Sus pensamientos fueron interrumpidos por Julián que le daba prisas, pues era casi la hora de clase. Cogieron los libros y bajaron a toda pastilla.

Durante las clases Pepe preguntaba todas aquellas cosas que deseaba ampliar, contestaba con brillantez cuando le preguntaban y sus maestros comenzaban a darse cuenta del fenómeno que tenían en el aula. Sin el menor aire de superioridad, con una humildad que rayaba la esclavitud pero con un criterio firme y razonado cuando no estaba de acuerdo en algo.

Finalizadas las clases, dos horas de estudio antes de la cena. Tras las mismas, dos horas libres, todo el mundo en la cama y con las luces apagadas.

Aquel día lo recordaría toda su vida. Había sido maravilloso. Llevaba casi desde que nació acostándose después de las doce y levantándose a las cinco o seis de la mañana. No tenía sueño, pero se tumbó en la cama y comenzó a recordar a su familia, a Elisa, a Ana y tantas y tantas cosas de casa y de su primer día en el internado.

martes, 3 de enero de 2012

EL PRIMER AMOR - CAPÍTULO VI LA PRUEBA DE INGRESO











- CAPÍTULO SEXTO.

- LA PRUEBA DE INGRESO.

Desde la conversación con la maestra Rita miraba a su padre con otros ojos. Ese odio almacenado, los últimos días, desapareció. Trasformándose, en algunos momentos, por compasión. Se daba cuenta que todo aquello era producto de su ignorancia y de no haber disfrutado de la oportunidad como su hermano o ella de adquirir un poco de cultura. Marta observó el cambio experimentado en su hija, pero no quiso preguntarle. Le complacía su nueva actitud y temía hablar del tema por si lo estropeaba.

Esos días previos al examen José y Rita lo aprovecharon para aumentar sus conocimientos sobre los diferentes temas. Sacaban libros de la biblioteca y los engullían en sus mentes. Sin olvidar las labores diarias asignadas. Que cumplían al pie de la letra.

Por fin llegó el gran día. Esa noche, no pudieron casi ni dormir. Los nervios envolvían sus mentes hasta el punto de tener grandes dificultades para conciliar el sueño. Rita se levantó a la misma hora que su hermano. Había pedido permiso a sus padres para acompañar a José al examen. No se negaron a la petición. Siempre y cuando sus tareas estuviesen finalizadas antes de partir.

Ni a su madre le comunicó la intención de presentarse al examen. Marta era consciente que José le transmitía todos los conocimientos adquiridos en la escuela. Pero desconocía que ese día Rita realizaría la prueba en compañía de su hermano.

Junto a Paco se perdieron por la carretera. Aquel día caluroso de verano les parecía el más maravilloso de sus cortas vidas, solo comparable a su primera jornada de clase. Elisa los recibió con los brazos abiertos. Debían ir al aula, junto al despacho del director, donde acudiría el inspector para entregarles el examen.

Un hombre maduro, seco, alto, delgado, con gafas y con bastante mal genio se personó. Los cinco niños se levantaron como resortes de sus sillas y dieron los buenos días al recién llegado.

- Siéntense.

Respondió en tono seco y cortante al saludo de aquellos niños. Lo primero fue el dictado. Por supuesto ni el menor problema para nuestros amigos. Luego prosiguieron con la prueba escrita. Mientras la realizaban aquel inspector corregía los dictados. Se asombró por la letra y la perfección de uno de ellos y de nuevo con voz seca y cortante nombró a José Carbonell. De inmediato se puso en pie.

- Para servirlo.

Hizo una mueca con la mano mandándolo sentar y prosiguió con su cometido. Finalizada la corrección, se levantó, para darse un paseo por la clase. Se aproximó al sitio de José y comenzó a leer el contenido del examen mientras el crío proseguía con el ejercicio. No podía dar crédito a sus ojos. Aquel examen era propio de un brillante alumno de sexto de bachiller e incluso de Selectividad. La letra de aquel mocoso era de tal perfección que de no verlo con sus propios ojos jamás hubiera dado fe de ello. Pero la forma de redactar, la amplitud de conocimientos transcritos al papel sobre el tema preguntado le tenía atónito.

Le dio, un cachete cariñoso, al cogote y le preguntó su edad.

- Siete. Señor, aunque dentro de unos meses cumpliré los ocho.

Contestaba al tiempo que se ponía en pie. Le puso la mano en el hombro y le invitó a seguir con su examen. Su capacidad de asombro se ampliaba al escuchar su edad. Siete años, era increíble la madurez de aquel pequeño. No pudo contenerse, salió al pasillo y al primer chiquillo que pasó, le ordenó avisar urgentemente a la señorita Elisa. No llegó a consumirse el primer minuto, cuando se presentó, preocupada y expectante.

- ¿Desea algo? ¿Señor?

Aquel curtido hombre de escuela en sus largos cuarenta años en la enseñanza jamás se encontró con un caso como ese. Se pasó el resto del tiempo que duró la prueba haciendo preguntas sobre aquel monstruo de la Naturaleza. Elisa confesó haber estado tentada a presentarlo a cuarto y revalidada pero al desconocer el latín no quiso forzar al muchacho. Se enteró de su soltura con la lengua anglosajona y de su intención de iniciar el francés durante el verano. Quedó tan impresionado que prometió a la maestra conseguir una beca para estudiar el bachiller en un colegio religioso. La promesa emocionó a la maestra, pero al mismo tiempo era consciente de las dificultades del muchacho para proseguir sus estudios. Su padre no accedería a perder un brazo en el campo. Preocupación que mostró al inspector del Ministerio.

- Sé que usted lo conseguirá señorita. Si ha logrado traerlo hasta la escuela. Creo, sinceramente, que sabrá salvar sin problemas este nuevo obstáculo.

Si esa mañana el inspector había quedado impresionado con el joven, cuando llevó a cabo el examen oral no podía dar crédito a las contestaciones de aquel muchacho. De que tema no sería capaz de contestar esa maquina viviente. Cuando terminó su exposición le felicitó personalmente y le animó a seguir estudiando. El país estaba falto de personas con esa capacidad intelectual.

Cuando a la semana siguiente llegaron los resultados. Los periódicos destacaban una pequeña escuela de Valencia. Donde uno de sus alumnos obtuvo la mejor nota, en toda la historia, hasta la fecha, en una prueba de ingreso. La noticia saltaba en todos los diarios nacionales y provinciales. Una foto de José Carbonell figuraba en Las Provincias, con una pequeña entrevista y el resultado de su brillante examen.

Todos los vecinos del Coeter se reunieron en el porche de la alquería para enseñarle la fotografía de su hijo en el periódico. Estaba orgulloso, pero no quería darle importancia no fuera que alguno de sus hijos siguiera el ejemplo y se quedara sin mano de obra. Por ello, sin perder un segundo, salió al paso.

- ¡Mariconadas! Esperó que en el campo rinda al menos igual que en los estudios. Entonces si que estaré orgulloso.

No había terminado de decir esas palabras cuando Elisa con del doctor se acercaban con el periódico en la mano para hablar con él.

Marta lloraba en el corral como una Magdalena. La emoción envolvía su cuerpo hasta tal extremo que lo hacía a lágrima viva. Se sentía tan orgullosa de su niño que era incapaz de articular palabra. Pero cuando Rita, con discreción le comentó haberse presentado al examen, obteniendo una calificación de sobresaliente, la felicidad inundó su ser hasta tal extremo que el aire llegó a faltarle. Si lo de José le había hecho feliz lo de su hija lo superaba con creces, sin ir a la escuela y además de realizar su faena ayudaba a José en la encomendada por su padre para no perder un día de clase. Luego no solo se contentó con aprobar. Había conseguido nota. Al ir José a besar a mama lo primero en preguntar fue si sabía lo de Rita. Con lágrimas en los ojos besaba a sus hijos.

- Sois mis tesoros. Os quiero.

Ante la presencia de Elisa, al Coeter le invadió el nerviosismo, quería esconderse, pero ya no era posible sin desairar a don Fulgencio, aguantó estoicamente la llegada de los dos y tras los pertinentes saludos se sentaron en unas sillas, a la sobra de la parra, mientras conversaban. Don Fulgencio le echaba en cara la posibilidad de haber perdido todo aquello de no permitir a José ir a la escuela. Le leyó lo escuchado en boca de sus vecinos y de su propio hijo, pero le agradaba volverlo a oír, especialmente de labios del doctor.

- Desde luego pedazo de animal, no te mereces un hijo así.

Fue la frase que añadió cuando terminó de leer el artículo. Dejó unos minutos que los aprovechó para levantarse, saludar y felicitar a Marta.

Cuando Don Fulgencio los abandonó, con la cabeza baja y sin atreverse a mirar a la maestra rugió en voz baja.

- Siento lo sucedido la otra tarde. No estaba muy católico.

A Elisa aquella disculpa le sonó a cantos celestiales, a pesar de haberlas rugido aquel salvaje. Pero ante esa solicitud de perdón, comprendió lo primitivo que era aquel hombre y en tono seguro y firme respondió.

- Aquello esta olvidado.

Tragó saliva y consiguió levantar la cabeza para cruzar unos instantes la mirada con aquella bella señorita. La sonrisa se dibujada en su rostro mientras le lanzaba la pregunta.

- ¿Supongo que estará orgulloso de su hijo?

Le costó responder, pero el tono formulando en la pregunta era más familiar que la contestación anterior, proporcionándole una mayor confianza.

- La verdad es que sí. Que no hay otro mejor que mi chico en toda España. Es un orgullo para su madre y para mí.

Aquel hombre se estaba emblandeciendo. Era el momento de lanzarle el dardo. Sin pensarlo dos veces fue al grano.

- Como sabrá le han concedido una beca en un colegio para estudiar interno el bachiller completamente gratis. Sin que le cueste un solo real.

Se quedó pensativo, no le habían dicho nada, pero temía meter la pata y mostrando su falta de seguridad preguntó.

- ¿Y eso es bueno?

- Como no va ser bueno.

La voz potente y segura de Don Fulgencio irrumpió en la conversación.

- Tendrás un hijo médico.

Aquel hombre estaba algo aturdido, la presencia de Elisa, el alboroto desatado en la huerta esos últimos días no le dejaban ver claro todo aquel asunto, pero ahora comenzaba a deslumbrar la luz.

- ¿Eso quiere decir que me quedo sin un brazo?

- Serás bestia siempre pensando en lo mismo. Ganas un médico, o no te das cuenta pedazo de adoquín. Un médico, capaz de curar a personas y a todas las bestias de la casa, incluido tú.

La idea no le entusiasmaba mucho pero si Don Fulgencio lo decía era porque tenía razón. No en balde la tuvo cuando decidió que fuera a la escuela y ahora era una celebridad en el país.

Todas aquellas circunstancias convencieron al Coeter para acceder a firmar los papeles concediendo permiso a su hijo José Carbonell a estudiar en un internado de un colegio religioso, en Valencia. Don Fulgencio, cuando consiguió la firma, guiñó el ojo a la bella maestra y en tono solemne dijo

- Misión cumplida.

Elisa se levantó y entró a saludar a Marta mientras el médico dialogaba con el hombre de la casa.

Cuando Marta vio entrar a Elisa se levantó de la silla como un resorte y se abrazó a la maestra. En voz baja le comentó al oído.

- Me lo ha contado mi hija, no tengo palabras para...

Elisa le interrumpió.

- No se preocupe su marido se ha disculpado ahora mismo y sé que fue producto de la bebida.

Marta se quedó petrificada, se separó de ella y al ver la cara de extrañeza que ponía aquella madre de diez hijos se percató que había metido la pata. Cerró los ojos y Marta se dio cuenta que había pasado algo entre su marido y ella. Por fin fue la madre la primera en romper aquel tenso silencio. A Elisa le hubiera gustado mantenerlo en silencio pero estaba claro que había metido la gamba.

- Creo que no hablamos de la misma cuestión, o, tal vez mi marido sabe lo de Rita.

Se retiraron hacia el dormitorio del matrimonio y allí aclararon el malentendido. Marta no sabía como disculpase por la salvajada de su marido. Elisa confesó que el alcohol fue la causa del problema y que gracia a Dios solo quedó en un gran susto. No olvidó confesarle que acababa de disculparse. Aquello le llenó de satisfacción, en realidad su marido se estaba emblandeciendo en muchos aspectos. Se felicitaron por el éxito de Rita y tras darse un fuerte abrazo se despidieron.

Durante la tarde Marta estuvo dándole vueltas al asunto. "¿Se lo ha contado Rita?".

Eso quería decir que su hija lo sabía. Esa misma noche cuando las dos estaban fregando se lo comentó. Rita le explicó a su madre todo lo sucedido, y la conversación mantenida con Elisa, sobre su padre, sobre el sexo. Ahora admiraba aún más a la maestra de sus hijos, se había comportado como una madre y había hecho cosas que ella o no sabía o no se atrevía a comentarlo con su hija. Le prometió que desde ese mismo momento confiaría plenamente en ella y le contestaría a cualquier pregunta.

- Aunque.

Aseguró.

- Estoy convencida que tú serás quien me aclare y me pongas al día en estos temas.

Ahora comprendía la actitud de su hija hacia su padre y el cambio posterior tras hablar con Elisa.

Cuando Rita se metió en la cama se felicitaba al haberse enterado que su padre había tenido las suficientes agallas como para disculparse ante Elisa. Eso venía a corroborar la teoría de la maestra. No era un mal hombre su padre. Tal vez algo primitivo, pero no un mal hombre como ella llegó a pensar y a creer ciegamente hasta el punto de odiarlo.

jueves, 29 de diciembre de 2011

EL PRIMER AMOR - CAPÍTULO V EL DESAGRADABLE INCIDENTE

- CAPÍTULO QUINTO.

- EL DESAGRADABLE INCIDENTE.

Esa tarde se encontraba, parte de lafamilia, a veinte kilómetros de casa, recogiendo los campos de cebollas de unvecino. En la alquería quedaron el Coeter con dos de sus hijos. José y Rita.Uno para ayudar a su padre y la otra para preparar la comida y cena de ese día.Había sido un día agotador y una vez finalizada la faena, el Coeter, se puso ajugar una partida de cartas, mientras sus hijos desaparecieron para subir aldesván a estudiar. Había llegado Ana para repasar. El examen estaba en puertas.Les quedaba una semana.
La partida acababa de terminar. Estabaentrando la mesa y las sillas en casa, cuando se presentó Elisa con los librosde exámenes de ingreso de otros años. Ese día, la maestra venía algoprovocativa. Un corto vestido rojo permitía dejar a la vista sus esbeltas ytersas piernas, mientras un redondeado escote mostraba, en todo su esplendor,la parte superior de unos voluminosos y firmes pechos. Cuando el Coeter la vioquedó impresionado y no se cortó al decirle antes de saludarle.
- Mira que estas "buena". Putona.
Elisa no hizo caso de la grosería y preguntópor su mujer. Al no encontrarse en casa, solicitó ver a José.
Había bebido en exceso durante la partida y,no ingirió alimento alguno, por tanto sus escasos mecanismos de inhibiciónestaban anulados. Por su mente le vino la idea de tirarse a la moza y ni cortoni perezoso le invitó a acompañarle, su hijo se encontraba en el piso superiorestudiando. Estaba convencido de su marcha, en compañía de Rita y Ana, parajugar en casa de la niña.
Subía, por aquella estrecha escalera enpenumbras, en primer lugar, él detrás miraba sus muslos y su ropa interior que,por la acción de balanceo al subir las escaleras, dejaba al aire. Se excitóhasta tal punto que sin pensarlo puso el cerrojo a la puerta. Al percibir,Elisa, aquel temido sonido, se le aflojaron las piernas. Debía controlarse. Lamejor manera de dominar a un animal era no sentir miedo. Siguió subiendo aunquesu trabajo le costó, pues no encontraba fuerzas en su cuerpo. El ruido de lapuerta, alertó a los tres amigos escondiéndose de inmediato detrás de los fajosde paja para permanecer expectantes ante los acontecimientos. Elisa se alejó dela escalera y junto a una pared, de cara, preguntó sin titubear.
- ¿Dónde está tu hijo?
Aquel salvaje se había quitado la camisa ycomenzaba a desabrocharse los pantalones, acercándose a ella para replicar.
-El hijo. Te lo haré yo. Tía puta.
La joven maestra sacó fuerzas de donde creíano encontrarlas y cargándose de valor volvió a dar sensación de seguridad.
- Pero, buen hombre, no hace falta emplearla fuerza yo te ayudaré a pasar la mejor tarde de tu vida. Quítate con tranquilidadlos pantalones y prepara una manta sobre la paja.
Se quedó quieto. Frente a ella. Al observarcomo comenzaba a desabrocharse la blusa, su rostro se iluminó y prosiguióquitándose los pantalones, sin apartar la mirada de la maestra. Se había despojadode la blusa y como aquel hombre seguía vigilando sus movimientos se desabrochóel sujetador, permitiendo airear sus voluminosos y firmes pechos. Consiguiómantener la firmeza de su voz, para decirle.
- Prepara el lecho pichón mío.
Él, estaba desnudo con su miembro más tersoque un palo de escoba. Fue a por una manta y en el momento de darle la espalda,agarró una azada que había a mano y le propinó un golpe con el mango tirándoloal suelo. José salió de su escondite para tomarle la mano y acompañarle hasta una escalera de mano queunía el corral con el desván para regresar a su escondite junto a las niñas. ElCoeter se incorporó, estaba mareado por el alcohol y el golpe recibido. Nocaptó de nada de lo desarrollado a sus espaldas. Comenzó a buscarle maldiciendoy blasfemando. Elisa, consciente que descubriría a su hijo, desde el corral legritó.
- Mi amor otro día será ahora no tengotiempo. Debo partir.
Como un loco se lanzó hacia la escaleratratando de alcanzarla, pero antes de alertarle la había retirado y no le quedóotro remedio que bajar por donde subieron. Al llegar a la puerta intentóabrirla pero el cerrojo estaba puesto y la llave girada. Iba en pelotas y lospantalones estaban arriba. Jamás se oyó lanzar tales blasfemias en todo elplaneta. Cuando consiguió la llave y bajar, Elisa se encontraba lejos de laalquería.
Los niños permanecieron abrazados, muertosde pánico, no se atrevían casi ni a respirar. Por fin José salió y trató deaveriguar donde se encontraba su padre. Tras recorrer la casa, con sumo cuidadoy sigilo, le oyó roncar en su habitación. Se había tumbado a dormir laborrachera. Subió a por sus compañeras y salieron despacio y sin hacer ruido.Cuando pusieron los pies en la carretera comenzaron a correr y no pararon hastallegar al cruce de la avenida. Allí en la civilización pudieron respirar yrecuperarse. Sus corazones latían a un ritmo infernal y en sus rostros se dibujabaa la perfección el pánico vivido esa tarde. Ahora lejos del lugar del incidentey recuperado, en parte el miedo escénico Rita comenzó a llorardesconsoladamente. Ana reaccionó al instante abrazándose a su amiga tratando decalmarle. Mientras ella se desahogaba con lágrimas y lamentos.
- ¡Dios mío! Es un cerdo, un auténticoanimal. Lo odio.
Entrecortadas por el llanto y la impotenciano decía otras palabras, mientras su amiga se desvivía por tranquilizarle.
- No ha ocurrido nada gracias a Dios.Además, estaba borracho y en ese estado uno no sabe lo que hace.
Por fin logró su objetivo. Aunque no estabamuy segura de conseguirlo gracias a sus consuelos. Mas bien el llanto y susgritos liberaron la tensión. Pero lo importante se repetía mentalmente era quesu amiga estaba mejor. Se juraron no contárselo a nadie. Añadiendo un nuevo secretoa compartir.
Después de dejar a Ana en casa, abrazadosregresaron a la alquería. Comenzaba a anochecer y Rita debía tener preparada lacena. Rezaban con la esperanza de encontrar a su padre durmiendo y Dios escuchóa esos asustados chiquillos. Dormía y el resto de la familia no había llegado.José con sumo cuidado, para no despertar a su padre, puso la mesa y ayudó a suhermana a pelar patatas y cebollas. Batió huevos. Y entre los dos, cuando supadre despertó, tenían todo preparado.
- ¿La inútil de tu madre no ha vuelto aún?
Al encontrarse con la negativa. Volvió apreguntar.
- ¿Y la cena? ¿Está preparada?
Una afirmación le llevó a dar una nuevaorden.
- Yaeres una mujer y va siendo hora que aprendas a servir a los hombres. Hoy mebañaras tú.
Precisamente ese día, la petición de supadre era lo peor que le podía haber pasado. Su progenitor le daba asco,después de lo sucedido esa tarde, y ahora tenía que bañarlo. Las lágrimas lecaían por sus rojas mejillas y cuando se disponía a entrar en el cuarto debaño, su madre cruzaba el umbral de la entrada, con el resto de la familia. Elcielo se le abrió. Corrió hacia ella, le besó y le comunicó que papá leesperaba. Al verle llorar le preguntó.
- Nada mama, quería que lo bañara. Y no secomo es un hombre desnudo.
Fue la primera vez que oía blasfemar a sumadre mientras entraba en el cuarto de baño. Pero un impresionante bofetón seescuchó desde su interior mientras se oía rugir.
- Que sea la última vez que me levantas lavoz. Puta. Solo una puta tiene ese descaro. Tu obligación es atender a tumarido y no estabas. No ibas a pensar que me iba a duchar solo.
Intentó contestarle pero de nuevo seencontró con un nuevo bofetón. No se volvió a escuchar ni una sola palabra. CuandoMarta salió del cuarto de baño sus ojos estaban llorosos y su cara marcada porlas dos bofetadas propinadas por aquel salvaje. Cuando el padre se sentó a lamesa y comenzó a comer, la tropa se dispuso a devorar los alimentos preparados.
A ella no le entraba la comida, tenía talnudo en la garganta que era incapaz de ingerir alimento alguno. Se arrepentíapor no haber entrado a bañar a su padre, pues habría evitado los bofetonesrecibidos por su madre. Se sentía culpable y deseaba ponerse a fregar cuantoantes para disculparse. Tal vez si no hubiera sucedido aquel incidente esatarde no le habría importado tanto bañarle. Pero después de aquello el solomirarlo le producían nauseas. Su padre no era santo de su devoción, pero a raízde aquella tarde, le costaría mirarle a la cara. Fue una cena de las mássilenciosas que se recordaban en casa. La otra noche con Ana también lo fue,pero en esta ocasión se palpaba la tensión.
Mientras unos salían al porche a comentar lajornada y descansar antes de meterse en la cama. José atendía a los animalespara que pasaran la noche con la mayor limpieza y tranquilidad posible. Estabaen la cuadra realizando la faena cuando su padre entró y le comunicó que, comotenía ese dichoso examen, podía ir a clase esa mañana, pues el trabajo estabamuy adelantado
- Cumpliendo con tus obligaciones diariasbastará.
Terminó diciendo mientras volvía al porchecon los vecinos reunidos a conversar sobre la recogida de la cebolla.
Rita y su madre se encontraban en la cocinaponiéndola en orden. Al juntarse en el fregadero la pequeña se disculpó. Lecomunicó su inquietud durante la cena y se sentía culpable de los bofetonesrecibidos. Se abrazó a ella mientras su pequeña lloraba desconsoladamente.Marta se sentía orgullosa de sus dos hijos. Quería a todos, pero Rita y Joséeran algo especiales. Parecía mentira que fueran hermanos de los otros. Tansencillos, tan obedientes, tan seguros, tan inteligentes y en especial elcariño que le profesaban.
- Lo cierto es que ya va siendo hora desentarnos a hablar de algunos temas. Estas entrando en una edad que...
Durante el tiempo que estuvieron fregandoMarta le miraba y su rostro mostraba toda la ternura de una madre hacia sumayor.
Esa mañana José se levantó como de costumbrecuando iba a clase, lo primero eran los animales y así lo hizo. Se estabadesarrollando de una forma escandalosa, iba a cumplir ocho años pero tenía laestatura y el cuerpo de un muchacho de tres o cuatro años más, era fuerte comoun toro y con unos rasgos varoniles que le proporcionaban una gran presencia.Cuando todo estaba listo, se duchó se puso su ropa de los domingos y con loslibros en la mano se encaminó hacia la escuela. En el patio se encontró con Anay se saludaron, sus miradas reflejaban todas esas preguntas, sin respuesta, quesus mentes dejaron correr en sus cabecitas durante la noche. Al entrar en claseElisa miró a su alumno preferido y le esbozó la más dulce y tierna sonrisa queaquel niño había recibido hasta la fecha. Toda la mañana trabajaron sobre lostemas de exámenes anteriores y la maestra se maravillaba con aquel niño. Nohacía ni una sola falta de ortografía y contestaba a todas las preguntas conmayores detalles que los libros utilizados en el aula. Cuando le preguntabadónde había conseguido esos datos, él contestaba haberlos sacado de labiblioteca, para ampliar sus conocimientos. Se lamentaba por no presentarlo acuarto de bachiller y su revalida, sin duda la pasaría sin el menor problema,con la salvedad del latín. Pues sabía que el inglés lo estaba trabajando eincluso ese verano había pensado comenzar con el francés. Al llegar la hora delrecreo la maestra rogó al niño quedarse durante el mismo. Ana se esperó tambiény cuando la maestra le comentó ser un asunto personal entre José y ella, seencontró con la sorpresa de la contestación del pequeño.
- Sabemos del tema que quiere hablarnos.Ella, junto con mi hermana, estábamos escondidos en el pajar.
- Así pues. ¿Visteis todo los tres? ¿No? Enprimer lugar deseo darte las gracias personalmente a ti. Encanto de niño.
Lo cogió entre sus brazos y le propinó dossonoros besos en sus cálidas mejillas mientras añadía.
- De no haber sido por ti, Dios sabe lo quehubiera pasado. Eres un cielo.
Iba a reanudar la charla con los niñoscuando nuevamente aquel diablillo le volvió a sorprender.
- Tienes unos pechos verdaderamente bonitos.
La frase del renacuajo le dejó perpleja, nocomprendía que aquel niño, de tan solo siete años, saliera con un halagó de esanaturaleza. Sonrío y volvió a besarlo con el cariño de una madre
- ¿Me dejáis hablar o no? Debéis tener enconsideración el estado de embriaguez de tu padre pues en esas circunstanciasuno no sabe lo que hace. De no haber sido por eso me hubiera visto en laobligación de denunciarlo. Pero nos puede pasar a cualquiera que se exceda conel alcohol, hacer algo de lo que nos arrepentiríamos después. He perdonado a tupadre, pues no era consciente de lo que hacía y vosotros debéis hacer lo mismoy no darle más vueltas al asunto. Yo que he sido la víctima lo he olvidado porcompleto.
La maestra se estrujaba el cerebro pararestar importancia al incidente y de esa forma quitar dramatismo a unasituación que podía provocar algún trauma en aquellos inteligentes peropequeños seres.
De nuevo José sorprendió a Elisa con unapregunta.
- Deseamos saber cosas sobre el sexo. Losmayores siempre contestan con evasivas incluso con tonterías. No he encontradonada sobre ese tema en la biblioteca y cuando creí tener algo la bibliotecariame contestó que no se permitía a los niños llevarse ese tipo de libros.
Elisa no salía de su asombro. Aquellosmocosos haciéndose preguntas de esa índole y sin saber muy bien el porqué dejócaer una pregunta.
- ¿Os ha ocurrido algo con el tema por elque preguntáis?
Sus rostros se sonrojaron de formaescandalosa y graciosa. El poder de asombro de la maestra parecía no tenerlímites. Les había sucedido algo, pero el recreo se terminaba y quedó con ellosen casa de Ana al salir de clase esa tarde. Además, advirtió a José.
- Procura traer a tu hermana Rita. Deseoreflexionar con los tres.
La clase se desarrolló con normalidad, menospara Elisa que no podía explicarse como aquellos niños plantearan esascuestiones. Recapacitando se dio cuenta que ella también con la edad de Ana yase lo planteaba y era cierto. Los mayores contestaban con evasivas o decíantonterías como decía José. La madurez, la inteligencia y las salidas, de aquelmuchacho, le sorprendían cada segundo pero también se divertía enormementerecordando todas las situaciones vividas junto aquel prodigio de la Naturaleza. Comoera posible que una criatura tan maravillosa hubiera salido de un padre comoaquel. Era algo que no le entraba en la cabeza y así se pasó el resto de lamañana hasta que el timbre del fin de las clases le volvió a la situación. Ledio los libros con los exámenes de ingreso de otros años para que los repasarajunto a su hermana. Los vio salir por la puerta del colegio y le hizo graciaver como nada más cruzar la valla Ana le daba la mano y abandonaban la escuelacogidos.
Cuando los cuatro entraban en casa de Ana,su madre se disponía a marcharse, había quedado con unas amigas. Conversó conElisa y le rogó que le disculpara y ante cualquier cosa que necesitará, lotomara sin problema. Si no lo encontraba se lo podía preguntar a su hija.
- No olvide prepararles merienda, en ladespensa y en la fresquera hay de todo. Pero como le he dicho Ana sabe dondeestán las cosas. No tenga el menor reparo. Como si estuviese en su casa.
Se disculpó una vez más por no podersequedar, cerró la puerta tras de si y abandono el hogar.
Sentó a sus tres alumnos en el tresillo,mientras ella lo hizo frente a ellos en una silla.
- Espero vuestras preguntas.
El silencio se hizo por unos segundos hastaque Ana con el desparpajo que le caracterizaba se lanzó. No pensaba perderaquella oportunidad tan deseada y buscada. Sin el menor reparo preguntó.
-¿Porqué se les hincha y endurece el pito alos chicos cuando se lo tocas?
"Dios Santo". Soltó en su interiorla sorprendida maestra, aquello superaba todo lo previsible por ella, pero noera momento de decepcionarlos se llenó de valor y de serenidad y con unadulzura y naturalidad brillante les comenzó a explicar la primera, ycomprometida pregunta.
Cuando finalizó los tres se sentían segurosy sin el menor temor a volver a preguntar a su maravillosa maestra. Se le veíaen disposición a contestar y aclararles todas sus dudas. Rita tomó la palabra.
- Yo asistí a mi madre con otras vecinas alnacimiento de mi hermana Elena y pude ver como la mujer tiene tres orificios.
Los explicó y cuando se refirió al último,por donde salen los bebes, la maestra guardó unos segundos de silencio paraescoger las mejores palabras para sus alumnos y por fin comenzó la explicación.
- El tercero es la vagina y por ese conductoes por donde se introduce el pene para la procreación de la especie y a eseacto se le denomina copular.
Prosiguió explicándoles todo el proceso dereproducción humana, lo que era la masturbación, así como el ciclo de la mujer,e incluso algunos métodos anticonceptivos.
- Fue Ana la que planteó la siguientepregunta
-¿Es cierto que si un niño hace el sexo seva de cabeza al infierno?
Elisa no era creyente pero respetaba a laspersonas que si creían. Con la misma dulzura y cariño que les había estadoexplicando lo anterior le comentó.
- No sé si habrá infierno o no, pero de loque sí os puedo asegurar es que cualquiera que lo haga sin una verdaderaentrega al otro tiene que ser consciente que no esta obrando correctamente.
- ¿Nosotros podemos practicar el sexo?
"Este José no para de ponerme en uncompromiso. ¡Dios! Que madurez tiene este mocoso."
- Pienso que todo tiene su momento y serequiere una madurez para todo en esta vida.
La exposición del tema se prolongó porespacio de una hora larga, con las oportunas interrupciones para enriquecerlacon más preguntas. Elisa comenzaba a sentirse más segura, gracias a la madurezde aquellos críos. Pero especialmente a las preguntas que iban formulando.Mucho mas relacionadas con sus aclaraciones señal inequívoca que iban comprendiendo y asimilando el enfoque dado.
Hubo un comentario de Rita que le llamópoderosamente la atención y que estaba temiendo. Fue cuando en el transcurso dela conversación comentó
- Mi padre me da asco.
De inmediato le recriminó. Reflexionó a laniña como lo había hecho esa mañana con los otros dos. La lección que debíanaprender de aquello no era el rechazo a la persona sino más bien al exceso dela ingestión de alcohol. Culpable principal de aquel incidente. Mientrasrazonaba con la niña le lanzó una pregunta directa.
- ¿Has visto a tu padre fijarse en otramujer alguna vez?
Lo cierto es que Elisa tenía razón su padreno solía ir detrás de otras mujeres como había observado en algún vecino de lahuerta. Bajo, ese punto de vista estaba en lo cierto. Además, la maestraprosiguió que eso le podía pasar a cualquiera y debía olvidar el incidente yasimilar la lección de la causa que lo provoco. Rita se abrazó a Elisa y le comentó al oído
- Te quiero tanto como a mama.
Ella con la sonrisa en los labios añadió.
- Y como a papá.
La niña frunció el ceño, sonrío y respondió.
- Y como a Papa.
Abrazó a la pequeña con la ternura de unamadre. Aquellos mocosos eran capaces de emocionarle como hacía tiempo que nohabía conseguido hacerlo nadie. Los adoraba y sería capaz de cualquier cosa porellos.
Al entrar en casa, estaba agotada. Norecordaba sentirse tan cansada desde hacía mucho tiempo. La tensión de esatarde le había derrotado física y psicológicamente y no se quitaba de su menteal pequeño. “Llegar a decirme que tengo uno pechos preciosos" Desde luego.¡Que crío!







sábado, 24 de diciembre de 2011

EL PRIMER AMOR-CAPITULO 4-LOS PRIMEROS PASOS EN EL SEXO

   - CAPÍTLO CUARTO.

                           - LOS PRIMEROS PASOS EN EL SEXO -

   La primavera tocaba a su fin. Los últimos coletazos del año escolar perdían intensidad y las pruebas de ingreso esperaban a los niños españoles para dar por concluida una etapa. De la escuela de la señorita Elisa se presentaban al examen, en presencia del inspector del ministerio, Ana, Adrián, José y Pedro. Pero en la relación llegada al ministerio figuraba un nombre más. El de Rita Carbonell. Su hermano se empeñó en conseguirlo y no paró en su lucha hasta lograrlo. A pesar de no asistir a clase la pequeña no iba, ni mucho menos, en peores condiciones. José se había volcado durante el curso en ayudarle para salvar sin dificultades el examen. La propia señorita Elisa consciente de las dificultades de la pequeña para poder estudiar y conocedora de su ilusión le ayudó. No todo lo deseado pero segura de afrontar con éxito la prueba de final de etapa.
   Pero esas fechas coincidían con la faena dura en el campo. El trabajo era de sol a sol y tanto José como Rita tenían dificultades para estudiar. Allí, donde iban se llevaban los libros y durante los descansos los devoraban.
  Faltaban dos semanas y José advirtió a Elisa la imposibilidad de ir a clase, el trabajo del campo era lo primero, y si el próximo curso quería ir a la escuela no le quedaba otro remedio que estar allí esos días. Su maestra le prometió acercarse por la alquería para entregarles unos libros, donde estaban recopiladas las pruebas de ingreso de cursos anteriores.
   Esa tarde Ana se presentó en la alquería. Tenía la edad del hermano mayor de José, sus pechos comenzaban a marcarse a través de su ropa. Se había puesto una hermosa blusa y una falda que realzaban su figura. Buscaba a José, para aclarar dudas. Marta fue quien le atendió.
   - ¡Rita!
  Su presencia no se hizo esperar. Atendió el ruego de su madre para ir en busca de su hermano al campo del cementerio. Donde se encontraba trabajando con su padre y hermanos. Como le llevaría una media hora invitó a la joven a entrar en casa y le sirvió una limonada. Rita cogió la bicicleta y partió a toda velocidad para comunicarle a José la presencia de Ana. Al contárselo a su padre, entre gritos, insultos y quejas aceptó con una condición. Rita debía sustituirlo. Aceptó encantada, era capaz de hacer cualquier cosa por él. Así pues, José montó en la bicicleta para iniciar la contrarreloj hasta la alquería y reunirse con su amiga. Tras saludarse subieron al desván, lugar preferido de José, y su sala de estudios. Extendió una manta sobre las balas de paja y tumbados sacaron los libros. Le explicaba todas las dudas a su amiga. Ella le observaba encandilada. Había hecho una gran amistad con él, se sentía muy a gusto a su lado y captaba a la primera todas sus explicaciones. En un momento dado él le preguntó.
   - ¿Tienes alguna duda más?
   Se sonrojó un poco pero luego con una picara sonrisa comentó.
   - No sé cómo es un chico desnudo.
   La pregunta le dejó perplejo, en ese momento se dio cuenta que él también sentía curiosidad por el asunto, pues aunque tenía hermanas esos temas en casa era tabúes e incluso cuando eran bebes y los cambiaban no permitían al resto de los hermanos estar presente.
   - La verdad.
   Comenzó titubeando.
   - Yo tampoco se como es el cuerpo de una chica desnuda.
   Sus corazones se aceleraban por momentos habían oído comentarios de los mayores pero nunca lo habían visto. Ana tomó la iniciativa y comenzó a desabrocharse la blusa. Pronto aquellos incipientes pechos quedaron al aire. José sintió que su cuerpo se alteraba. Alargó su mano y con una dulzura exagerada tocó con la yema de sus dedos uno de los pechos de su amiga, el suspiro profundo de su compañera le asustó y retiró rápidamente la mano. Ella, sin pronunciar palabra tomó su mano y la volvió a colocar sobre el pecho. Acarició alrededor del pezón y cuando su pulgar e índice lo mimaban, Ana se dejó caer sobre la manta y se abandonó al placer producido por las caricias. Sus respiraciones eran sofocantes, sus corazones se aceleraban a ritmos insospechados. Él se tumbó junto a ella y continuó acariciando con la misma delicadeza del principio. El ruido de una puerta sorprendió aquel agradable momento, se incorporaron y ella colocándose la blusa en su sitio la abotonó rápidamente y con el libro en las manos, simularon leerlo. Cuando se dieron cuenta lo tenían del revés y como nadie hacía acto de presencia rompieron en una histérica risa liberando toda la tensión de ese momento. Transcurrieron unos segundos, retornaron de nuevo a satisfacer esas ansias infinitas por descubrir sus inquietudes. José se desabrochó el pantalón, se lo quitó y a continuación bajó sus calzoncillos hasta las rodillas. Ana miraba, aquel apéndice colgado, maravillada. Nunca se había imaginado algo así. Cuando su mano lo tocó, el susto fue monumental, aquello se hinchaba y aumentaba de tamaño. Debía ser un castigo por el pecado cometido. Él que había cerrado los ojos, pues le daba vergüenza la situación, al sentir como su compañera retiraba la mano los abrió y suplicó continuar. Pero la elevación del apéndice duró poco, pues las voces de sus hermanos y padre se escuchaban en el pórtico. Como una bala se subió los calzoncillos y se puso los pantalones. Con la respiración jadeante se pusieron a leer el libro. "OH maravilla de la Naturaleza aquello había sido el paraíso" Esos pensamientos rondaban en las cabezas de los dos chiquillos. Fue Rita quien se presentó en el desván y aproximándose a la pareja se sorprendió.
   - Estáis colorados y no podéis respirar bien.
   Se levantó enfadada, regañando a su hermano, al tiempo que abría la ventana del desván y les decía.
   - ¿Con el calor que hace, cómo no has abierto la ventana? Desde luego no me explico como podías aguantar con este calor. No me extraña que estéis sofocados.
   Se encontraba abriendo ventanales en esos momentos les daba la espalda, se miraron y con una sonrisa picara esperaron a que la recién llegada se sentara junto a ellos.
   Repasaron varios temas hasta que los llamaron a cenar. Ana, tras la insistencia de Marta, les acompañó. Aquella noche su padre no abrió la boca, no podía haber pasado nada mejor. La faena iba muy bien y los precios de la cosecha eran de los mejores de esos últimos años. El décimo estaba a punto de llegar y la mano de obra para el campo asegurada.
   Alex y Jaime se brindaron a acompañar a Ana. A los dos les había gustado la amiga de su hermano. Así pues tras el consentimiento de su padre los cuatro se fueron paseando por el camino hasta su casa. Los dos mayores se peleaban por conversar con la joven, que se asombraba por la diferencia de educación entre aquellos rudos jóvenes y su compañero de clase. Las frases groseras, las brusquedades y el elevado tono de sus voces contrastaban con la educación refinada y hasta exquisita de su amigo. Pero siguiendo su instinto femenino tonteó con los dos para observar su reacción. Él se limitó a bajar la mirada y proseguir la marcha junto a ellos. Cuando se iban a despedir les dio la mano y besó a José en la mejilla. Pretendía dar media vuelta y subirse a casa pero la voz ronca de Alex se lo impidió.
   - ¿Y a nosotros solo nos das la mano? 
   Ana, sonrío, besó aquellas sudorosas y sucias mejillas y desapareció. De vuelta a casa aseguraron que no se lavarían la cara en el resto de sus vidas.
   José caminaba junto a ellos pensativos con lo sucedido esa tarde. "Tengo que averiguar todo lo referente al sexo. No puedo permanecer pasivo ante una cosa evidente y natural, por muchos secretos que la gente mayor se lleve.” Éstos y otros pensamientos relativos a lo mismo ocupaban la mente del niño.
   Cuando Ana se metió en la cama no podía creer lo sucedido aquella tarde. Estaba entusiasmada y al igual que su amigo deseaba conocer todo lo referente al sexo.
   Las primeras averiguaciones sobre el tema fueron bastante desconsoladoras. La madre de Ana lo presentó como algo malo y pecaminoso. Los hombres vivían para aprovecharse de las mujeres y le aseguró que cuando tuviese más edad le explicaría lo que tendría que sufrir como mujer. Estaba desconcertada, su primera experiencia, había sido maravillosa. Tampoco sabía si aquello había sido sexo, pero jamás lo podría olvidar y desde luego nunca lo recordaría como una mala experiencia.
   José tuvo peor suerte. Su padre le contestó con dos blasfemias diciendo. “Eres muy pequeño para pensar en ponértela dura”.
   - Además, los niños que hacen cosas de esas se van de cabeza al infierno.
   Su madre fue menos expresiva.
   - Ya te llegará la hora y sabrás lo que hay que saber.
   Otra tarde José fue a casa de Ana, pero estuvieron controlados por su madre, que no abandonó la habitación. Cuando Ana le acompañó al portal para despedirse le preguntó sí sabía algo más sobre el tema que les inquietaba. Se quedaron iguales o peor que antes. Pero si los mayores no querían contárselo, tal vez, lo mejor sería ver esas revistas que algunos chiquillos del colegio manejaban y llevarlo a la práctica.
   Cuando a la siguiente tarde se reunieron en la alquería, Rita se apuntó a estar con ellos. Concluida su tarea podía acompañarles en el estudio sin problemas. Ana realizó un gesto de desagrado cuando se enteró, pero José le comentó que Rita era maravillosa y tal vez pudiera aclararles algo sobre el tema.
   En el desván repasaban los diferentes temas pendientes para la prueba de ingreso. Uno preguntaba a los otros y planteaban el estudio como una competición entre los tres divirtiéndose de lo lindo. Ana era la que más dificultad tenía en especial cuando trabajaban las matemáticas a pesar de tener cuatro años más que José y dos más que Rita. Pero se sentía tan animada por sus compañeros que cada día ponía mayor interés por conseguir dominar esa maldita asignatura.
   Por fin se tomaron un respiro. Fue su hermano quien preguntó.
      - ¿Sabes algo sobre el sexo?
   Rita se ruborizó por la pregunta, mientras mostraba su interés por el tema últimamente, asegurándoles en el transcurso de la conversación, que no había visto nunca a un chico desnudo. Cuando Ana aseguró que ella si, el interrogatorio sobre el asunto no se hizo esperar. El rostro de la joven se sonrojó de forma escandalosa, Rita se extrañó pero al ver a su hermano ruborizarse comenzó a sospechar. Confesaron la experiencia mantenida unos días atrás y quiso apuntarse. José sintió curiosidad por descubrir el misterio de cintura para bajo. Pues la otra tarde solo mostró la otra mitad de su cuerpo. Ana se bajó las braguitas, unas azules de volantes, y se levantó lentamente la falda. El incipiente bello del pubis quedó al descubierto y el niño se sorprendió al comprobar un pequeño culo delante. Esta vez no se atrevió a poner la mano pues estaba su hermana y eso le cortaba algo. Tampoco el espectáculo duró mucho, pues de inmediato se bajó de nuevo las faldas y se subió la prenda interior.
   - José enséñaselo a tu hermana.
   Se apresuró a decir. Él se ruborizó, pero se bajó los pantalones y los calzoncillos y de nuevo su miembro quedó al descubierto. Ana lo cogió con la mano y comentó a su amiga.
   - Mira como se hace grande y se levanta mientras se pone como una piedra. 
   Ana movió sus dedos sin querer y José dio un profundo suspiro. Ella se asustó y le preguntó si le había hecho daño.
   - Al contrario me gustaría continuar.
   Las dos niñas se sonrieron y de inmediato él se sonrojó escandalosamente para subirse los calzoncillos y los pantalones de inmediato. Rita entró en la dinámica de la curiosidad por el tema, pero por lo comentado lo peor era preguntar a los mayores.
   - Yo sé.
   Comentó, cuando la situación se calmó un poco.
   - Que  los niños se forman en la barriga de la madre y salen por el conejillo, cuando crecen lo suficiente, pues en el parto de Elena estuve presente para aprender a traer niños al mundo. Desde luego me impresionó, pero es algo maravilloso. Casi tiro la primera papilla, pero conseguí superarlo y cuando recapacité sobre lo sucedido me di cuenta que verdaderamente es milagroso. Nosotras tenemos tres orificios uno por donde c.. , otro por donde m... y el tercero por donde salen los niños.
   Bueno, por fin, comenzaban a averiguar algo sobre el asunto. Rita se sentía orgullosa por haber podido explicar algo a su inteligente hermano y se sentía tan feliz que se abrazó a los dos.
   Durante varios minutos permanecieron unidos y la felicidad inundaba sus pequeños seres.
   Al separarse reanudaron el estudio. 





martes, 20 de diciembre de 2011

EL PRIMER AMOR - CAPÍTULO III LA ESCUELA

  - CAPITULO III –

                                       - LA ESCUELA -

   Esa mañana se levantó muy temprano. Debía atender a los animales antes de ir a la escuela. Iba a ser su primer día y el corazón le latía con más frecuencia de lo habitual. Su hermana madrugó más de lo habitual para ayudarle. Mientras limpiaba la cuadra y ponía paja nueva, ella ordeñaba las vacas. Sacó todo el estiércol a la montaña junto al granero y cuando se levantaron sus hermanos tuvo que soportar sus mofas y bromas por querer ir a la escuela. Pero cuando pasó Paco a recogerlo tenía toda la faena, ordenada por su padre, concluida. Incluso tuvo tiempo de darse una ducha. No podía presentarse ese primer día de clase oliendo a ganado. Su  madre le dio un fuerte abrazo y, mientras le tendía el almuerzo le susurró al oído.
   - Sé que serás el mejor médico del mundo.
   Aquella mañana, compensaba todos sus sufrimientos, se atrevió a pensar la buena mujer. Se sentía orgullosa de su niño, pero al ver a Rita con los ojos llorosos y a punto de derramar unas lágrimas, se lamentó por ser mujer. Tal vez, de haber nacido varón, gozaría de la misma oportunidad que su hijo. Se aproximó, le abrazó y tras besarle continúo con la faena diaria.   
   ¡No puede ser! 
   Se preguntaran ustedes señores lectores. Pero efectivamente. Esperaba el décimo.
   José creyó vivir un sueño esa mañana. La señorita Elisa presentó a los alumnos al nuevo pupilo. A pesar de su corta edad lo puso con el grupo de chavales que preparaban el ingreso. Estaba segura de superar perfectamente un segundo o tercero de bachiller, pero en ningún momento quiso poner el listón muy alto para evitar cualquier fracaso. El ingreso lo superaría con creces. Adelantando tres cursos a los niños de su edad.
   Por primera vez, en su vida, se relacionaba con otras personas fuera del entorno familiar o de las alquerías de la huerta. Lo sentó junto a Ana, una mujercita de doce años, de cara angelical quien comenzaba a mostrar los signos externos propios de una mujer. Le llamó poderosamente la atención y pronto entabló una buena amistad. Al quien no le cayó tan bien, el nuevo alumno, fue a Adrián, el matón de la clase y considerado novio de Ana. Durante ese primer recreo de su vida se le acercó y le amenazó diciendo.
   - Como no dejes a mi novia en paz te llevaras una soberana paliza.
   José sonrió. Adrián iba a pegarle cuando se dio cuenta del control de Elisa. Sonriendo se retiró, pero en voz baja prosiguió amenazando. No era un chico asustadizo, estaba acostumbrado a las peleas con sus hermanos mayores y su cuerpo bastante curtido por los golpes recibidos de su padre. Cuando la clase se reanudó, en uno de los descansos, donde Elisa permitía a sus alumnos hablar por espacio de unos minutos, según ella, era para relajarse y volver con mayor atención a sus explicaciones. José  preguntó a Ana sí tenía novio. Antes de contestarle sonrió.
   - Te lo ha dicho el estúpido de Adrián. ¿Verdad? A mí el único de la clase que me gusta eres tú.
   José se quedó sorprendido en todo lo leído siempre era el hombre quien tomaba la iniciativa, aunque desde luego de chicas no sabía mucho. Pues aunque tenía una hermana mayor, nunca hablaron de esos temas. Con la mayor naturalidad del mundo le contestó.
   - Tú también me gustas mucho.
   Cuando iniciaban la conversación de nuevo la maestra los llamó al trabajo, sonrieron y rápidamente su atención la pusieron en la señorita.
   José resolvía con gran facilidad todas las cuestiones planteadas por la maestra. Era el primero en levantar la mano cuando preguntaba. Al dirigir su mirada al nuevo alumno sonreía y se sentía orgullosa de haber conseguido, gracias a su astucia, la presencia de ese futuro genio.
   Ana solía tener dificultades, especialmente con las matemáticas y recurría a su compañero para resolverlas. Ciertamente tenía a su lado una gran ayuda. Pues, además de saberlo casi todo, se las componía para explicarse con gracia, captando Ana con rapidez la solución a sus dificultades.
   Al salir de clase, la mañana se le había hecho muy corta, lo hizo en compañía de Paco y de Ana. Y aunque Adrián los seguía no se atrevió a intervenir ante el mastodonte de muchacho que era Paco. Al llegar al cruce de la gran avenida, Ana se despidió de los dos y tras cruzarla comenzaron a corretear entre los campos de naranjos, patatas, maíz, alfalfa, cebolla, etc. Saltaba por encima de las acequias o correteaban por dentro de ellas, hasta llegar a la alquería. Paco se despidió de su vecino y José entró loco de contento a contarle a su madre todo lo vivido esa mañana. Su padre estaba en casa y el semblante del muchacho cambió de inmediato. Contuvo su alegría y lo saludo como acostumbraban a saludar en la huerta a los jefes de la casa.
   - Buenas. Padre.
   En tono seco y sin el mínimo gesto cariñoso. Su padre se limitó a realizar un gesto con la cabeza para de inmediato ordenar al muchacho arreglar a los animales y entrar al desván las balas de paja descargadas por el carro. Se cambió, como un rayo, de ropa y se dedicó a subir aquellas balas de paja que pesaban más que él. Cuando la mesa estaba servida el muchacho ya las había subido y, por supuesto, ordenado. Se disponía a barrer el trayecto desde la entrada hasta el desván cuando su padre le propinó un bofetón tirándole al suelo.
   - Mariconadas no hace ninguno de mis hijos, para que están las mujeres en casa. Bastante tengo con la perdida de tiempo en la mierda de escuela.
   El pequeño se levantó del suelo. En su cara y con un llamativo tono rojo la mano de su padre se dibujaba a la perfección. Se podían contar los cinco dedos de la mano. Se lavó y se sentó a la mesa. Rita se apresuró a recoger la escoba que yacía en el suelo y barrió el recorrido realizado por su hermano para llevar las balas hasta el desván. El silencio en la mesa era sepulcral. Cuando todos estaban sentados el padre cogió la cuchara y comenzó a comer el plato de arroz con caracoles y acelgas, de inmediato el resto de la familia. Marta quiso romper ese silencio y preguntó a José como le habían ido las clases. El fuerte puñetazo sobre la mesa hizo temblar platos, vasos y a toda la tropa agolpada alrededor de ella.
   - En esta casa no quiero oír hablar de la escuela, ya tenemos bastante con un vago que no quiere trabajar el campo.
   Soltó dos o tres blasfemias y prosiguió comiendo. Durante el resto de la comida nadie fue capaz de elevar la mirada del plato. Se levantaron y fueron de inmediato a la faena asignada a cada uno. Las mujeres recogieron la mesa y se pusieron a fregar. José, al terminar el trabajo encomendado por su padre, se puso junto a su madre y hermana para relatarles como le había ido esa primera mañana de clase. Estaban ansiosas por escucharle y mientras fregaban él les iba relatando hasta el mínimo detalle de lo sucedido. Había conocido a Ana, una chiquilla casi tan guapa como Rita. Su hermana se llenó de satisfacción al escuchar a su hermano, pues salvo los cumplidos que solía lanzar José, en esa casa no se escuchaban otros.
   Era una chica muy guapa, pero sus ropas y lo sucia que solía ir no permitía resaltar la belleza natural de la niña. Alex entró en casa para recoger unas herramientas y al ver a su hermano charlando refunfuño.
   - Listillo. ¿No tienes nada más que hacer? Deja de mariconear con las mujeres y ayúdame a preparar el campo de la vía.
   Sin rechistar cogió la herramienta que le tendía y con gesto triste se despidió. Estuvo trabajando duro junto a su hermano hasta que Rita le fue a buscar pues Paco se iba a la escuela. Dejó de inmediato las herramientas de trabajo, corrió hasta la alquería para darse una ducha rápida y vestirse. Su hermano se quedó blasfemando en el campo. Conforme pasaba el tiempo se parecía más a su padre.
   De nuevo fue una tarde inolvidable, las tres horas  de clase se esfumaron en un abrir y cerrar de ojos. Se despidió de sus compañeros, pues debía estar pronto en casa para hacer los deberes, leer pero sobre todo tener a punto la faena asignada por su padre. De no cumplir con ella, a la hora de cenar, no iría al día siguiente a clase y eso sería lo último en perderse en su vida.
   Nada más llegar se cambió de ropa, guardó sus libros en su lugar secreto, el desván, y fue en busca de su padre. Lo encontró como siempre maldiciendo y blasfemando en el campo de la torre. Los pájaros se habían despachado picoteando la cosecha.
   - Ya era hora que llegara el señorito. Trae de inmediato unas estacas y construiremos unos cuantos espantapájaros.
   Las blasfemias y tacos escupidos por aquella boca no alteraron al niño, estaba acostumbrado a ellas desde el mismo día de su nacimiento, corrió y a los pocos segundos llegó cargado con unos cuantos palos. De nuevo a la carrera hacia la alquería para traer unos trapos viejos, clavar las estacas en el suelo y vestir el armazón de madera. José realizó más de diez viajes del campo a casa y siempre a la carrera. Finalizada su obra de arte le mandó arreglar a los animales. Era su principal faena, no había terminado de mandárselo cuando corría hacia los corrales para atenderlos. No había alfalfa para el caballo, cogió la “corbella” y se marchó al campo para segar unos cuantos manojos. Cuando tenía suficiente, realizó un fajo y lo ató con una correa. Lo cargó a sus espaldas dando la sensación que aquel fajo de hierbas andará solo pues cubría al muchacho por completo. Lo descargó y guardó en su lugar el que no puso a los animales. Limpió la cuadra hasta el último rincón y tiró paja limpia. Cepilló a todos los animales y cuando terminó estaba agotado. Pero había algo más, el depósito del agua estaba vacío. Debía sacar agua del pozo y llenarlo. Fueron más de cien pozales los subidos por el muchacho. Cuando lo llamaron a cenar acababa en esos momentos de ducharse. Sus dos hermanos mayores se reían de él al verlo lavarse más que las putas. Pero él hacía caso omiso de sus burlas.     
   Estaban terminando de cenar cuando padre advirtió a todos sus hijos que esa noche tocaba regar. José estaba roto, pero cuando su padre se levantó de la mesa corrió hasta la ermita para desviar el agua hacia casa. Eran las veintitrés horas cuando regresaban. Avisó a su hermana Rita y los dos con un farolillo de petróleo subieron al desván para repasar lo asimilado en la escuela. Aquella maldita luz se movía en exceso como consecuencia del viento entrando por todos los rincones del desván. Pero ambos pasaron dos horas repasando y explicándole a su hermana todo lo asimilado ese día en clase. Luego cada uno cogió un libro y se pusieron a leer. Tan solo consiguieron aguantar media hora pues sus ojos se cerraban y sus cuerpos doloridos pedían descanso. Apagaron la luz y bajaron con sumo cuidado a sus habitaciones para no despertar a nadie. No habían entrado aún en la cama, cuando dormían plácidamente.
   Esa mañana, cuando el sol no despuntaba en el horizonte, sus padres se levantaban. A él le costó Dios y ayuda hacerlo, pero los animales debían estar arreglados antes de partir a la escuela. Se dio una ducha con agua del pozo, que lo despertó desde la primera gota, y se puso manos a la obra. Solo él y sus padres se levantaron para iniciar la faena diaria, no había que hacer demasiado y disculpo a su hermana esa mañana para que prosiguiera durmiendo él solo terminaría la faena sin problemas. Marta miraba a su pequeño y su mente se llenaba de compasión y admiración por su niño. "Dios si tiene tan solo siete años, el pobre esta reventado, pero ahí lo tienes cumpliendo con lo que le prometió a su padre". Sentía una mezcla de pena y felicidad al comprobar como aquel mocoso se comportaba como un hombre. A las dos horas de haberse levantado los primeros de la familia lo hacía el resto. José ya tenía arreglado a los animales. Su padre le ordenó que cortara alfalfa pues no quedaba casi. Lo estaba diciendo cuando al ir al lugar donde la guardaban lo vio repleto. José le aclaró que al darle a los animales por la tarde repuso el almacén. El Coeter se quedó asombrado. Trabajaba duro y sin descanso cualquier momento que estaba en casa y, además, iba a ser médico. Siempre que pensaba en ello en su mente le venía la misma idea. "No, tener que soltarle un real a ese médico". La verdad era que el chaval, aunque estaba en la escuela seis horas al día, no le impedía cumplir con su labor en casa. Andrés ya era lo suficiente mayor, seis años, como para encargarse de sus hermanos pequeños.
   - José comprueba el depósito.
   - Padre.
   Contestó
   - Lo llené anoche.
   - Pues descansa hasta ir a la escuela demonio de chiquillo.
   No había terminado de pronunciar esas palabras cuando ya estaba en el desván repasando los deberes y estudiando.
   Ese primer mes de colegio se le hizo muy duro, pues no dormía más de cinco o seis horas al día y el esfuerzo físico era considerable. Pero era tal la ilusión, por aprender cada día cosas nuevas, que no le importó tanto sacrificio.
   Una tarde, Paco se puso malo, al salir de clase le aguardaba Adrián con su pandilla. Lo había deseado desde que aquel listo pisó la escuela. Lo rodearon y comenzaron con amenazas y empujones. José no respondió a las provocaciones, cuando se caía al suelo se levantaba e intentaba reanudar la marcha. Pero pronto de los empujones se pasó a los golpes. José se defendió y se entabló una batalla campal. Eran cuatro y mucho mayores que él pero se defendió como un jabato, no podían con aquel muchacho. La pelea se estaba desarrollando cerca del campo del río donde Jaime estaba trabajando con su hermano Alex. Escucharon los insultos y acudieron para ver lo que ocurría. Al ver a su hermano permanecieron unos segundos observando como se defendía. Parecía un león acosado. Pero cuando vieron que la cosa se le ponía mal intervinieron y les propinaron una buena paliza. José sangraba por la nariz y boca. Su mejor ropa estaba destrozada y manchada de sangre. Sus hermanos lo levantaron del suelo y le acompañaron a casa. Mientras Alex limpiaba y curaba sus heridas le comentó.
   - Muchacho eres un Carbonell, vaya cojones le has echado al asunto. Nos explicaras porque te querían pegar esos mariquitas.
    José se sentía orgulloso por el comentario y les relató lo sucedido. En esta ocasión fue Jaime quien comentó.
   - Mira el mocoso. Peleándose ya por una mujer.
   Sonrieron juntos y tras las oportunas burradas de sus hermanos en torno a su amiga Ana, regresaron al campo para seguir su trabajo. Marta al ver a su hijo se asustó, pero cuando vio sus ropas, no servían ni para trapos, el alma se le cayó a los pies. No tenía otras decentes para ir a la escuela. Pedirle dinero a su marido para ropa era como firmar su sentencia de muerte. Pasó a su vecina y ésta le dio unas de su hijo, que no le venían, y aunque no estaban muy bien al menos podía ir decente y limpio a la escuela.
   Nada más curarlo José se puso con los animales, ordenó el granero y fue a rascar el campo de naranjos con su padre. Éste al verle con un ojo hinchado comentó.
   - Me imagino que al gilpollas. que te lo ha hecho le habrás calentado la cara. Porque tú eres tan tonto que te marcan una mejilla y pones la otra.
   No hizo comentario, se puso a trabajar sin pronunciar palabra. Había mucha faena como para entretenerse con esas cosas. Pero se emocionó. Era el primer comentario de su padre hacia él sin mandarle o castigarle.