jueves, 8 de marzo de 2012

EL PRIMER AMOR -CAPITULO XV-

- CAPITULO XV -

- EL DESENGAÑO -

El mes de Agosto llegó. Pepe fue puntual a su cita. El mismo día uno por la noche, en el camping de Javea, se encontraron de nuevo. Ahora Pepe era uno más de la familia invitándole a realizar las comidas con ellos. Linda estaba radiante. Abrazado permanecía mudo, con sus seis sentidos y su consciente concentrados en captar esas sensaciones que percibe, un enamorado, al contacto con su amada. La felicidad alteró hasta el último rincón de su cuerpo y el oxigeno no era suficiente para atender la demanda requerida por aquella alteración fisiológica. La dicha le ahogaba. Seguían abrazados cuando ella separó el rostro y pudo contemplar a su amigo. Su expresión le impresionó, reaccionando con agilidad le lanzó dos cumplidos que le sacaron del paraíso para elevar su alma un peldaño más al captar sus oídos la caricia de su voz. Pero rompió ese mágico silencio. Intercambiaron unas frases confesándole que era doctor en medicina. La sonrisa se dibujo en su “Dios” mientras su voz, requiriendo la atención de sus familiares, volvió a acariciar sus oídos.

- Si alguien se pone enfermo, no hay problema. Aquí tenemos al doctor.

La familia le felicitó. Contaba con dieciocho años. Aquello era sorprendente, con una edad tan corta y doctor en medicina.

Pepe solía salir con Roberto, sus otros dos compañeros se quedaron en Valencia pues tenían las novias allí. Su amigo seguía solo y sin compromiso acompañando a Brisite durante ese verano.

Una noche de luna llena, el grupo se encontraban en la playa cantando canciones de moda con las dos guitarras y una armónica. José se había tumbado protegiendo su cuerpo, de la arena, por una enorme toalla. Linda se sentó sobre su abdomen y apoyaba su espalda en lo muslos flexionados de su pareja. Al tratar de cambiar de posición comprobó que tenía unas cosquillas exageradas y comenzó a jugar con su descubrimiento. En el transcurso de la disputa se encontraron abrazados, mientras sus bocas se buscaron con desespero. Se levantaron y abrazados iniciaron un paseo por la playa. Separándose del grupo caminaban en silencio próximos al linde del agua. Se detuvo miró con ternura a su compañera y le pidió relaciones. Su rostro se entristeció, sabía que tarde o temprano eso tenía que ocurrir. Con su acostumbrada dulzura y más cariñosa que nunca le comunicó no sentir lo mismo. Lo apreciaba, lo admiraba y durante el invierno deseaba estar a su lado. Su compañía era muy grata, pero su corazón no estaba por la labor. Comenzó a notar un escalofrío recorriendo su cuerpo. Su negativa, dulce, cariñosa y maternal logró paliar su dolor. Prosiguieron su paseo durante más de una hora. No hubo ni una sola palabra a lo largo de todo el trayecto. Alguna vez cruzaban sus miradas y el gesto de desolación que observaba en su amigo le preocupaba, mientras le mostraba su rostro cargado de ternura. En un momento dado se besaron. Pepe pensó que las piernas no le iban a mantener en pie. Al finalizar la muestra de afecto Linda cogiéndole de la mano decidió regresar al camping.

Esa noche no pudo dormir. ¡Que dura era la vida! Había peleado como un jabato. No había tenido niñez ni adolescencia y ahora que creía haber conseguido lo que tanto deseaba, ser médico, no se sentía feliz. Amaba a Linda más que nada en este mundo y esa esperanza de tenerla se estaba desvaneciendo. Se acordó de sus padres, tanta ilusión por verlo convertido en médico y murieron antes de cumplir su sueño, especialmente el de su madre. Estaba muy desanimado. Eran las cinco de esa amarga madrugada de Agosto cuando salió de la tienda, no había dormido ni un segundo, y se fue a pasear por la playa. Sus ojos cargados de lágrimas iban liberándolas una tras otra. En esos momentos estaba sin ilusión. Tan solo deseaba que el nuevo día llegara para poder verle. Iba tan abstraído en su dolor que no percibió la salida del sol. La voz jadeante de Linda y su hermana le sorprendió, secó sus lágrimas con el polo y se giró. Había olvidado su cinta matutina con el footing.

- Hemos ido...

Comenzó diciendo entre jadeos, pero al ver a su amigo paró la frase se abrazó rogando a su hermana continuar sola.

- ¿Estas llorando?

Pepe se mordía los labios deseaba con todas las fuerzas de su corazón controlarse pero le fue imposible, de nuevo sus ojos se inundaron de lágrimas y unos profundos sollozos arrancaron de su ser. Linda palideció lo estrechó contra su pecho mientras le acariciaba con dulzura. Ahora su rostro descansaba en aquellos redondos y tersos senos, embriagándose de placer y anestesiando de forma milagrosa el dolor de su corazón. Se sentaron en la arena y permanecieron sin pronunciar palabra. Llevaban varios minutos en esa posición cuando se levantó se quitó el calzado y dándole la mano entró con él en el agua. Iba con un gracioso bañador de dos piezas, no se había quitado la blusa, que llevaba desabrochada. Pero él entró en el agua completamente vestido. Con las mismas prendas de la noche anterior. El agua los refrescó. Se abrazaron, y al darse cuenta que él estaba vestido comenzaron a reírse. Iba poco a poco recobrando la normalidad. Tenía a su amor al lado y el contacto de su cuerpo con el de ella le hacía sentirse otro. Al salir del agua se quitó el polo y los pantalones quedando en ropa interior, pero su apariencia era la de un bañador. Se sentaron sobre la arena y con sus manos entrelazadas se miraron por espacio de varios minutos sin pronunciar palabra. "Que pensará" se preguntaban mientras sus miradas se clavaban materialmente en la de su pareja. La llegada de Brisite corriendo interrumpió aquel momento, se sentó junto a ellos y extrañada preguntó como se habían mojado. Comenzaron a reír y tras unos minutos se levantaron y regresaron al camping para desayunar. Él se fue a su tienda cogió la ropa sucia con la mojada y la llevó a la lavandería del camping. Luego se metió en la ducha y tras asearse y afeitarse salió con bañador, chanclas y un polo. A la salida de los servicios ella le estaba esperando. Aquel gesto le alegró el corazón, se dieron la mano y tras dejar la bolsa de aseo en la tienda, fueron a desayunar con la familia. Los padres de Linda notaron que algo no era como los demás días y preguntaron a Pepe si no había dormido bien. Respondió que efectivamente no había podido dormir, pero no era un problema físico o de salud. Al ver la expresión del rostro en su hija no quisieron insistir sobre el asunto.

El mes terminó y nuestros amigos se despidieron, prometiéndose escribir. Pepe regresó triste y melancólico a casa. La primera en notar el cambio de su hermano fue Rita, pero él, restó importancia al asunto. Estaba segura que algo le sucedía, pero sobre todo, no querérselo contar le extrañó. Siempre que alguno de los dos tenía problemas lo compartían y se animaban. Pero en esta ocasión, debía ser algo grave, pues Pepe no era el que se había marchado hacía un mes de casa.

Transcurrido un año desde el fallecimiento de sus padres. Todos los meses los ingresos de la familia iban a las cuentas abiertas a cada uno de ellos. La situación era muy buena en todos lo sectores. La económica era inmejorable y la empresa familiar aumentaba su influencia día a día.

Andrés tenía en mente montar una ciudad deportiva, donde tuvieran cabida los deportes más representativos y populares de la ciudad. Lo había hablado con José, el cual pensó que sería interesante montar su clínica de rehabilitación próxima a las piscinas. Alfredo y Juan también tenían una gran afición por el deporte y por esa época se estaba creando una carrera universitaria relacionada con el y ellos ansiaban con poder estudiarla. Así pues cada uno comenzó a aportar las cantidades que les parecían, según sus necesidades. José dejaba prácticamente todos sus ingresos mientras sus hermanos lo hacían según las circunstancias. Comprando terrenos para la ampliación de las empresas ó comprar algún que otro capricho, como coche, o irse montando su piso.

Era su último curso de MIR y lo llevó a las mil maravillas, sus profesores estaban asombrados de su capacidad de exploración. Rara vez equivocaba un diagnóstico y los médicos veteranos conocedores de ese don ganaban suculentas apuestas con los pardillos, llegados recientemente al hospital, gracias a los diagnósticos realizados por Pepe sin necesidad de radiografías.

Cuando el curso finalizó ganó una plaza en uno de los más importantes hospitales de la ciudad. Debía incorporarse en Octubre. La verdad no era su sueño, pero si una forma de coger experiencia y conseguir unos ingresos adicionales para montar con sus hermanos aquella idea deportiva y de rehabilitación.

Ese mes de Agosto se encontró de nuevo con la familia francesa, Linda venía muy cambiada. Tan hermosa o más que antes. Cuando se abrazaron y se dieron los dos besos de rigor en las mejillas Pepe pensó estar viendo el cielo. Sus padres se sentían felices de encontrarse con el joven lo apreciaban mucho. Su hermana se había casado. Ese invierno le había dado la locura y se lanzó a la aventura.

La primera noche Pepe comprendió el cambio de Linda. Estaba enamorada. En las vacaciones de Semana Santa había estado en Inglaterra y allí se enamoró de un anglosajón de origen francés. Pierre Valery, ese era el nombre de truhán que le arrebató el amor de su vida. Durante la conversación, mantenida esa noche, ella le preguntó como iban esos ánimos. Su última intención pasaba por procurar no entristecerle y le comentó que lo iba superando bastante bien. Sonrío y lo abrazó mientras deleitaba sus oídos con su voz.

- Jamás he tenido ni creo que tenga un amigo como tú. Eres maravilloso.

Pepe pensó por un momento que sus sentimientos le iban a traicionar, pero consiguió retener sus ojos y esas lágrimas se mantuvieron hasta estar solo en su tienda.

Superó mucho mejor de lo esperado aquella desagradable noticia. Lo importante se decía era poder estar junto a ella y desde luego, se separó muy poco de su lado. Se bañaban en el mar, jugaban a la petanca, comían juntos e incluso dormían la siesta en su tienda. Por las noches se acercaban a la playa con la pandilla del camping y pasaban la velada tocando guitarras y cantando canciones. Otras veces se metían en una discoteca a mover el esqueleto.

Una de las noches se encontraba bailando cuando Linda le rogó sentarse. Todo le daba vueltas y el dolor de cabeza comenzaba a ser insoportable. Pepe le invitó a salir del local. Tal vez al abandonar el ambiente cargado y respirar aire más oxigenado aliviaría su dolor. Cogidos de la mano abandonaron el recinto. Caminando llegaron al paseo marítimo, se quitaron el calzado, y entraron en la playa. Descalzos por el linde de la playa caminaban mientras él contemplaba preocupado el semblante de dolor de su amor. Al cruzar sus miradas, ella le regalaba una de sus encantadoras sonrisas que le mostraban la grandiosidad de su Diosa. Llevaban varios minutos paseando cuando le preguntó como se encontraba. La cabeza le iba a estallar de un momento a otro. Comenzaba a tener nauseas mientras la vista se le nublaba. Decidieron acercarse al Camping y proporcionarle un analgésico. Ante su tienda Pepe se agachó, descorrió la cremallera, entró en su interior y buscó en su equipaje el medicamento. Al girarse para salir a su encuentro se topó con ella que entraba agachada. Aquel fino y suave vestido permitió que su redondeado escote, por la acción de la gravedad, mostrara todo el encanto de aquellos redondos, firmes y sensuales senos. Al elevar la mirada y contemplar la cara de “bobo” mostrada por su amigo, volvió a deleitarle con una de sus dulces y excitantes sonrisas. Se sentó en el colchón de aire y se dejó caer boca arriba. Entornó los ojos y esperó. Pepe salió de la tienda con la pastilla efervescente en busca de un vaso de agua. Cogió dos toallitas de su equipaje y el recipiente, para lavar las prendas pequeñas, y dirigió sus pasos a la cafetería del camping. Pidió un vaso, una botella de agua mineral, rogó que le llenaran el recipiente con agua, pusieran unos cubos de hielo y regresó junto a su amor. Linda se tomó el medicamento y de nuevo se dejó caer sobre el colchón de aire. Empapó las toallitas en el recipiente y bien escurridas las aplicaba en su frente. Lo contemplaba llena de cariño, la dulzura empleada al aplicarle aquel milagroso alivio, le envolvió de tal forma, que se quedó profundamente dormida. Consciente que, su razón de vivir, se había dormido paró de aplicarle los paños húmedos. Se tumbó junto a ella, tomó su mano entre las suyas y después de depositar sus labios en esa mano, permaneció junto a ella sin soltarle el resto de la noche. Cerró sus ojos para captar todo ese torrente de sensaciones transmitidas por su mano. Extasiado por la situación placentera llegó a dormirse.

La pandilla formada en el camping quiso celebrar la despedida de esas vacaciones con una comida. Así pues un día antes de la partida reservaron mesa en el restaurante del camping. Fue una comida distendida y divertida, varios se pasaron un poco con la sangría, entre ellos las dos hermanas. Linda se había sentado sobre una rodilla de Pepe y le susurraba en el oído su deseo de hacer el amor. No había otra cosa en el mundo más deseada por él. Pero esa petición era producto de exceso de alcohol ingerido. Con extremada dulzura y cariño le aseguró que si a la noche se lo volvía a pedir no lo dudaría ni una milésima de segundo.

- Ahora el alcohol te esta jugando una mala pasada y aunque lo deseo con todo mi corazón, sería muy cobarde si me aprovechara de la situación.

Ella se abrazó y cerró los ojos. Brisite se les acercó asustada iba también algo cargada. Se sentó sobre la otra rodilla y con evidente taquicardia. Consecuencia del pánico, le comentó.

- Hay un camarero que me ha pedido irnos juntos al huerto de naranjos. Tengo miedo.

Pepe le tranquilizó y prometió protegerle. Ahora se encontraba con las dos hermanas abrazadas a su cuello. Pensó en la necesidad de cambiar de aires. Se levantó y abrazándoles por la cintura salió del restaurante a pasear por la orilla de la playa, llevando una a cada lado.

Poco a poco iban despejándose. Habían ido varias veces al servicio y el efecto del alcohol se les estaba pasando. Rogaron ir al camping para darse una ducha y cambiarse de ropa. No hubo necesidad de repetirlo, abrazados regresaron.

Era la última noche de vacaciones y la pandilla se fue a la playa con guitarras. Montaron una fiesta, donde el baile, las palmas y el canto se repartieron a lo largo de la velada. Pepe estaba sentado sobre la toalla y ella tumbada apoyaba su cabeza en su muslo. Él acariciaba su rostro y le aplicaba un agradable masaje en las sienes. Permanecía tumbada percibiendo el cariño y la ternura de su pareja, abrió los ojos, le sonrió, se levantó, le dio la mano y se alejaron del grupo paseando.

- Tengo que decirte que eres todo un caballero y te doy las gracias por haberte negado a mi petición de esta tarde. Sé que es una de las cosas que más deseas y has sido capaz de renunciar a ella por respeto a mi estado.

Pepe no le permitió terminar.

- Mi vida. Eres la mejor amiga que tengo y por nada en el mundo haría una cosa que pudiera romper esta amistad.

Se abrazaron, unieron sus labios y se acariciaban con tal pasión que sintió la necesidad de entregarse. En esos momentos estuvo a punto de perder la cabeza, pero Linda se dio cuenta que quien saldría perjudicado sería él.

Pepe se había despedido de sus padres, de su hermana y esposo. Cuando, ya subidos en el coche, Linda se retiró detrás de unos árboles con su amigo. Charlaron durante unos segundos y se abrazaron dándose un beso lleno de pasión y cariño. Cuando se fue de su lado, Pepe presintió que era la última vez que la vería. Sintió que aquel beso era el último contacto con aquel ángel que había inundado su corazón. Sabía que Linda siempre tendría un sitio amplio en lo más profundo de su ser. Inmóvil donde lo dejó su amada permaneció varios minutos mientras sus ojos se humedecían permitiendo que resbalaran por sus mejillas unas amargas lágrimas. Primero se tomaban su tiempo en desprenderse de los lagrimales pero conforme iba perdiendo de vista el coche estas tomaron mayor continuidad hasta convertirse en un llanto desconsolador. Por fin volvió en sí. Desmontó la tienda y regresó a casa.

miércoles, 29 de febrero de 2012

EL PRIMER AMOR -CAPITULO XIV-INCIDENTE EN LA FACULTAD

- CAPITULO XIV -

- INCIDENTE EN LA FACULTAD

Iniciaba el último curso de carrera y se preparaba para presentarse al MIR. Su tesis doctoral la llevaba muy avanzada y tenía intención de presentarla al finalizar el curso. Durante cuarto y quinto hizo también los cursos de Fisioterapeuta. Quería hacer el MIR en cirugía y traumatología, de ahí su interés por la rehabilitación.

Durante ese último curso de carrera coincidió con Silvia, la única chica de la promoción. Era una mujer de una elegancia y de una sencillez deslumbrantes, que unido a su belleza natural le proporcionaba una imagen de mujer diez. Estaba asediada por sus compañeros de clase, sin embargo no les hacía mucho caso. Adoraba y admiraba al pequeño Pepe pero nunca había conseguido mantener una conversación con tranquilidad. Pues era terminar la clase y Pepe salía como una bala, hacia la alquería, para echar una mano. Un día ocurrió un incidente que les marcaría para el resto de sus vidas. Estaban con uno de sus profesores, de los más competentes, aunque bastante machista. En el desarrollo de la clase Silvia corrigió al catedrático unas fórmulas, pensando que se había equivocado, no era así, y aquel grosero catedrático aprovechó el momento para mostrar su lado machista.

- Usted señorita si se callara y estuviera en casa haciendo sus labores, que es lo que le corresponde, sería mucho mejor.

Silvia enrojeció y comenzó a llorar. A Pepe, tal vez, por la reciente muerte de su madre, le afectó mucho la reacción de su profesor y salto, tratando de defender a su compañera. Fue algo instintivo, poco común en él.

- Y usted no debería haber abandonado el pesebre.

Aquella frase le salió del corazón, no era el modo de responder a una grosería con otra pero no lo pudo evitar. Encolerizado el catedrático preguntó quien había sido aquel impertinente. Sin vacilar un solo instante se levantó de la silla con seguridad y con firmeza se confesó.

- Señor. He sido yo.

El enfado, llegó hasta tal punto, que tras pedirle el nombre le juró expulsarlo de la facultad. Ordenándole salir inmediatamente del aula. Sin pronunciar palabra, obedeció, abandonándola sin rechistar. Silvia quedó tan impresionada por la valentía de su compañero que se levantó y sin más salió tras él. A continuación el resto de sus compañeros siguió su ejemplo dejando al catedrático solo. Dio un puntapié a la mesa y salió enfurecido hacia el despacho del decano. Allí solicitó la expulsión de la facultad de José Carbonell. El directivo, una persona tranquila y serena, quiso calmarlo.

- No se pueden tomar medidas cuando se está en un estado de agitación y menos a un alumno tan brillante.

- Es un grosero y un mal educado y ha faltado a lo más sagrado en esta universidad. La disciplina.

Conversaron durante un largo rato y le aseguró estudiar el caso. El decano no había decidido nada pero la noticia, de la expulsión de Pepe de la facultad, corrió como la espuma. Esa misma tarde se montaba una asamblea en la facultad de medicina. El movimiento feminista se enteró del incidente y al día siguiente las demás facultades convocaban a sus alumnos a la asamblea acordando realizar una huelga general hasta suspenderse la decisión de expulsar al alumno en cuestión.

Pepe se dio cuenta que aquello se había desmadrado, ni corto ni perezoso fue al despacho del catedrático, pero a pesar de su insistencia no le recibió. Ante la negativa fue directo al despacho del decano. Éste, se encontraba con una delegación de alumnos de la universidad, entre los que se encontraba Silvia, querían explicarle lo sucedido y solicitaban la readmisión de Pepe. Al enterarse, por su secretaria, de su presencia, esperando entrevistarse con él, le invitó a pasar por medio de ella. Las miradas de Silvia y Pepe se cruzaron y ella le ofreció una cargada de dulzura y ternura. Pero no llegó a percibirla, estaba con otras cosas en la cabeza. Saludó a los presentes y tomó asiento en la silla ofertada.

- Esta bien, hemos oído dos versiones de los hechos. Le estaba buscando para escuchar la del afectado.

Comenzó disculpándose por la magnitud de los acontecimientos. En ningún momento había pretendido, ni ofender al catedrático ni mucho menos provocar aquel altercado. Comentó su intención de disculparse ante el catedrático al ver como evolucionaba la situación, pero al negarse a recibirlo, optó por presentarse ante el despacho del decano. Contó la versión de todos los hechos sin poner énfasis en ninguna parte del relato, detalle no observado en las otras dos versiones escuchadas. Mostró su perplejidad ante el desarrollo de los acontecimientos y terminó diciendo.

- Sé que no es correcto faltarle el respeto a un profesor y menos delante del resto de los alumnos. Lo siento de corazón, soy de las personas convencidas que el diálogo lo resuelve todo, tarde o temprano. Por eso estoy aquí. Pero también debo mostrar como disculpa mi situación familiar de estos últimos días. Han fallecido mis padres.

Sus ojos se nublaron y una profunda pena se apoderó de todo su ser. Pero manteniendo el timbre de voz prosiguió.

- He luchado en casa contra la discriminación de mi madre y mis hermanas. Las palabras de ese señor a la señorita me dañaron en lo más profundo de mí ser y mi reacción salió de fondo de mi alma. No vengo a solicitar clemencia. He obrado mal y esta claro que merezco un castigo. Pero me gustaría resolver la situación.

Prosiguió con un discurso de los que hacía mella en sus oyentes. Para concluir.

- Lo que ustedes decidan lo aceptaré y ruego a mis compañeros su regreso a clase para no perder el tiempo. La forma de luchar, según mi opinión, es con el trabajo, con la responsabilidad, demostrando al que está equivocado su error con hechos. De esa forma consiguió mi madre y hermana ser reconocidas por el mayor animal, con perdón a mi padre, sobre la faz de la tierra.

Aquellas palabras dejaron fríos a todos los presentes, era capaz de quedarse sin el sueño de su vida, ser médico, para lograr devolver las cosas a su cauce normal. El decano dio la puntilla para suspender el conato de huelga.

- Habrá una sanción, porque verdaderamente su comportamiento lo merece, pero no será expulsado de la facultad.

Una leve pausa para observar la reacción de sus interlocutores y prosiguió

- Se seguirá una investigación y si todo lo sucedido es como parece, al catedrático también se le dará un toque de atención.

Aquello parecía increíble. Quedando gratamente sorprendidos por la respuesta, abandonando el despacho tras despedirse. Cuando Pepe se disponía a salir, el decano, le rogó esperar junto a su encantadora compañera unos minutos.

Les invitó a acomodarse para abandonar el despacho a continuación. Fue cerrar la puerta y cruzar sus miradas, sonrieron al unísono e iniciaron una agradable y distendida conversación.

Transcurrieron veinte minutos cuando la puerta se volvía a abrir y por la misma entraba el catedrático en compañía del decano. Se pusieron en pie y Pepe no perdió el tiempo. Antes de romperse el silencio en el despacho se aproximó mientras se disculpaba.

- Señor siento mi actitud del otro día, en mi animo no estaba ofender a un gran profesor, pero como ya he comentado estaba en una situación familiar difícil. No estoy de acuerdo con usted sobre el tema de las mujeres, pero las ideas se defienden con dialogo y razonando. Nunca con insultos o con la fuerza, le quitan a uno la razón.

El catedrático permanecía impasible ante la disculpa de su discípulo. Tras unos minutos de silencio y después de tomar asiento entre el tresillo y los dos sillones la conversación se inició. Poco a poco el decano consiguió llevar las cosas hacia un cauce menos tenso. Cuando la situación sé aclaró y se serenaron, el catedrático se disculpó ante Silvia. Aquello les dejó perplejos, pero ahora valoraban mucho más a su profesor. Solicitó una advertencia verbal y todo quedó ahí.

Desde el incidente el joven solía ayudar al catedrático en algunos temas en su cátedra, sabía de las cualidades de aquel joven y cuando recordaban el incidente se reían. Llegaron a ser buenos amigos, pues el muchacho aprendió muchas cosas pero también le resolvió algunas papeletas al catedrático.

Terminó la carrera con el número uno de la promoción y no tuvo el menor problema para acceder a las prácticas de MIR.

jueves, 23 de febrero de 2012

EL PRIMER AMOR -CAPITULO XIII- MI PRIMER AMOR

- CAPITULO XIII -

- MI PRIMER AMOR -

El mes de Agosto se presentó en un abrir y cerrar de ojos. A la estación le acompañó el padre Andrés y su hermano. En el andén, junto al tren con destino a Alicante y paradas en diferentes poblaciones, entre las que se encontraba Javea, se despidieron. José se había preparado una bolsa con la ropa y sobre sus hombros la mochila, con la tienda y el saco. Regalo de su amigo y vecino Paco. Su hermano Andrés le proporcionó el dinero para los gastos. Advirtiéndole la obligación de gastarse hasta el último céntimo. Se quejó, aquello era demasiado dinero.

- Si no lo coges y lo gastas no vuelvas a casa porque no te dejaremos entrar.

Comentó cuando se despedía con un fuerte abrazo.

El calor era sofocante, el tren se deslizaba por las vías a gran velocidad, el paisaje se le ofrecía en toda su extensión. El circular del tren próximo al mar encandiló a José. Había visto el mar en pocas ocasiones pero su pasión era sentarse frente al él y concentrarse en sus cosas escuchando el rumor de sus olas mientras la brisa le acariciaba el rostro. Cuando el tren se detuvo desde el andén sus amigos lo saludaban. Habían ido a recogerlo. Después de los correspondientes apretones de manos y tras meter el equipaje en el maletero, subieron al coche y circularon por aquellas estrechas calles hasta llegar al camping. A cincuenta metros, cruzando la carretera estaban los apartamentos de sus amigos. Se instaló, se duchó, se vistió y fue al encuentro de sus amigos para dar una vuelta por el paseo marítimo. Entraron en un bar y tomaron un aperitivo antes de ir a casa. Cuando llegó la hora de la comida, los amigos se separaron para ir a sus casas. Pepe, como le llamaban los compañeros de facultad, se fue con Roberto. La mesa estaba preparada para once personas, pues su amigo tenía siete hermanos y junto a sus padres la completaron. Se parecía a las comidas de casa pero con la mitad del personal. Estaban sorprendidos que aquel joven fuera a comenzar cuarto de medicina. Roberto iba al mismo curso pero su edad era de veintidós años, le sacaba la friolera de siete. Sus hermanas, tenía tres, la mayor contaba con dieciocho, la mediana dieciséis y la pequeña doce, se miraban y sonreían. A decir verdad eran unas chicas muy guapas. Las bromas durante las mesas se sucedieron. Pero a partir de llamarles la atención su padre consiguieron controlarse un poco. Pepe amenizó la comida, pues solía tener mucha chispa en las conversaciones y aquella familia se lo pasó en grande con su invitado. Al terminar de comer salieron a la terraza y prosiguieron conversando mientras degustaban una taza de café.

Los días transcurrían con verdadera velocidad, aquello era demasiado relajado. Pero a ciencia cierta, que lo necesitaba. Ahora se alegraba de la insistencia de sus amigos y del apoyo de su familia para tomarse esas vacaciones. Salían todas las noches y regresaban tarde a casa. Reuniéndose de nuevo ya entrada la mañana. Como sus amigos no madrugaban y él no aguantaba en la cama una vez despuntado el sol por el horizonte. Se levantaba se daba una ducha rápida de agua fresca y solo para acercarse a la playa todas las mañanas a eso de las siete. Se daba un buen baño en esa balsa de mar que ofrecía el Mediterráneo para sentarse y leer algún libro. Durante varios días vio a dos señoritas verdaderamente encantadoras corretear por la orilla de la playa. Pero transcurrida la primera quincena, las vio todas las mañanas haciendo footing. En una o dos ocasiones se cruzó con ellas y sonrieron los tres, pero siguieron su camino, mientras Pepe se metía en el mar para darse el baño matutino. Faltaban siete días para terminar el mes y regresar a casa, cuando paseando por la avenida del marítimo se cruzó con las señoritas en cuestión. Roberto se aproximó a la pareja y entabló conversación.

Caminaron juntos hasta el puerto, allí decidieron sentarse en una terraza de verano para degustar unos helados. Eran hermanas, la mayor de quince años se llamaba Linda y la pequeña de catorce, Brisite. Los cinco últimos años, el mes de Agosto, se desplazaban desde Penot, Francia, hasta Javea para pasar las vacaciones de verano. Pepe se quedó impresionado con Linda. Sus ojos, su expresión, su sonrisa, su voz, le cautivaron como nunca antes le había sucedido. Por fin se levantaron y como las hermanas tenían que regresar con sus padres les acompañaron. La casualidad quiso que esas dos preciosidades estuviesen instaladas en el camping.

- Yo también estoy acampado aquí.

Aseguró Pepe. Al tiempo que Brisite comentaba.

- ¿Eres quien se encarga de remover el mar todas las mañanas?

El gesto afirmativo dio pie a la despedida. Pero antes quedaron en salir esa noche después de cenar.

A Pedro se le terminaban las vacaciones y se iba esa noche a Valencia. Sus padres comenzaban a trabajar, se despidió de sus dos amigas y se fueron a casa a cenar.

Pepe fue al camping, a ducharse y cambiarse de ropa, quedando en acudir luego para salir esa noche con sus nuevas amigas.

Se dirigía a los aseos con los bártulos para adecentarse cuando se cruzó con Brisite. Se saludaron y permanecieron conversando durante unos minutos. Al despedirse, entraron en los aseos. Él estaba deseando cruzarse con Linda. Cautivado por ella desde el principio y mientras cumplimentaba su aseo personal no consiguió apartarla de su mente ni un solo instante. Vestido y aseado llevó la ropa sucia a la tienda y salió dispuesto a reunirse con sus amigos y sus dos nuevas compañeras. Iba por una de las calles del camping cuando Linda le llamó. Se aproximó, al tiempo que sentía como su corazón se agrandaba. Con la sonrisa en los labios, le tendió la mano, presentándolo a sus padres. La madre se sorprendió por la educación y cortesía del joven y la perfección en la expresión de su lengua. Ya que la conversación se desarrollo íntegramente en francés. Él no apartaba su mirada de aquella criatura, quien al sentirse observada, su rostro mostró la dulzura de su sonrisa. Esa que lo ahogaba de felicidad. Llevaba un corto vestido, de tejido suave y fino, ajustado hasta la cintura y suelto con vuelo hacía abajo, mostrando todo el encanto de su silueta. Cruzó en varias ocasiones la mirada con Pepe y sus labios se alargaban cada vez ofreciendo ese gesto que logró convertir a su amigo a un nuevo Dios. Ella. Estaban preparadas, se despidieron de sus padres y salieron juntos. Pepe tendió una mano a Linda y otra a Brisite y cogidos abandonaron la zona del Camping.

Al llegar al apartamento de Roberto, su otro amigo ya estaba con él. Bajaron y decidieron ir a una discoteca. Fue una noche inolvidable. Pepe acaparó a Linda y se pasó la noche bailando con ella. No podía dar crédito a sus oídos cuando le confesó haber finalizado cuarto de medicina. El dominio del francés, le alucinaba. Pero mucho más cuando le contó que en ingles se defendía mucho mejor. Desde luego estaba ante un fenómeno de la Naturaleza. Pepe estuvo ocurrente y enormemente gracioso pasando una noche maravillosa. Mientras sus amigos se turnaron para bailar con Brisite. Por fin llegó la hora de regresar y los cinco subieron al coche, prestado por el padre de Roberto, acompañándolas hasta el camping. Donde se despidieron para ir a dormir. Caminando hacia las tiendas, por las calles del camping, Pepe le preguntó si a la mañana siguiente se levantaba a correr. Ante la afirmación quedó con ella.

Esa última semana Pepe no se separó de Linda. Salían juntos a la playa, a pasear, a correr, al cine de verano, a la discoteca. Se había encariñado con ella y Linda parecía que le correspondía.

Una noche bailando en la discoteca. La melodía envolvía sus oídos invitándoles a sentir la energía de sus cuerpos. Permanecían abrazados siguiendo con una excitante lentitud el ritmo de la música. Al girar las cabezas sus apéndices nasales se tocaron, sonrieron y Linda girando levemente hacia la derecha su cara depositó sus labios en los de él. Con una dulzura sobrecogedora despegó sus labios y trató de buscar la boca de su pareja. La pasividad de Pepe le desconcertó se separó y preguntó.

- ¿No quieres besarme?

El asombro lo tenía completamente bloqueado. Contemplándolo, ella, extrañada, perpleja. Al momento comprendió a su amigo. Sonrió con tal ternura que lo dejó embobado. Ahora era consciente de su pasividad. Con seguridad era su primer beso. Y con certeza nunca besó a una chica. Se abrazó fuertemente a él. Su ingenuidad le estremeció hasta tal punto que procuró poner toda su ternura para evitar solventar a su maravilloso y sorprendente amigo. Con la delicadeza de una madre le susurró al oído.

- ¿Es la primera vez que besas a una chica?

Un agradable silencio, mezclado con las notas de esa inolvidable melodía, se apoderó de la pareja. De nuevo su excitante sonrisa, capaz de ahogarlo de placer, se dibujaba en sus labios. Con un cariño estremecedor y una dulzura incomparable comentó.

- Relájate.

Leve pausa.

- No pienses en nada.

El silencio entre los dos se prolongó algo más.

- Es muy sencillo. Cuando volvamos a unir nuestros labios, los separaremos, nuestras lenguas se encargaran de jugar mientras se miman. La química se encargará del resto.

Dicho esto, sus bocas se buscaron con desesperación. Las sensaciones recorrían sus adolescentes cuerpos y la química se encargó de embriagarlos de pasión y deseo. Aquel momento lo recordaría hasta el día de su muerte y esa melodía siempre estaría asociada a ese primer beso.

El día de la partida llegó y nuestros amigos se despidieron, se dieron mutuamente sus direcciones y quedaron en escribirse.

El mes de Septiembre fue duro para José. Añoraba mucho a Linda. Recibió en dos ocasiones carta y las leía escondido en el desván casi a diario. Trabajó duro en el campo y en la granja. Las cosas marchaban muy bien pero había mucho que hacer.

Durante el siguiente verano Linda y José se volvieron a ver. Él se sentía cada vez más identificado con la joven. Se había enamorado locamente. Ese último verano estuvo a punto de confesarle su amor pero no se atrevió y se pasó un año más con las cartas, que ahora eran semanales.

Cuando Pepe regresó de su segundo verano con Linda y estando trabajando en la granja les llegó la peor noticia de su vida. Sus padres fallecieron en un accidente de carretera. La familia se reunió en la alquería y nadie podía creer lo sucedido. Rita y Paco comenzaban tercero de ingeniero agrónomo. Ella comunicó a su novio que se quedaba en Valencia al cuidado de sus hermanos pequeños, de la alquería y de la cooperativa. A él le tocaría asistir a clases y proporcionarle los apuntes. Todos los fines de semana se los llevaría para poder estudiar en los ratos libres. Así lo hicieron y una vez más aquella maravillosa mujer tuvo que sacrificarse por su familia.

Después de enterrarlos se reunieron en la alquería. El pequeño Roberto contaba con solo cuatro años. Había que organizarse. Alex dirigía la empresa mayorista, Jaime la de exportación, Andrés la granja. Rita, al cuidado de sus hermanos, de la casa y de la cooperativa. Mientras que Don Andrés coordinaría todas las empresas. En aquella reunión se acordó dividir en diecisiete partes todos los ingresos de la familia dando una a cada miembro. A los pequeños se les ingresaba en una cuenta y los mayores de edad disponían de el libremente. Si alguien se casaba y trabajaba en las empresas de la familia el pastel se dividiría en una parte más y así sucesivamente. Una de las partes se la adjudicaron al cura. La tenía bien ganada y aunque en un principio se opuso toda la familia en bloque insistió.

Andrés, el futbolista, dejaba toda su ficha y primas en el fondo de la familia. Asegurando que aquello pertenecía a todos. Estaban muy unidos y ahora con la muerte de sus padres mucho más. Se reunían todos los fines de semana en la alquería y conversaban sobre los problemas surgidos. Rita comenzó a ejercer su papel con los más pequeños y los atendía como una verdadera madre. José, segundo, que le permitían las clases las dedicaba a sus hermanos y a la granja principalmente.

miércoles, 15 de febrero de 2012

EL PRIMER AMOR -CAPITULO XII-







- CAPÍTULO DÉCIMO SEGUNDO.

- EL VIAJE.

Cuando José regresó de la facultad Andrés le enseñó el primer cheque como jugador profesional. El club se lo extendió, al ganar al Barcelona, como prima.

- Es para ti, para libros, para lo que quieras. Siempre me juré que el primer dinero ganado con el fútbol seria para mi hermano.

José comenzó a llorar como un chiquillo. El acongojo le impedía decir nada. Su hermano se abrazó a él y entre pucheros le insistió

- Tómalo, te lo mereces.

Cuando consiguieron calmar la emoción, provocada por la situación, se sentaron en el porche de la alquería y José con el cheque en las manos comentó.

- Te importa si se lo damos a mama, para que haga un viaje con padre. A París, por ejemplo.

Andrés no salía de su asombro. Era cierto, su madre se merecía eso y mucho más, pero aquel hermano suyo nunca aprendería a disfrutar de algo, y así se lo hizo saber.

- No te enfades. Sabes que cuando más feliz me siento, es precisamente, viendo felices a los que me rodeáis. No te puedes ni imaginar al marcar el primer gol en Barcelona. Nada en el mundo me hizo tan feliz verte así de contento. Ahora comprobar la cara de felicidad que pondrá mama, me llenará mucho más que si me gastara ese dinero.

Abrazó a su hermano y juntos se acercaron a sus padres que charlaban con Don Andrés y don Fulgencio.

- Padres.

Comenzó diciendo Andrés

- Es nuestro deseo que el primer dinero ganado fuera de casa sea para vosotros. Para un viaje a París y dispongáis, por fin, de una semana de vacaciones después de tantos años de trabajo y de sacrificio por nosotros.

Marta rompió a llorar, el Coeter no sabía que decir. Don Fulgencio, reaccionó con prontitud antes de que aquel huertano saliera con alguna impertinencia.

- No te mereces ninguno de los hijos, que tienes, pedazo de animal. Ya puedes estar orgulloso de todos ellos.

Entre don Andrés y don Fulgencio organizaron el viaje del esforzado matrimonio. Elisa se llevó a Marta a la ciudad a un salón de belleza y luego entraron en unos grandes almacenes para surtir a la señora de la ropa adecuada a una dama de su categoría. Don Andrés hizo lo propio con el Coeter. Quien no salía de su asombro.

- Tus ideas me van a llevar a la ruina.

Don Andrés se partía de risa ante las salidas de aquel hombre. Era cierto que familia lo había pasado mal. Pero en la actualidad la situación económica era inmejorable.

José con su hermano Andrés, sé acercaron a una agencia de viajes para ultimar los detalles. El mayor, advirtió que contratase todo desde España, pues si su padre tenía que desembolsar dinero no saldrían a ningún lado. Contrataron la subida a la torre Eiffel, con su correspondiente cena, la visita al Louvre, otra cena en barco mientras recorrían el Sena de noche y la contratación de un guía que se encargara de llevarlos a Versalles y a los lugares más típicos de la ciudad del amor.

En el aeropuerto estaba toda la familia para despedirlos. Marta no se podía creer aquel milagro. Todos esos sacrificios. Cuantas mujeres pasaban por lo de ella y seguían pasándolo porque no salían del agujero. Se sentía orgullosa de sus hijos y se entristecía cuando pensaba en tantas y tantas mujeres que nunca podrían disfrutar como ella de esos momentos. Besó y abrazó uno a uno a sus hijos, cuando le llegó el turno a Rita y a José no pudo contener las lágrimas.

- ¡Que se te va el rimel!

Comentó su hija. El Coeter se sentía como pez fuera del agua. No era su ambiente pero cualquiera se volvía atrás con todo lo que su familia decía.

Aquel viaje fue increíble jamás podría olvidar aquel paraíso vivido en vida. A su regreso les trajo algún detalle a todos y se pasó semanas contando a las vecinas todo lo vivido. Tenían que convencer a sus maridos, ahora que las cosas marchaban bien en la huerta, para realizarlo ellas también. Los paisanos se estuvieron acordando de Coeter y del puñetero viaje a París hasta que claudicaron y llevaron a sus esposas.

La experiencia de los bocadillos, en días de partido, resultó. La primera vez que lo pusieron en práctica se quedaron cortos. Cada viernes ó sábado, dependiendo cuando se jugase el partido, habilitaban un mostrador y desde primeras horas, tanto Rita como Paco, al no tener clases, preparaban, pan con tomate y jamón serrano, bocadillos de tortilla de patatas, de embutido, de fiambres, etc. Luego se pusieron en el mostrador para vender el género preparado. La idea proporcionó al matrimonio unos ingresos extras de gran importancia, permitiéndoles algunos lujos.

Ese verano, los amigos, de facultad, invitaron a José a pasar, el mes de agosto, en la playa de Javea. Estaba invitado a las comidas, dormir era prácticamente imposible. Pertenecían a familias numerosas y los apartamentos eran pequeños. Rechazó aquella bonita proposición. Su sentido de la responsabilidad le impedía irse, después de un curso sin ayudar en la huerta. Su obligación moral era quedarse en el campo ahora que disponía de tiempo.

Un día los amigos de José fueron a comer una paella a la alquería invitados por él. Montaron las mesas en el porche y allí se reunieron cerca de treinta personas, pues estaba la familia de José y de Paco al completo junto con sus tres amigos. Todos los productos que se comieron fueron de la casa. Sus amigos disfrutaron y comieron como nunca. En la sobremesa uno de ellos se quejaba.

- No hay derecho que tengáis a José sin vacaciones. Le hemos invitado a ir a la playa pero vosotros, negreros de la huerta, no le dais descanso.

José salió rápidamente en defensa de su familia. Pero Rita con gran enfado comentó.

- Ya es hora que te toque a ti distraerte un poco. Paco y yo nos encargaremos de tu trabajo, descuida que lo haremos como a ti te gusta. Pero disfruta de una puñetera vez.

Marta salió en apoyo de su hija.

- Nos obligasteis a padre y a mí a ir a París. Pues decías que no habíamos tenido vacaciones. Ya es hora que tú también las tengas.

Quien diría, hace unos años, que las mujeres tuvieran la voz cantante en esa casa. Todos los hermanos y vecinos apoyaron la iniciativa de Rita, estaban dispuestos a repartirse el trabajo de José.

No tuvo escapatoria, él lo deseaba, no lo iba a negar pero le sabía mal por sus hermanos. Así pues forzado por la situación y porque también le apetecía se comprometió a ir el mes de Agosto a visitarlos y estar juntos ese mes.

Rita se sentía más feliz que si fuera ella la que iba de vacaciones. Rebosante de alegría se congratulaba al aceptar su hermano. “Ya era hora que le tocara distraerse”.

Andrés estaba de vacaciones futbolísticas. Fue una temporada fabulosa para él y su equipo. Logrando el subcampeonato de Liga y campeones de Copa. Aportado a casa una cantidad impresionante de dinero. Permitiéndoles mejorar las instalaciones y comprar maquinaria para el campo.

A sus hermanos pequeños les encantaba ir con él por la calle, pues todo el mundo lo paraba para conseguir un autógrafo. Sintiéndose protagonistas.

Ese mes de Julio José trabajo de sol a sol. Ayudando a montar los nuevos invernaderos y a trabajar las tierras con la mula mecánica, o el tractor. Con los ingresos extras, Andrés montó una granja para la crianza de los animales y contrataron personal de la huerta para su cuidado y explotación. Él se encargaría de dirigir aquel nuevo negocio, de esa manera los animales desaparecían de la casa y las moscas no los agobiarían tanto. Reformaron la alquería y aquello parecía un palacio.

A José le encantaban los animales y aseguró a su hermano que los días ausente por algún viaje o concentración se encargaría del funcionamiento de la granja.

Su hermano Alex y su amiga Ana se enamoraron y ella solía recordar, cuando iba a la alquería a visitar a su novio, aquellos momentos maravillosos pasados, no hacía mucho tiempo, junto a José.

martes, 7 de febrero de 2012

EL PRIMER AMOR -CAPITULO XI-EL GENERALISIMO

- CAPITULO XI -

- EL GENERALISIMO -

Al finalizar la selectividad, los vecinos del Coeter, padres de Paco, mandaron a su hijo a Barcelona con unos familiares. Rita obtuvo el consentimiento de su padre y le acompañó en la aventura de iniciar ingeniería agrónoma. Se presentaron algunas dificultades para matricular a Rita. “No era carrera para una señorita”. Pero gracias a Don Andrés y a un movimiento feminista que le apoyó consiguió ser matriculada.

Sus escasos momentos libres lo dedicaba la pareja en ayudar. Él a su tío en el negocio, unos ultramarinos, y ella a la señora de la casa con las faenas típicas del hogar. El matrimonio no tenía hijos y aquella pareja fue una bendición. Tanto en sus sentimientos paternales como en la ayuda recibida. Eran dos trabajadores natos. Para Rita todo aquello era un sueño. Si bien, añoraba con frecuencia la alquería, su familia, pero especialmente a su hermano José.

Iniciado el curso la familia Carbonell fue requerida por la presidencia del gobierno, para acudir a palacio del Pardo. Su Excelencia el Generalísimo les otorgaba uno de los premio de natalidad.

Esa mañana soleada de octubre un pequeño autobús se presentaba en la alquería. Descendiendo del mismo una bella azafata. Las presentaciones de rigor e invitó a la familia a subir. Allí se encontraba la huerta en pleno. Don Andrés, don Fulgencio y como no Elisa. Todos engalanados con sus mejores trajes se subieron y los llevaron hasta el aeropuerto de Manises. Una empresa comercial corría con todos los gastos. Los pequeños daban saltos de alegría. Iban a subir en avión. Marta y el Coeter se hacían constantes señales de la cruz, pidiendo a los cielos que esa caja de lata no se estrellara.

El avión tomó tierra en Barajas. Allí un nuevo autobús los esperaba al pie del avión. La familia expectante y maravillada al circular por las avenidas y observar aquellos edificios colgados del firmamento. Con la excepción de Rita y José la mayoría no se movieron del entorno de la huerta.

Conforme se aproximaban al palacio del Pardo la presencia de la policía en la carretera se hacía cada vez más patente. Las medidas de seguridad eran extraordinarias. Revisaron a los componentes de la familia de arriba abajo y por fin los entraron en un salón. Los nervios se los comían. Un personaje que por las trazas parecía un marques les indicó como debían saludar a su Excelencia y a su digna esposa. Tras dos largas horas les hicieron ponerse en pie. Aquella puerta de casi tres metros se abrió para aparecer ante ellos un hombre de no más del uno sesenta engalanado con su uniforme de Capitán General. La familia se puso junto el Generalísimo y las fotos de rigor con la prensa. El premio que le otorgaba su Excelencia al jefe de familia. Cuando el acto parecía concluido, el general se dirigió al Coeter y le preguntó.

- ¿Quién es ese fenómeno que hay en la familia?

José, a petición de su padre, adelantó un paso, a modo militar, y se cuadro ante el dictador.

- Su Excelencia, el alférez José Carbonell a su servicio.

Aquel hombre que hacía temblar a media España se acercó al muchacho.

- Descanse soldado. Sé que ha sido el número uno de su promoción y le queda poco para ser médico.

- Su Excelencia lo ha dicho.

La conversación prosiguió entre ambos soldados y ésta iba tomando cada vez mayor interés para su Excelencia, le invitó a seguirle y ambos se perdieron tras unas enormes puertas. Todos los presentes. Periodistas, políticos y militares se quedaron mirando como extrañados. Pronto se escucharon sonrisas, risas y por último carcajadas detrás de aquella puerta. Su Excelencia estaba entusiasmado con aquel adolescente, sabía más de temas castrenses que sus generales.

La incertidumbre de los presentes se prolongó por espacio de más de una hora. Nadie de sus asistentes se atrevió a interrumpir al Generalísimo y cuando la puerta se abrió. Los dos aparecieron riéndose y comentando la última conversación mantenida. Se cuadró a modo militar incorporándose al grupo familiar. El Generalísimo se acercó al padre de José y con la sonrisa en los labios le confesó.

- Cuide a esa criatura. Tiene en ella un verdadero filón.

De regreso a casa, cada miembro de la familia se fue a sus ocupaciones. Alex, siguiendo las pautas marcadas por Don Andrés había montado una empresa de mayoristas del campo. Compraba los productos a los huertanos y luego los distribuía por las diferentes capitales españolas. Jaime fundó una de exportación y asesorado por Don Andrés comenzó a funcionar. Principalmente era fruta lo que exportaba. El auge, de todas aquellas empresas montadas en torno a la cooperativa, iba creciendo por momentos.

Una tarde cuando José regresó de la facultad su hermano Andrés le comunicó la gran noticia. Estaba convocado con el primer equipo, para jugar contra el Barcelona, en la ciudad condal. Contaba con catorce años, pero su cuerpo atlético, su desarrollo y su condición física aparentaba cuatro años más. Si debutaba entablaría negociaciones para hacerle un contrato profesional. José le prometió que iría a verlo jugar.

Así pues ese viernes cogió el tren y se presentó en casa de los tíos de Paco, de inmediato le hicieron hueco y se quedó a dormir. Los tres jóvenes se acercaron al hotel de concentración del Valencia y en la recepción preguntaron por Andrés. No llegaron a consumirse más de dos minutos cuando salía del ascensor para atender a sus hermanos. No podía estar mucho tiempo, pues iba a un salón donde el cuerpo técnico los había citado para la charla técnica. Les proporcionó cinco entradas. Las recogieron, abrazaron a su hermano, le desearon suerte y regresaron a casa. Al tío de Paco también le gustaba el fútbol, aunque era aficionado del Barcelona y cuando le ofrecieron una entrada parecía haber sido agraciado con el gordo.

Esa tarde noche se arreglaron, como si fueran de boda. Llenos de felicidad y nerviosismo entraron en el campo. El ambiente era sensacional. El Barcelona encabezaba la clasificación y el Valencia era segundo junto al Madrid a dos puntos del líder.

Cuando anunciaron la alineación, Andrés salía de titular. Se iba a dar el debut más joven en la liga española. Pronto la gente comprendió porque aquel chaval de tan corta edad debutaba precisamente ante aquel equipo. En la primera jugada lanzó un pelotazo que casi rompe la escuadra derecha del Barcelona. El equipo local dominaba pero el peligro lo creaba aquel joven jugador. El portero del Valencia estaba batido y el delantero tiró a puerta vacía, se cantaba el gol cuando lanzándose en plancha Andrés consiguió despejar la pelota, se incorporó de inmediato y ante la pasividad del resto de los jugadores esperando que el balón entrara le dio tiempo a evitar el saque de banda. Regateo, a uno, a dos, se apoyó en un compañero. Realizando la pared salvó la entrada de dos jugadores seguidos, se escoró en exceso hacia la línea de fondo y cuando creían que no llegaría al balón se lanzó metiendo la pierna contraria. Tomó tal efecto que se coló por la escuadra contraria ante la impotente estirada del guardameta. A pesar de estar en campo contrario los pañuelos comenzaron a salir en las gradas. Todos comentaban el gran gol de aquel muchacho. Paco, Rita y José se abrazaban por la felicidad que les embargaba al saber que había sido su hermano. El partido prosiguió. Las emisoras de radio relacionaron al jugador con la familia agasajada y premiada por su Excelencia en el palacio del Pardo, para hacerles entrega del premio de natalidad. Los comentaristas sensacionalistas, comenzaron a sacar la vida y milagros de la familia. Pronto comentaban las cualidades de su hermano José. Y sin saber el porqué, en el descanso, un grupo de periodistas rodeaba a los hermanos.

El partido finalizó, uno a dos, y los dos goles conseguidos por el joven debutante. Los intermediarios comenzaban a moverse avasallando a Andrés, quien lo único que pretendía era llegar hasta sus hermanos para abrazarse. Aquello se lo debía en gran medida a José, cuantas veces había realizado trabajos que le correspondían a él para poderse ir a entrenar. Cuantas veces le había protegido inculpándose para que su hermano pudiera ir a jugar un partido y no lo castigaran. Andrés se acordaba ahora de todo aquello y a todos los periodistas les decía lo mismo se lo dedico a mi hermano José especialmente. Cuando llegó hasta él se fundió en un abrazo y comenzó a llorar como un chiquillo, no sabía como agradecer, en esos momentos, todo los desvelos de su hermano.

En la rueda de prensa se volcó en elogios. A él le debía aquel triunfo. Sus ojos se le nublaban cuando pronunciaba su nombre. Ante la perspectiva los reporteros más despabilados consiguieron contactar con José y quisieron sacar sus impresiones tras las declaraciones de su hermano menor.

- La noticia está en él. Yo lo único que os puedo decir. Es que si uno no trabaja y lucha por lo que desea, ya puede tener la ayuda del Señor que no llegará a nada. El mérito es de él, que después de unas jornadas agotadoras en el campo tenía agallas de irse a entrenar. Cuando terminaba era el único que se quedaba media hora, tres cuartos, una hora o más lanzando faltas. Tirando desde todas las posiciones. Os aseguro que no se como puede aguantar ese tren de vida.

Los periódicos deportivos destacaban las declaraciones de José en primera página y en las secciones correspondientes el resto de la prensa.

Esa misma noche los directivos del club se reunieron con Andrés para hablar sobre su contrato. Él comentó estar contento, pero era menor de edad y lo debía decidir su padre. Así pues quedaron el lunes en las oficinas del club al medio día para tratar el tema. Pidió permiso para acercarse a casa de su tío, al concedérselo se fue como una bala en taxis para contárselo a sus hermanos. Luego el tío de Paco en el coche lo acercó al hotel para cenar. Tras la misma emprendían el regreso a casa en autobús.

José se quedó con Rita y Paco, junto con sus tíos, a cenar. El establecimiento estaba próximo al campo del Barça. En la sobremesa Rita propuso preparar todo tipo de bocadillos y disponer de la mayor variedad de bebidas los días de celebración de partidos. Pensó, no sin razón, en la explotación comercial. El matrimonio reflexiono sobre la idea de la joven, que con el apoyo de su hermano y de su amor, los convencieron y decidieron ponerla en práctica.

Ese lunes Don Andrés, el Coeter y Andrés, tras recogerlos un coche oficial del club se presentaron en el despacho del presidente. El acuerdo fue sencillo, el contrato se lo harían por cinco temporadas. Las cantidades les parecieron desorbitadas, pero Don Andrés consiguió sacar una serie de cláusulas que aumentaban considerablemente esas astronómicas cantidades a razón de partidos jugados, a ser internacional, a ganar algún titulo, etc.

Cuando llegaron a la alquería el Coeter soltó un taco.

- ¡La ostia! Uno se parte el culo en el campo para sacar dos pesetas y el maricón éste en cinco años va a ganar más que mi padre y yo durante toda nuestra vida.

El Coeter se había moderado en cuanto a las blasfemias, pues siempre se encontraba con la reprimenda de don Andrés.

martes, 31 de enero de 2012

EL PRIMER AMOR - CAPITULO X - LA GRAN RIADA

- CAPITULO X -

- LA GRAN RIADA -

La familia aumentó en cuatro miembros, Fernando, Federico, Alberto y Ernesto. Total catorce hermanos. Pepe superó con mención especial el cuarto y su correspondiente revalida. En su expediente, el quinto de bachiller, figuraba con todo matriculas y con el mismo resultado finalizo el sexto. Obteniendo en el control extra de la revalida mención especial. Contaba con once años cuando inició el curso de selectividad.

Llevaba dos días en el internado cuando ante la negativa de irse al seminario, no tenía la mínima vocación sacerdotal, le comunicaron la perdida de su beca. Si deseaba seguir debía abonar la correspondiente matricula y las consiguientes mensualidades. Aquello fue como un jarro de agua fría. Sabía que no podía pagar. Fue a ver al padre Andrés y comenzó a llorar. No recordaba cuando fue la última vez que derramó unas lágrimas pero aquello le dolió en lo más profundo de sus entrañas. Andrés le propuso aceptar ir al seminario y al finalizar su carrera les diera una patada en el culo y se fuera. Pero Pepe tenía principios. Jamás engañaría a nadie, aunque le costara quedarse sin ser médico. Las palabras del niño emocionaron al anciano. No podía explicarse tanta madurez en un chico de su edad. Pero esos años habían sido bastante duros para él.

- También tienes razón un día de estos los dejó plantados. ¿Tú me harías un hueco en la alquería?

Las lágrimas desaparecieron de los ojos del niño, aquello sería maravilloso, ayudaría a su hermana a ser ingeniero y a él le echaría una mano para afrontar la selectividad por libre. Recogió sus efectos personales y cogió el tranvía para regresar a casa. La noticia la desconocían en la alquería, pues solo la dirección y el padre Andrés estaban al corriente. Por ello cuando lo vieron llegar, se quedaron asombrados. Su madre y Rita acudieron asustadas. Cuando les explicó el motivo, escuchó por segunda vez en su vida soltar un taco a su madre. La rabia le inundaba. Serían capaces de impedir a su pequeño conseguir el sueño de ser médico. Al oír a su esposa, el Coeter, comenzó a lanzar sus típicos alegatos.

- Mujer mal hablada quien te ha enseñado a comportarte como una cualquiera.

Aclarada la situación, comenzó a cagarse en los curas, en la Iglesia y no cuento más por respeto a la gente. Su padre estaba ilusionado con tener un hijo médico. Las cosas por la huerta funcionaban bastante bien, especialmente el campo del solar, era increíble su productividad. Tenía cosecha todos los meses del año y había proporcionado a la economía de la casa unos ingresos extras de gran valor.

Corrían malos tiempos y las dificultades para los huertanos eran grandes. Pero esa primera quincena de Octubre iba a dar más disgustos a las familias de la huerta. La riada inundó Valencia, los campos empantanados y la cosecha perdida por completo. En especial los naranjos. Con toda probabilidad, más de las tres cuartas partes de los campos deberían arrancarse. La escasez, de alimentos y de agua, pronto se hizo patente en toda la ciudad. Familias enteras perdieron cuanto tenían. La miseria, las epidemias, se apoderaban de la gran ciudad y no menos ocurría en la huerta. Solo el campo del solar, ubicado a una altura superior al resto, se salvó. Los invernaderos construidos por los tres hijos mayores del Coeter habían resistido y la cosecha estaba en plena producción. Aquel campo objeto de burla por todos los huertanos, suponía ahora la salvación de las familias. El Coeter repartía los alimentos entre todas las familias de la huerta. Unas quince. Gracias a ello lograron resistir los primeros meses tras la riada.

El trabajo iba a ser duro. En primer lugar se valoraron los daños, no se salvaba ni un solo campo. Todos se unieron y arrimaron el hombro para sacar adelante aquellos terrenos que tantos sudores les habían costado mantener y producir para vivir. Los heredaron de sus padres y ahora parecía irse todo al traste.

A la semana del desastre natural, se presentaba en la alquería Don Andrés, cargado de libros y dispuesto a colaborar con aquella familia. Había dejado el sacerdocio, pues tras los incidentes con José no se sentía con ánimos de seguir con aquel grupo humano. Su fe permanecía intacta, sabía que era un problema humano, pero se negaba a convivir con ellos. En un principio el Coeter no estaba muy de acuerdo en acogerlo, pero José insistió, alegando que el campo del solar había salido a flote gracias al cura. Lo instalaron en el granero, y pronto se dieron cuenta que aquel hombre no iba a ser una carga sino todo lo contrario. Ideo un sistema para recuperar el agua de los pozos y a las dos semanas la zona de la huerta era la única que disponía de agua para beber sin problemas y para el uso que se le quisiera dar. Arrimó el hombro como el que más en la recomposición de los campos y de los canales para el regadío. Con las ayudas recibidas de la administración convirtió toda aquella extensa huerta en el mayor invernadero del mundo y pionero en España. Los resultados no tardaron en verse y las familias comenzaron a trabajar cada uno sus tierras. Todos estaban en deuda con el Coeter y con aquel ex cura que había sido una bendición para la huerta. Rita fue una de las que más se alegró por la presencia de Don Andrés. Estudiaba con él y se interesaba por todos los temas relacionados con el campo. El Coeter había cedido. Rita podía estudiar, siempre y cuando llevara todo su trabajo con orden y prontitud.

Los dos primeros meses los huertanos lo pasaron muy mal. Estuvieron en un trís de vender sus terrenos a especuladores por cuatro reales, pero el tesón de Don Andrés y José asegurándoles salir de aquel bache en poco tiempo impidió el robo de aquellos buitres.

Al año de la riada Marta trajo al mundo a Antonio el decimoquinto hijo, y comenzaban a permitirse algunos lujos en la huerta. La electricidad entró en la mayoría de los hogares, así como el agua corriente. Los primeros cuartos de baño se iban construyendo y las casas se acondicionaban con los avances de los tiempos. En la alquería se instalaron cuatro aseos, dos en la casa, uno en el corral y el último en el granero, junto con una habitación. La de Don Andrés. Los primeros electrodomésticos tomaban su espacio en la alquería. Primero el frigorífico, luego la cocina a gas, la lavadora y por último la televisión.

Fue un año muy duro. José no pudo estudiar con la asiduidad de siempre aun así salvo la selectividad, con mención especial y se disponía a comenzar la facultad.

Iba todos los días a clase, con la pequeña moto, regalo de Don Andrés. Era la atracción de la universidad, pues aunque tenía una buena altura y un atlético cuerpo, la cara era la de un niño, no en balde contaba con tan solo doce años. Le llamaban el niño Pepe. Había hecho amistad con Juan, hijo de médico, y solía estudiar en su casa.

José siempre que el tiempo se lo permitía iba a la alquería a echar una mano. Padre se convenció de la importancia del estudio y cuando tenían la edad de ir a la escuela los enviaba con Elisa. Tan solo siguieron en el campo trabajando los dos mayores y Andrés.

Las quince familias de la huerta se unieron en cooperativa, por consejo de Don Andrés que junto al Coeter la dirigían. Pudieron adquirir la primera maquinaria para el campo. José se quejaba de la gran dependencia de los mayoristas y planteo a los directores de la cooperativa la necesidad de crear una empresa para la distribución y evitar intermediarios. Nuevamente Don Andrés se preocupó del tema y trabajó sobre aquella idea.

El tiempo transcurría y la familia se completó con el último hijo, Roberto. Así se lo aseguró don Fulgencio al Coeter y a Marta. Había tenido que operarle por las complicaciones surgidas y no podría tener más hijos. Aquella buena mujer al oír al doctor se puso a llorar como si no le bastaran los dieciséis traídos al mundo. José estaba terminando el segundo curso de medicina ante la admiración de compañeros y catedráticos. En Todas las asignaturas obtuvo matricula de honor con mención especial. Se presentó a las milicias universitarias y las aprobó, pasado al primer campamento. Ese verano le tocaba realizar el último antes de acceder a oficial o suboficial. La verdad, todos le auguraban el numero uno de su promoción. Dominaba los temas castrenses como un auténtico profesional de las armas. Pero las milicias no le atraían.

Cuando el periodo militar finalizó José logró el deseado puesto de la promoción. Sus jefes y oficiales estaban orgullosos de aquel muchacho de catorce años.

Su hermano Andrés destacaba entre todos los jugadores de su categoría y pronto el Valencia C. F. se hizo con sus servicios.

miércoles, 25 de enero de 2012

EL PRIMER AMOR CAPITULO IX - SU ÚNICO ENEMIGO

CAPITULO IX -

- SU ÚNICO ENEMIGO -

La proximidad de las Navidades estaba ahí. Los primeros resultados del primer trimestre, marcando el esfuerzo de los alumnos, estaban al caer. Pepe iba a ir a casa por espacio de dos semanas. Aquel internado y especialmente en el padre Andres descubrió un nuevo hogar. a pesar de ello deseaba poder compartir algunos días con la familia. Con el padre Andrés trabajaba sin descanso. Eran uña y carne. Consiguieron grandes éxitos pero también algunos fracasos. La productividad de las cosechas aumentaba de forma espectacular. Su experimento principal iba por buen camino. Pero les quedaba más de un años para desvelar su resultado final. Si bien, en esos tres primeros meses, se despuntaba la posibilidad de éxito.

El último día llegó. Esa mañana les daban las notas y partían a sus casas para comer con los suyos y no regresar hasta el día ocho de Enero. Las calificaciones, de Pepe, seguían su tónica habitual, mención especial en todas las asignaturas. Su nivel de conocimientos y madurez estaba muy por encima de ese cuarto de bachiller.

Al salir del internado nadie le aguardaba. No disponía de un céntimo para el tranvía y no veía a nadie conocido para pedírselo. Entró en el internado, el padre Andrés había salido y no regresaría hasta la noche. Cuando se disponía a marcharse se topó con el padre Federico.

- ¡Hombre si tenemos aquí al sabio de la huerta! ¿Que te ocurre bonito?

Alargó la mano para ponerla en el hombro y ni corto ni perezoso Pepe en voz alta y segura contestó.

- ¡Quíteme la mano de encima MARICÓN!

Le escuchó perfectamente, pero se hizo el sordo y comenzó a tocarle la cara. El miedo comenzaba a apoderarse del niño, pero recordó a Elisa y su actitud cuando su padre, borracho, se quiso pasar con ella. De nuevo superando el pánico, con firmeza y seguridad en sí mismo le retiró la mano con brusquedad y en tono elevado comentó

- ¡O me quita la mano, pedazo de maricón, o le pego una patada entre las piernas que se verá obligado a reproducirse por esporas!

Le soltó una de las clásicas de su padre. La actitud de Federico fue colérica. Iba a emprenderla con aquel mocoso cuando la puerta se abrió y apareció el director.

- ¿Ocurre algo Federico?

Se sonrojó. Sin contestar dio media vuelta y se fue lleno de rabia hacia la biblioteca. Don José tenía sospechas y la actitud de Federico iba confirmándoselas pero no tenía la seguridad. Se acercó a niño y le preguntó. No quiso contar nada y expuso su preocupación.

- No han venido a buscarme y no tengo dinero para el tranvía.

Don José sacó dos monedas del bolsillo de la sotana y se las entregó al muchacho.

- Me gustaría que reflexionaras y me hablaras de lo sucedido.

Pepe se comprometió, al regreso de Navidades, en cuanto pudiera, a entrar en su despacho y hablar del tema. Se dieron la mano felicitándose las fiestas y Pepe salió a la calle para reunirse con la familia.

Su señorita no pudo ir. Tenía clase a esas horas y le era materialmente imposible recogerlo. En su casa aunque sabían de su salida, confiaban en la señorita Elisa como de costumbre.

Ya veía la alquería, pero en esta ocasión nadie le vio llegar. Entró en casa, no encontró a nadie, subió al desván y buscó su escondite para guardar sus libros y los de Rita. Se quitó la ropa del colegio, se dio una ducha y se puso a la faena. En primer lugar se acercó al invernadero, allí estaba su hermana Rita cuidando con verdadero cariño y esmero aquel ingenio de su hermano. Al verlo dejó cuanto tenía entre manos y se lanzó a sus brazos. Como sus manos estaban llenas de barro untó a José toda la cara y la espalda. Estaba tan rebosante de alegría que olvidó el estado de sus manos. Comenzaron a reírse y mientras le ayudaba a limpiarse un poco le enseñaba la cosecha. Cogió uno de los tomates y se lo dio a probar.

- ¡Menudos tomates! El típico sabor de huerta. Jugoso y con un paladar incomparable.

- Padre esta que no cabe en sí. Se los están pagando a un precio nunca soñado. Quiere cubrir todos los campos con ese tubo como dice él. Con Alex y Jaime esta orgulloso, sigue creyendo que fue idea de ellos y se vanagloria delante de los vecinos diciendo “sin escuela ni nada ahí los tienen unos auténticos genios.” Me duele que tu idea no sea reconocida.

José sonrió, para añadir.

- Si hay algún éxito se debe a ti y estas Navidades habrá que poner los puntos sobre las íes a padre.

Cuando le dijo los resultados no se sorprendió era lo normal en su hermano, se sentaron en unas sillas pequeñas, y comenzaron a contarse sus cosas.

- Tengo novio, sabes.

Comentó Rita en una de las pequeñas pausas.

- ¡Mi querida hermana ya esta pensando en eso!

Cuando se enteró que era Paco, se alegró, era un poco bruto pero un gran chico y estaba estudiando que era lo importante.

Marta entró por la puerta del invernadero y al ver a su hijo se lanzó a sus brazos como si hubiera estado años sin verlo. El bombo del decimoprimero comenzaba a sobresalir de aquel cuerpo que no recuperaba su normalidad desde hacía más de quince años. Juan había nacido en Octubre y el bombo ya se notaba.

- ¡Mama! Ya tenemos un equipo de fútbol.

Las lágrimas cubrían las mejillas de aquella robusta y cariñosa madre. Su pequeño, como lo solía llamar, lo iba a tener dos semanas en casa. De inmediato preguntó si habían atendido a los animales.

- Descansa hijo, ya lo harán tus hermanos.

No accedió, asegurando llevar tres meses vagueando, y ya era hora de ponerse a trabajar. Partieron hacía la casa. Las mujeres debían preparar la comida y poner la mesa. Él adecentar la cuadra y darles de comer a las bestias.

- A propósito sabéis como me llaman en la escuela.

Dejó unos segundos para dar tiempo a la respuesta pero ante el silencio. Añadió.

- Me llaman Pepe.

- Me gusta.

Contestó Rita

- Yo también te llamaré así.

En el rostro de su hermano se dibujó una sonrisa mientras continuaba con su faena. La cuadra no estaba tan cuidada como cuando él se encargaba de los animales. Estaban sin cepillar al menos desde hacía una semana. Cuando el muchacho se puso a limpiarlas. A los animales se les veían tranquilos y alegres. Conscientes de la llegada de José. Ahora la seguridad de su limpieza y cuidado estaba asegurada. Sacó la porquería a la montaña de estiércol, dio de beber y comer a las bestias y los cepilló uno por uno. Desde que el muchacho abandonó la alquería no se les vio tan mansos. Con la manguera limpió bien toda la cuadra y con el escobón fue quitando toda el agua acumulada en los agujeros del suelo. Puso una primera capa de paja. Barrió para absorber toda la humedad y luego les preparó la cama. Limpios, comidos y bebidos mugían o relinchaban como agradeciéndoselo. Se metió en la ducha y se puso otras ropas. Cuando entraron sus hermanos se abrazaron al él. No era costumbre hacerlo entre los hombres pero desde lo del invernadero lo adoraban. No paraban de comentarles el éxito obtenido. Quisieron acompañarle para mostrarle aquel milagro. Pero Rita se les había adelantado. Cuando entró padre el clásico apretón de manos y un pequeño comentario que de boca de su padre era un halagó. Pero ante la percepción de un extraño más bien aseguraría, que el muchacho recibía una reprimenda. Aquella comida fue la más animada en el comedor de la alquería. José era el centro de atención y todos le preguntaban cosas y le relataban los progresos en los pequeños. Andrés jugaba al fútbol con los vecinos de la huerta y según la gente poseía maneras de futbolista. Por supuesto su padre comentó no conocer peor forma para emplear el tiempo.

- Las energías hay que guardarlas para el campo.

Decía siempre que salía el tema.

- ¿Habéis visto las cuadras?

Marta deseaba mostrar como su niño no perdió el tiempo desde que puso un pie de nuevo en la alquería. Alex se levantó y al verlos comentó.

- No hay nadie en el mundo que los cuide mejor.

Su madre le pidió la fruta. El puñetazo del padre sobre la mesa cortó aquella alegre comida.

- ¡Ostia! Cómo lo tengo que decir. Mis hijos no hacen mariconadas.

Soltó unas cuantas blasfemias y Rita de inmediato se levantó y cogió la fruta que traía su hermano. El silencio se apoderó de aquella mesa y nadie se atrevió a levantar la vista del plato hasta que padre abandonó la mesa, mientras refunfuñando comentó.

- Descansad un par de horas y nos vamos a regar.

Los pequeños se quedaron en el corral jugueteando. Andrés fue a buscar a sus amigos para darle al balón, mientras los dos mayores se tumbaron bajo la higuera para descansar. Padre se había ido a casa del vecino a tomar café y charlar un rato mientras reposaba un poco la comida. Marta se puso a recoger la mesa y fregar. José y Rita se pusieron a ayudar a su madre para tener tiempo de charlar.

- ¡Dejadlo! Ir al desván y charlar de vuestras cosas.

Subieron como relámpagos. Rita le enseñó los apuntes recogidos de los diferentes libros leídos hasta la fecha. Muchas de las ideas escritas las desconocía y felicitó a su hermana. Sin lugar a dudas su futuro estaba en la agricultura, como técnico superior. Lo iba a tener difícil, pues amen de la oposición de su padre se encontraría con la de los catedráticos de la escuela de agrónomos de Madrid o de Barcelona, pues así se lo había comunicado el padre Andrés, pero también le aseguró ayudarle a muerte dentro de sus posibilidades. Las mejores ideas las estaba sacando de las traducciones de revistas realizadas por su hermano. Estaba ensayando un riego por goteo, técnica practicada por los nómadas del desierto y que según aquel artículo daba grandes resultados y se empleaba poca agua. Aunque a decir verdad, problema de agua no había en la huerta. Pero tal vez el campo del solar como lo llamaban, que no disponía de canalizaciones, teniéndolo abandonado, se podía emplear esa técnica.

- ¿Cómo consigas que rinda esa tierra? Estoy seguro que papá no se opondrá a nada.

Todos esos días, su tiempo libre iba al solar para comenzar a trabajar la tierra e investigar la posibilidad de explotarlo. Sus hermanos mayores les ayudaron aunque estaban convencidos que aquello sería imposible. Padre como era trabajar la tierra no puso muchos impedimentos. El principal problema era el material, pero se recorrieron todos los basureros, chatarrerías de la ciudad y conseguir las piezas necesarias para montar aquel invernadero. Ahora el terreno a cubrir era cerca de los diez mil metros cuadrados y la cantidad de material era muy considerable. Durante esas Navidades consiguieron construir una nave, del las al menos diez o once más que cabían en aquella parcela. Con la paciencia de las hormigas fueron poco a poco completándolo. Rita ya comenzó a preparar aquella primera nave. Tuvieron que parar algunos días, especialmente con la recogida de la naranja, pero no cesaron en su empeño. Padre les decía que estaban locos. Allí sin agua no iban a poder cultivar ni un pedo.

José habló con Don Fulgencio y la señorita Elisa para preparar a padre con respecto a su hermana Rita. Sabían que era misión casi imposible pero le aseguraron que abonarían el terreno.

El regreso al internado se hizo necesario. En esta ocasión le costó algo más marcharse de casa, estaba compenetrándose con sus hermanos mayores y eso le hacía sentirse bien, pero los estudios eran lo primero y no iba a perder comba. Cuando entró se topó con don Federico, lo saludo con cortesía y notó una expresión de odio hacia su persona. Prosiguió su camino y se metió en su habitación. Cuando entró se encontró con Julián llorando y tembloroso. Se asustó, pensó que se encontraba mal y cuando se disponía a salir para avisar al padre Andrés Julián lo detuvo y le contó su secreto. El padre Federico le había visitado otros años y ahora a su llegada le había dicho que acudiese a su cuarto esa noche. La vergüenza y el temor le tenían aterrorizado. Recordaba las situaciones vividas con anterioridad y las arcadas acudían a su cuerpo entre sollozo y sollozo. Escuchó por primera vez blasfemar a su compañero de cuarto, un chaval de una educación y cortesía radiante. Soltó una de las clásicas de su padre. No pudo evitar que la rabia y la impotencia inundaran su joven cuerpo. Pero se repuso. Tranquilizó a su amigo y le rogó no abandonar la habitación. Si se presentaba él lo defendería. Aquella noche ninguno de los dos pudo dormir tranquilo. Había llave pero el padre Federico disponía de ella. Aunque tenían prohibido cerrar las habitaciones, esa noche la cerraron. Cuando el reloj marcaba las cinco y media Pepe se levantó, se duchó y fue a la huerta a encontrarse con el padre Andrés. Allí le estaba esperando con los brazos abiertos. Le comentó el descubrimiento de su hermana y de inmediato pensaron ponerlo en práctica allí. Le contó el problema con el padre Federico. La congregación sospechaba algo pero nadie se había atrevido a denunciarlo, reflexionó un poco y quiso tranquilizar al pequeño.

- De todas formas no es peligroso, pero si ocurre algo no dudes en avisarme.

Pepe se sentía más seguro, ahora estaba su amigo Andrés para defenderlos.

Los días transcurrían sin mayores problemas, la Semana Santa, se aproximaba y las segundas calificaciones estaban ahí. Pepe seguía en la misma tónica, solo tenía un enemigo en aquel gigantesco colegio internado. El padre Federico.

Los internos disfrutarían solo de una semana de vacaciones, pues la otra, iban de ejercicios espirituales. A la casa, de la orden en Garbí, para reflexionar y meditar sobre sus vocaciones religiosa.

Unos viejos autocares recogieron a los internos y los transportaron hasta el lugar. Se detuvieron ante varios bloques de edificios que se alzaban ante los asombrados ojos de aquellos adolescentes. A medida que descendían de los autocares formaban con sus equipajes, para ser distribuidos por cursos en diferentes pabellones. Eran unas instalaciones espectaculares y sin duda el lugar ideal para conseguir vocaciones.

Cuando, nuestros amigos, se enteraron quien sería su director espiritual el temor se adueñó de ellos. El padre Federico era el encargado de cuarto A.

- No te separes de mí.

Le decía a Julián.

- Ese cerdo ni me va a tocar a mi, ni mucho menos a ti.

Inicialmente, la suerte se alió con ellos. Las habitaciones eran generales. Un espacio inmenso, repleto de literas, daba cabida a todo el curso. Dos auxiliares ayudarían al padre Federico a controlar al grupo. Alumnos de selectividad de toda confianza del padre. Se decía que se entendían bien. Y eso quería decir mucho. Una vez instalados los equipajes y designadas las camas bajaron a comer. Llenos sus estómagos los reunieron en una habitación con el número justo de sillas formando una, U, en torno a tres sillas que presidían la sesión, donde se sentaron el padre Federico y sus ayudantes. Acoplados en sus asientos les fueron informando. Era la semana de la muerte de Cristo y nadie podía hablar durante esos días, salvo que alguno de ellos les dirigiera la palabra. Las normas se sucedieron una tras otra. La comunicación que puso en guardia a nuestros amigos fue que a partir de esa tarde y después de comer irían pasando uno a uno por el cuarto de don Federico, para confesarse y reflexionar sobre la vocación religiosa que sin lugar a dudas tenían. Sería por riguroso orden alfabético. Empleando dos horas para dicho menester. Si bien, esa tarde sólo lo harían por espacio de una. A razón de quince minutos por alumno, pero ya advirtieron que no era rígido. Si la ocasión lo requería un alumno podría estar más tiempo con el sacerdote. Hasta la tarde siguiente no le tocaba a Pepe y luego el turno sería para Julián. Esa noche no pudieron dormir ni un solo minuto.

Llegó el momento que le correspondía a Pepe. Se presentó seguro de sí mismo. Tenía muy claro que no le iba a dar ni siquiera la mano. Nada más entrar por la puerta uno de sus auxiliares, agazapado detrás, cerró con pestillo. La acción asustó al niño. Lo habían pillado, pero si intentaban algo tendrían que pelear.

- Bien aquí tenemos al listillo del colegio. Acércate.

Pepe permaneció quieto en su sitio y con voz firme comentó.

- Si, vengo a confesarme, éste sobra.

La gallardía de aquel niño puso nervioso al padre Federico.

- Pero tú que te crees mierda de niño, que vas a decir lo que tengo que hacer o lo que no tengo que hacer, como haces en el internado por ser el protegido de Don Andrés.

Sin darle tiempo se vio sorprendido al ser retenido por el auxiliar que lo retenía sujetándole los brazos. Don Federico se aproximaba a su cara produciéndole nauseas. Cuando el sacerdote rozaba la cara del niño, éste le arrojó toda la comida. Comenzó a vomitar sobre su rostro. Mientras, don Federico, se limpiaba con el pañuelo blasfemó. Pepe chilló a grito pelado mientras le propinaba un pisotón a quien lo sujetaba por los brazos. Cuando se vio libre comenzó a gritar

- ¡Maricones de mierda tendréis que matarme si queréis abusar de mí!

Julián que estaba próximo a la puerta salió como una exhalación del edificio. Fue directo al de los alumnos de sexto B donde sabía que encontraría al padre Andrés.

Pepe cogió una silla e impedía que aquellos degenerados se le acercaran. Mientras propinaba los piropos de rigor hacia aquellos salvajes. El segundo auxiliar al oír los gritos acudió. Se precipitó hacía la puerta y al encontrarla cerrada le propinó una patada irrumpiendo en la habitación. Ahora era más factible acceder al mocoso que se movía en todas direcciones, para tratar de evitar lo inevitable. Por fin consiguieron reducirlo, no sin recibir unos cuantos golpes de aquella fiera. Mientras, uno le cogía de las manos y el otro de las piernas, el sacerdote comenzó a desabrocharle los pantalones. Cuando tenía el culo al aire entró don Andrés, con su enorme mano, le soltó, en la cara de Federico, tal puñetazo que quedó inconsciente en el suelo. Sus auxiliares soltaron al pequeño y se dieron a la fuga. Con lágrimas en los ojos, don Andrés, abrazaba al chico mientras repetía.

- ¿Te han hecho algo esos degenerados? ¿Te han hecho algo?

Pepe no soltó una sola lágrima, la cara la tenía hinchada y, por sus narices chorreaban ríos de sangre, como consecuencia de la pelea desatada.

- No se preocupe don Andrés esos degenerados no han conseguido tocarme.

El alboroto en el centro de meditación fue enorme, la voz corrió hasta alcanzar el último rincón. Los responsables se vieron en la obligación de reunirlos en el salón de actos, para aclarar la situación.

Pepe, no estaba dispuesto a colaborar. El claustro decidió, para evitar el escándalo, que Pepe contara a la asamblea de alumnos haber infringido una regla y el padre Federico iba a darle una paliza en las posaderas con una vara como castigo. Le prometieron destinarlo a otro centro donde no hubiera alumnos. Fue amenazado con retirarle la beca y no poder continuar con los estudios. Incluso el padre Andrés, muy a pesar suyo, se vio obligado a forzar al niño para aceptar la estrategia montada por el claustro y salvar la imagen de la congregación.

Pero el niño seguía en sus trece. No mentiría por nada ni por nadie. Andrés se sintió orgulloso de su protegido, aunque su actitud le fuera a traer grandes dificultades para continuar en el internado. No podría disfrutar de su compañía de su saber y de sus genialidades, pero prefería verle en sus trece. Fiel a sus ideales a pesar de todas las presiones.

La dirección pudo salvar la imagen del centro con una larga y preparada charla a los muchachos. Pepe sería expulsado del centro por difamar a un sacerdote. Don Andrés que no había sido informado de ese último punto, al oírlo se aproximó al director y aseguró que si el niño era expulsado el escándalo saldría fuera de aquellos muros, porque acudiría a la policía y a la prensa.

Fueron momentos tensos, no iban a retractarse de lo dicho, pero le aseguraron que el niño continuaría en el internado.

Desde aquel incidente las cosas no fueron iguales ni en el internado ni en el colegio. Gozaba de la confianza de todos los alumnos, en especial de su curso, pero entre sus profesores, la mayoría eran religiosos, había un cierto rechazo por no colaborar. Tan solo don Andrés se sentía orgulloso de aquel maravilloso niño.

Cuando se cruzaba con el director o el jefe de estudios, que antes se paraban a charlar con él, se encontraba con un seco saludo. Se sentía mal, él solo había sido fiel a sus principios y por nada del mundo iba a traicionarse a sí mismo. Era algo que había oído decir muchas veces a Elisa y estaba dispuesto a todo por aquello que consideraba fundamental.