lunes, 17 de septiembre de 2012

EL PRIMER AMOR-TERCERA PARTE-CAPITULO IX-LA LIBERTAD


  - CAPITULO IX -

                                     - LA LIBERTAD -

   La tarde caía lentamente mientras la silla de ruedas permanecía inmóvil en el porche de la cabaña. Contemplaba el relajante espectáculo del atardecer. Regalo de esas latitudes al espectador. La pureza del aire, el silencio roto por el canto de alguna avecilla, la brisa cálida y especialmente el sentirse fuera de aquellas cuatro paredes de la clínica devolvieron a José la felicidad y las ganas de vivir. A muy pocos kilómetros de allí reposaban los restos mortales de las dos mujeres de su vida. Su mente fue invadida por infinidad de recuerdos. Sus ojos se humedecieron en repetidas ocasiones y siempre, con ternura y cariño, Neus estaba presta a enjugar con su pañuelo aquellas amargas gotas, de recuerdos, de vida, de felicidad.
   “Que cambio tan espectacular se ha producido en este anciano” Pensaba mientras contemplaba a José o enjugaba sus lagrimas. “Se le ve rebosante de felicidad, inundado por la libertad plasmada en el paisaje”. Los pensamientos de la compasiva enfermera fueron interrumpidos por el sonido de un motor aproximándose. Estuvo en un trís de coger la silla y entrarla en la cabaña, pero no se atrevió a interrumpir esos momentos de felicidad del anciano y decidió arriesgarse. El vehículo de Caterine, con ella al volante, le tranquilizó y salió a su encuentro. Se saludaron y conversaron en torno al viaje. Se aproximó a José con ternura y tras depositar levemente sus labios en los de él. Comentó.
   - ¿Te apetece bañarte? Mi bien.
   Con las mismas muestras de afecto José dirigió su mirada. “Dios, como se parece a su madre” pensaba mientras acariciaba su rostro con la mirada y rompía el silencio de sus labios.
   - Es un placer al que no pienso renunciar mientras estés dispuesta a ello. El sentir la dulzura de tus manos acariciando mi cuerpo es un paraíso al que deseo aferrarme con todas mis fuerzas.
   Intentó retener sus ojos pero, el sentimiento le pudo más que su dominio, dejó escapar esas lágrimas que trataban de retener. Se abrazó a Caterine cargado de sentimientos, de agradecimiento, de amor. La reacción de su único y gran amor le desarmó por completo. Se fundió llena de pasión al hombre de sus sueños, embriagada por el placer de sentir aquellos fuertes y cansados brazos abarcando su cintura. Se sentó sobre sus piernas y se abandonó al placer de las  sensaciones y al calor de su cuerpo.
    Desnudos y abrazados descansaban envueltos por el agua de la bañera. Ella con sus brazos lo abarcaba por detrás y abandonados al ambiente de ternura, sensualidad y placer permanecieron en el baño por espacio de más de una hora.
    Neus preparó la mesa en el porche de la cabaña.  Solo la luz de dos velas proporcionaba la luminosidad necesaria para una velada romántica. No se puso servicio. Deseaba dejarlos disfrutar de la cena en intimidad. Pero Caterine no lo consintió, entró en la cocina y colocó un nuevo cubierto.
   En torno a la mesa daban cuenta de los alimentos preparados. Abajo, la oscuridad era casi absoluta. El lago se dibujaba gracias a las luces de las urbanizaciones levantadas en torno a él. Durante la cena José mostró su interés por ir al cementerio por la mañana y rezar unas oraciones ante las tumbas de Silvia y Linda. Caterine prometió acompañarlo. A ella también le apetecía ir, limpiarlas, adornarlas y adecentarlas un poco.
   Mientras trajinaba en la cocina poniendo en orden lo utilizado en la cena, José paseaba con su silla de ruedas por el porche. Neus le rogó hacerlo pero Caterine se negó en rotundo. Le invitó a  irse a la cama y descansar. Había trabajando todo el día en la casa.
   Al regresar, José, al lugar de la cena, frente a la puerta del salón, se encontró con el agradable espectáculo de Neus quitándose la ropa para ponerse el camisón. Era una mujer encantadora, poseía un cuerpo maravilloso y ahora lo ofrecía en todo su esplendor. Al darse cuenta de su presencia, su reacción inmediata fue cubrir su cuerpo. Recapacitó y prosiguió con normalidad. Al finalizar, aunque el camisón lo llevaba puesto, la transparencia de sus telas nunca aseguraría que aquel delicado cuerpo estuviese protegido de las vistas de extraños. Se aproximó a José y dando las buenas noches poso sus labios en la frente del anciano. Al agacharse para besarlo mostró todo el encanto de sus firmes y sensuales senos. José respondió al saludo y no pudo evitar lanzarle un cumplido. Se sonrojó y con la sonrisa en los labios se metió en la cama.
   Recogida la cocina Caterine se sentó junto a él y permanecieron unos minutos contemplando el magnífico paisaje ofrecido desde el porche.
   El sueño comenzaba a adueñarse de su cuerpo. Comunicó a su compañera el deseo de meterse en la cama. Entraron en la habitación y a los pocos minutos ambos se encontraban en el más profundo de los sueños mientras sus cuerpos descansaban abrazados.
   La lluvia se presentó esa mañana. Pero no impidió acercarse al cementerio y rezar unas oraciones ante las tumbas de su primer amor y de su mujer. Neus, decidió quedarse en la cabaña y ponerla en orden para poder vivir un nuevo día. El coche se deslizaba lentamente entre el torrencial de agua bañando el valle. Durante el tiempo del desplazamiento el silencio fue el dueño de aquel espacio móvil. Andaban pensativos. Sus rostros reflejaban la tristeza de los amargos recuerdos por el accidente.
   Antes de llegar al cementerio, Caterine se detuvo en una floristería. Adquirió varios ramos de flores y reanudó la marcha. Ante la puerta principal del cementerio municipal de la localidad detuvo el vehículo. Ayudó a José a bajar del coche y arrastrándole en su silla de ruedas se detuvieron frente a la tumba. Las lágrimas hicieron su aparición. Rezaron unas oraciones y mientras Caterine limpiaba las lapidas y las adornaba con las flores adquiridas, José se limitó a contemplar a su encantadora amiga. “Cuanto había llovido desde aquella primera noche cuando se encontraron en el hospital”. Pero sus recuerdos viajaron mucho más atrás, a su mente llegaron imágenes de su adolescencia cuando Brisite y Linda, tía y madre respectivas de Caterine, eran dos jovencitas realizando su footing diario.
   Sus recuerdos fueron sorprendidos por la caricia tierna y dulce de Caterine invitándole a abandonar el lugar.
   - Me gustaría pasear.
Comenzó rogando. Para proseguir.
 - Necesito sentir el agua, el viento, el oxígeno, el aire de esta maravillosa ciudad. No te puedes imaginar cuanto he añorado su falta estos últimos meses siempre encerrado en aquel agobiante hospital.
   Caterine asintió encantada, los deseos de José eran ordenes para ella, lo único que deseaba verdaderamente era poderlo hacer feliz. Con su marido Ignacio había roto definitivamente y su trabajo lo había abandonado por completo. Ahora tenía algo mucho más importante que la moda, los modelos, las presentaciones, o la competencia. El amor de su vida necesitaba su ayuda y su mayor deseo era, desde hacía muchos años, estar a su lado día y noche.
  Pasearon bajo la lluvia por espacio de dos horas. Llegaron a empaparse, a pesar de las magnificas prendas contra la lluvia que llevaban. Por eso, cuando le escuchó estornudar en dos ocasiones, decidió regresar al coche y volver a casa.
   En la cabaña se quitaron las ropas mojadas y se metieron juntos en el baño para relajarse con un caliente baño con masaje incluido.     
   Se  encontraban  en  la cocina preparando el almuerzo de ese día.
Cuando Neus sintió curiosidad por el amor que le profesaba al anciano.
   - ¿No eres familia de él? ¿Verdad? 
   Caterine comenzó a relatarle que su hermana estaba cansada con un hijo suyo. Y aunque ella se había casado, del único hombre que se había enamorado en su vida era de él.
   - Pero si  te soy sincera, aunque no ocupara mi corazón, estaría el resto de mi vida en deuda con él.
   Prosiguió contándole como se conocieron, como se volcó totalmente con su madre, y con ella cuando lo estaban pasando verdaderamente mal. Le contó lo maravillosa que había sido su esposa y la poca sensibilidad de sus hijos, a raíz de la muerte de su madre y de Silvia.
   La sobremesa finalizó. Caterine se puso a trabajar con unos nuevos diseños. José leía unas revistas médicas, y la joven enfermera ojeaba unos artículos sobre el parkinson.
   Llevaban unos minutos ocupados cada uno en sus menesteres cuando Neus se levantó precipitadamente de la silla y fue a buscar a Caterine mientras pronunciaba su nombre.
   - ¿Qué ocurre?
   Preguntó sobresaltada al ver lo alterada que estaba.
   - Mira lee este artículo.     
   Caterine leyó con detenimiento el artículo mostrado por Neus. Era referente a la enfermedad padecida por José y de los grandes progresos conseguidos en algunos casos. Las investigaciones eran de una universidad estadounidense y en el quince por ciento de los casos lograron erradicar totalmente la enfermedad.
   No sé lo pensó dos segundos, cogió el teléfono y tras las oportunas averiguaciones se puso en contacto con el jefe del departamento de dicha universidad.
   La conversación duró más de una hora y cuando colgó el teléfono, dirigiéndose a Neus dijo:
   - Prepárate, volamos a Estados Unidos en el primer vuelo.












lunes, 10 de septiembre de 2012

NEGRITA PURA VIDA TERCERA PARTE CAPITULO VIII-ALARMA


   Al abrir los ojos esa mañana y comprobar como los cansados pero fuertes brazos de José le abarcaban se sintió la mujer más feliz del mundo. Era la segunda noche durmiendo junto a su gran amor. Lo contemplaba con una ternura y cariño, inundando de amor aquella pequeña pero acogedora habitación. Permaneció observando como dormía. Al abrirlos, él, aproximó sus labios y se unió en un dulce beso. Le hubiera gustado permanecer el resto de su vida en esa situación, pero debía seguir la representación de su papel en el plan trazado regresando a New Ville y cuando le informaran actuar. Preparó el desayuno, vistió a su amor y junto a Neus desayunaron en el salón. Contemplando el paisaje brindado por el lago y las localidades alpinas.
   Se despidió y en coche emprendió el regreso a su casa en New Ville. No había aparcado cuando su tía, Brisite, le daba la trágica noticia.
   - Han secuestrado a José. Tu hermana ha estado telefoneando toda la noche y me ha suplicado buscarte para comunicártelo cuanto antes. He estado a punto de ir al refugio, pues tú móvil estaba fuera de servicio.
   Caterine tranquilizó a su tía, al comprobar su estado. Adoraba a José y la noticia le impresionó profundamente. Cuando lo consiguió, entró en casa, cogió el teléfono y reservó dos billetes en el primer vuelo a Madrid. Se dio una ducha rápida, se cambió de ropa y junto a su tía abandonaron el hogar para dirigirse al aeropuerto.
   En el trayecto, Caterine comenzó a confesarle todas las peripecias. Si alguien en esta vida podía confiarle algo, fuese lo que fuese, esa era Brisite. Conforme se iba desvelando su locura la expresión de asombro en el rostro era fiel reflejo de la sorpresa producida por el relato de su sobrina.
   - Si lo vieras ahora.
   Proseguía.
   - La felicidad inunda todo su ser. Hasta creo que esta mejor de su enfermedad. Tanto anoche, mientras cenaba, como esta mañana en el desayuno observaba el lago y la felicidad de su rostro reflejaba toda esa felicidad embargando hasta el último rincón de su ser. Pensaba en Silvia y en mama. Estoy convencida de ello. Al contemplarlo no he podido reprimir mis emociones. Me he refugiado en el servicio para descargar toda la tensión acumulada estos últimos días. Necesito tu ayuda y colaboración. Sabes muy bien que mi locura por él no tiene limites. Por ello nunca llegaría a realizar algo en contra de su voluntad. Pero tampoco te voy a mentir. Esta noche he dormido abrazada a él y ha sido la noche más maravillosa de mi vida. Como te he dicho si no estuviese convencida de su deseo de estar en New Ville, no lo dudaría un solo segundo y lo devolvería.
   Brisite estaba atónita, no podría creer que los hijos de José fuesen capaces de retenerlo contra su voluntad, ni el comportamiento mantenido con su padre. Pero también le sorprendía la acción de su sobrina. Sin embargo, le prometió guardar el secreto y ayudarle en todo lo posible.
   El avión comenzaba a tomar tierra. Bety esperaba impaciente la llegada de su hermana y tía. Al hacer acto de presencia, por la puerta de llegadas internacionales, las dos viajeras, se fundieron en un abrazo mientras sus ojos se bañaban en lágrimas. No daban crédito a lo sucedido. Toda la familia estaba consternada y la preocupación inundaba a todos sus componentes. Los secuestradores no habían dado ni la mínima muestra de vida. La policía se movilizó desde el primer momento y pronto encontraron el coche.
   Pasaron por casa y de inmediato pusieron rumbo a Valencia. Un trayecto, en coche, de escasamente tres horas, les llevó hasta la alquería. Allí permanecía reunida toda la familia abrumados por las circunstancias.
   La noticia del secuestro la daban todos los periódicos en primera plana. Entrevistas en radio y televisión a los hijos de José y la movilización por parte de los medios de comunicación era algo increíble. La alquería fue tomada por los diferentes medios de comunicación. Hasta siete cadenas de televisión pudieron contar Brisite y Caterine cuando detuvieron el vehículo.
   Rita fue quien salió al encuentro de la familia Revaud. Con los ojos rotos por el llanto recibió a las tres y las invitó a entrar. Los saludos de rigor  al resto de la familia, para sentarse en el salón.
   Rita sabía del amor profesado por Caterine a su hermano y se quedó perpleja al comprobar la serenidad de aquella mujer. Ella tampoco estaba muy convencida, cuando iba a visitarlo, que su hermano estuviese siempre dormido. Se extrañaba del enorme control al que era sometido. Le resultaba raro esperar, en sus visitas al hospital, antes de poder entrar a verlo y darle un beso en la frente. Ahora la actitud de Caterine le comenzó a preocupar. No era normal que aquella gran mujer, entregada como nadie a su hermano, se encontrase tan entera y aunque por su rostro se deslizaba alguna lágrima no percibió tristeza alguna. Es más, le dio la sensación de encontrarle radiante, hermosa como siempre e incluso algo más. Segura de sus movimientos y con una entereza cuanto menos sospechosa. Percibía en ella esa falta de espontaneidad, en una mujer caracterizada precisamente su sinceridad. Se pensaba mucho las palabras a decir. Deseaba encontrarse a solas, charlar y poder aclarar cuanto le preocupaba. Llevaba tiempo, molesta por la actitud de sus sobrinos. Y ahora Caterine. Algo no encajaba en todo eso y no estaba dispuesta a seguir con la incertidumbre del último día. Se lo comentó a Paco, su esposo, pero éste menos observador. Le respondió.
   - Cariño como sigas viendo fantasmas donde no los hay vas a terminar mal de la cabeza. Tranquilízate, sé muy  bien lo que José ha supuesto para ti y para todos, pero ahora más que nunca necesitamos tener las ideas claras para conseguir su regreso lo antes posible.
   Besó a su esposo dándole la razón pero sin estar convencida, ni mucho menos. No tenía la menor duda de la existencia de “gato encerrado” y tarde o temprano lo descubriría.
   Caterine se encontraba molesta en la casa, no era una mujer mentirosa y la situación le estaba pudiendo. Por ello decidió salir y tomar un poco el aire para conseguir mantenerse lo mejor posible en su papel. Rita le seguía con la mirada desde su primer contacto, al entrar en la alquería. Al verle salir, no sé lo pensó ni un segundo y fue tras ella.
   Caterine se adentró en el huerto de naranjos lindante a la casa. El azahar estaba en su máximo apogeo. El aroma, y el recuerdo de José, en su casa, hicieron sentirse la mujer más afortunada del mundo. Su rostro reflejaba toda la felicidad brindada por la situación personal. Andaba tan abstraída en sus pensamientos que hasta no sentir la mano de Rita en su hombro no se dio cuenta de su presencia. La acción de la hermana de José le sobresaltó hasta tal punto que llegó a lanzar un grito, por la sorpresa de la acción.
   - ¡Lo siento! ¿Te he asustado?  
   Se apresuró a decir. Para añadía.
   - No era mi intención. Todos estamos muy tensos con los últimos acontecimientos. Pero pensaba que me habías oído llegar.
   Caterine se abrazó a Rita,  consciente de ser la hermana preferida de su amor y de su sufrimiento, por el secuestro de su hermano. Permanecieron abrazadas paseando entre los naranjos, con una temperatura ideal y una fragancia causante de la elevación de todo el espíritu.
  Durante más de treinta minutos caminaron sin pronunciar una sola palabra. Rita se extrañaba de sentirse bien, su hermano había sido secuestrado y, sin embargo, no se sentía preocupada. Caterine, por su parte caminaba mientras mantenía en su mente recuerdos de José.
   Por fin y sin saber muy bien el porqué Rita comentó.
   - ¿Tú sabes donde está José? ¿Verdad?
   De nuevo un agradable silencio se apoderó del lugar. Seguían paseando una junto a la otra. Solo sus manos permanecían en contacto por medio de sus meñiques. Caterine, se detuvo, miró fijamente a Rita y tras un leve silencio, lo rompió para decir.
   - Sí. A ti no te puedo mentir. Sé que tú quieres a José por encima de casi todo y al igual que yo, solo deseas lo mejor para él. Aunque esto suponga ir en contra de sus hijos.
   La sonrisa se dibujó en el rostro de Rita. Lo había intuido desde la llegada de Caterine. El agobio y la angustia de un principio desaparecieron por completo. Era consciente que José se encontraba bien y estaba a buen recaudo. Pero sobre todo sabía que su hermano lo había hecho por propia voluntad.
   - ¿Está en New Ville? ¿Verdad? 
   Estaba claro, si José se encontraba voluntariamente en algún lugar ese sería sin duda New Ville, pues desde la muerte de Silvia y Linda lo había deseado con todas sus fuerzas.
   Durante más de veinte minutos Caterine le fue relatando todo lo sucedido y el porqué de su comportamiento y su forma de realizar las cosas. Ahora empezaba a entender el desarrollo de los acontecimientos desde el funeral.
   Rita le juró guardar el secreto, incluso le prometió. No comentarlo ni a su esposo.
   Al entrar en la alquería la familia estaba terminando de cenar. Recriminaron con amabilidad y cariño el retraso y sin pronunciar palabra se sentaron a la mesa.
   Seguían sin noticia del paradero de José, ni señal de sus secuestradores. La policía se personó en varias ocasiones para interrogar a familiares y mostraban su extrañeza al no haber recibido la menor señal. Caterine fue uno de los miembros por los que se interesaron los agentes de la ley. Pues la voz de los secuestradores al ponerse en contacto con la enfermera jefe, ésta aseguraba reconocer la voz de Bety y el timbre de su hermana era muy similar. Pero la coartada de Caterine fue reafirmada por su tía Brisite y por otras personas en New Ville. Las investigaciones del coche no revelaban nada nuevo, ni siquiera proporcionaron una sola pista en la investigación. Estaban a cero, desconcertados y extrañados por el desarrollo del secuestro.
    Rita invitó a instalarse en la alquería a Brisite y Caterine, aceptando encantadas. Aunque esto molestó algo a su hermana Bety convencida de instalarles en su casa. Caterine alegando su deseo de poder respirar aire fresco y alejarse del jaleo de la ciudad se disculpó y se instaló junto a su tía en una de las habitaciones de la alquería.
   Los primeros rayos solares de esa mañana comenzaban a penetrar por los grandes ventanales del desván cuando Rita se encontraba buscando recuerdos, de su niñez junto a su hermano, en un gran baúl. De pronto se encontró con su primera cartilla. Aquella que la señorita Elisa les dio para aprender a leer. La tomó en sus manos con tal delicadeza que las hojas de papel llegaron a sentir el cariño de esas manos. Cuando comenzaba a ojear Caterine se presentó y girándose hacía la recién llegada comentó
   - Este fue el primer libro que  José y yo tuvimos cuando no levantábamos más de un palmo del suelo.
   Se sentó junto a ella y escuchó recuerdos de la infancia de su gran amor.











miércoles, 11 de julio de 2012

EL PRIMER AMOR-PARTE III-CAPITULO VII-EL RESCATE


Al conectar, Caterine, su móvil para escuchar los mensajes, se quedó helada. Había llamado centenares de veces a los hijos de José y al hospital. Se personó en infinidad de ocasiones, pero en ninguna de ellas pudo hablar con él. Siempre lo encontraba dormido. Pero la realidad era otra. Cuando Caterine acudía a la clínica a visitarlo, Adela le daba una buena dosis de sedantes con el propósito de tenerlo controlado. José era consciente, y aunque no se lo tomaba, se hacía el dormido. La habitación, siempre que entraba alguien, estaba en la más absoluta oscuridad y nunca llegó a verlo con claridad. Se aproximaba a la cabecera y con lágrimas en los ojos depositaba sus labios en las mejillas de su único amor. Ahora esa llamada le aclaraba muchas cosas, y especialmente cuando José no confiaba en nadie de su familia. Le entró tal escalofrío en todo el cuerpo que tuvo que ponerse una prenda de abrigo para poder reaccionar. No podía dar crédito a lo sucedido. Un hombre como aquel entregado por completo a sus hijos y a su familia. Ahora, éstos, eran capaces de mentir y engañar con el solo propósito de tenerlo encarcelado en aquel hospital.
   Debía pensar en algo rápido, pero especialmente con la máxima discreción, de lo contrario la posibilidad de rescatarle se complicaría enormemente. Pero no se podía dormir. Se preparó un pequeño equipaje y fue de inmediato al aeropuerto para ir lo antes posible a su lado.
   Durante el vuelo pensó en los pasos a seguir, no se podía cometer el mínimo fallo y por supuesto con quien primero contactaría sería con Neus. Era incapaz de asimilar con rapidez lo sucedido desde la muerte de su madre y Silvia. Ahora comenzaba a comprender muchas cosas. Pero le costaba creer otras. En un principio pensó hablar con toda la familia. Pero pronto desistió. Estaba excesivamente nerviosa, cuando recapacitó. Comenzó a realizar ejercicios de relajación y concentración. Los nervios, la rabia y la incredulidad no podían nublar en esos momentos su mente. La necesitaba lo más lúcida y despejada posible para poder pensar y planear con éxito su rescate. Su compañero de viaje intentó entablar conversación, pero la reacción de su compañera le hizo desistir. Caterine no podía perder ni un solo segundo, necesitaba hasta la última milésima de segundo para conseguir un plan infalible.
   Era consciente del delito a realizar. Por ello debía cuidar hasta el último detalle. Si alguien llegara a sospechar, aún logrando su objetivo, de inmediato se lo arrebatarían.
   Logró pasar con identidad falsa. Solía utilizarla cuando deseaba pasar desapercibida en alguna ciudad. Un gran amigo se la proporcionó tiempo atrás. Preparó una coartada casi perfecta. Reservó habitación en un hotel Chamberí, como turista. Todo estaba pensado al milímetro. Nada le podía fallar. Al salir del aeropuerto alquiló un automóvil y lo puso en dirección al hospital. Durante el trayecto telefoneo a Neus. La enfermera era consciente del riesgo de la situación. La única sospechosa del secuestro sería ella y tendría verdaderos problemas para salir airosa. Por ello al hablar con Caterine y mostrarle sus temores optaron por encontrarse en algún sitio discreto. Cambió de planes, anuló la reserva y fue a instalarse en otro hotel, mientras esperaba pacientemente la llamada de Neus, quien le  aconsejó no moverse, ni tomar ninguna iniciativa hasta su entrevista. José estaba muy controlado. Parecía como si alguien intuyera la trama urgida. De ahí la necesidad de ser lo más prudente posible.
   La cita se dio en un club privado. Un lugar reservado para ejecutivos donde cerraban con comidas acuerdos y contratos con otros empresarios. Sin duda era el mejor sitio para evitar levantar cualquier sospecha. En uno de los reservados se saludaron y la joven enfermera comenzó a explicarle la situación.
   - Tu decisión de rescatar al anciano, no se porque, me hace sentirme feliz. No te puedes imaginar lo que esta sufriendo. Cuando al principio trataba de explicarse no le dejaron y comenzaron a sedarlo. Pero, aunque lo consiguieron la primera semana, luego no se ha tomado ni una sola pastilla. Es muy inteligente y aunque su enfermedad esta bastante avanzada se las ingenia para no ser controlado. Después de hablar contigo le confesé tu intención de rescátalo tras escuchar el mensaje. Se me abrazó y con lágrimas en los ojos me agradeció la ayuda prestada. También me rogó tener la máxima precaución.      
   La conversación prosiguió por espacio de varias horas. No iba a ser nada fácil conseguir sacarle de la clínica. Pero si había una posibilidad, con seguridad eran los sábados, el coche de la familia se desplazaba a la clínica con el chofer y lo recogía para ir comer a la mansión de los Carbonell.
   - Si consiguieras el vehículo con antelación a la cita y conducirlo hasta la clínica, cuando se den cuenta de su falta ya te habrá dado tiempo de abandonar el país con él.
   Lograr hacerse con el vehículo no iba a ser muy complicado. Aseguró Caterine para añadir.
   - El principal problema al plan, lo tendrás tú. Serás la última en contactar con él y te asediarán a interrogatorios.
   Neus interrumpió a su interlocutora. Deseaba huir de aquel lugar. No tenía a nadie. De recién nacida le abandonaron en un orfanato y basándose en el trabajo y esfuerzo consiguió licenciarse en enfermería.
   - Me llegué a enamorar locamente de un joven, pero la vida se encargó de arrebatármelo. Un accidente mortal se lo llevó para siempre y ahora tengo la oportunidad de salir de aquí y olvidarme de todo. Me gustaría poderme ir con vosotros.
   Caterine se quedó pensativa, no era mala idea. Sin nadie con posibilidades de proporcionar pistas sobre la desaparición de los dos sería mucho más sencillo llevar a cabo su plan. Prosiguieron ultimando los detalles y tras más de dos horas regresaron a sus respectivos nidos, donde pasar la noche.
   Faltaban dos días para el sábado. Se informó cuales eran los movimientos del vehículo a emplear en “el secuestro”. Ese viernes por la noche el coche se encontraría en un garaje próximo a la vivienda del chofer. Por regla general lo retiraban los sábados al medio día. Pero como precisaban ganar tiempo optaron por recogerlo a primera hora de la mañana.
   Caterine se puso un uniforme de chofer, entró en el garaje, y retiró el automóvil sin el menor impedimento. El empleado pensó que era el conductor habitual y permitió su salida a las ocho de esa mañana del sábado.   
   Neus avisó a Adela.
   - Enfermera jefe al teléfono.
   De inmediato acudió al mismo y preguntó.
   - Dígame.
   - Buenos días, Adela. Hoy recogeremos antes al papa, para dar una vuelta por el retiro con los nietos. El chofer llegará dentro de veinte minutos, procuré tenerlo preparado.
   Adela asintió, había reconocido la voz de “Bety”, colgó el teléfono y de inmediato mandó a Neus preparase para llevar a Don José a la entrada, ese sábado lo recogerían antes.
   La naturalidad de la comunicación no le hizo sospechar y tras las oportunas ordenes, proporcionó la medicación habitual al paciente y prosiguió con sus quehaceres.
   Neus, se sorprendió de la serenidad y normalidad conseguidas en  todos sus actos. Vistió a José, lo sentó en su silla de ruedas y se dirigió hacía  la puerta de la clínica. Se cruzó con varios sanitarios. Los saludó y cuando iban a abandonar la clínica Adela le advirtió.
   - Tenga cuidado con él y no se olvide de darle la medicación, el coche le esta esperando en la puerta.
   Posó sus labios sobre la frente del paciente y continuó con sus obligaciones. El corazón de Neus se aceleraba por momentos. Al llegar al coche el sistema eléctrico para subir la silla estaba preparado, la colocó en su sitio y mientras el mecanismo la subía, ella, por la otra puerta, hacía lo propio.
   Por fin dejaban el hospital rumbo a su libertad. En un descampado cambiaron de vehículo dejando el coche de la familia abandonado con una nota, escrita con recortes de titulares de periódicos, donde se podía leer.

       “S I   Q U I E R E N  V O L V E R  A  V E R  

    A  S U  P A D R E  Y   A  L A  E N F E R M E R A  

      P R O C U R E N    S E G U I R     N U E S T R A S  

  I N D I C A C I O N E S”  N O S  P O N D R E M O S 
                           E N   C O N T A C T O.

   El coche conducido por Caterine se desplazaba por la autopista a velocidad de vértigo. En menos de cinco horas cruzaron la frontera y en las carreteras francesas circulaba a una velocidad más prudencial.
   Cuando la primera alarma se dio en la familia el reloj marcaba las catorce horas y cuando encontraron el vehículo, Caterine, Neus y José descansaban en su casa en New Ville.
   José lloraba de felicidad, se abrazó a las dos mujeres y dio rienda suelta a sus sentimientos mediante un llanto de felicidad.
   - Debemos ir a otro lugar. Aquí tarde o temprano alguien podría darse cuenta de vuestra presencia. Lo mejor será instalarse por un tiempo en mi refugio del Monblanc.
   No lo pensaron dos veces, subieron al vehículo y se instalaron en la cabaña de la montaña, santuario de Caterine y donde el acceso a mismo estaba restringido.
   Desde el ventanal del salón se podía contemplar todo el lago. Con las dos bellas localidades de Anency y New Ville, bañadas y refrescadas por sus aguas. Aquella casa sola había sido ocupada por Linda, cuando vivía, por Caterine y José. Ahora Neus era la cuarta persona en pisarla. Estaba equipada con los más sofisticados elementos del hogar. Había de todo y la limpieza la hacía personalmente Caterine. Nunca había permitido a nadie pisar su refugio. Allí se pasaba los días recordando a su madre y especialmente a José. Solo contaba con una habitación donde se instalaron José y Caterine, mientras Neus lo hizo en el salón. En el sofá cama.
   Entre las dos entraron a José en el cuarto de baño y tras desnudarle lo metieron en la ducha y comenzaron a bañarlo. Con el mayor cariño y ternura Caterine enjabonaba aquel cuerpo que tanta pasión despertaba en su ser. Recordó cuando él, con el mismo cariño y amor, ayudaba a su madre en aquellos momentos difíciles. Sintió como sus ojos se humedecían escandalosamente y en un momento se encontró abrazada a él  mientras le susurraba al oído.
   - Soy tan feliz. Me gustaría permanecer así el resto de nuestras vidas. Te quiero. José.
   Las lágrimas abandonaban los hermosos ojos verdes de Neus al presenciar tal enternecedora escena. Mientras José, relajado en aquel cálido baño se abandonaba al placer de las caricias y del cuidado de esas dos encantadoras mujeres.



miércoles, 4 de julio de 2012

EL PRIMER AMOR-PARTE III-CAPITULO VI-EL FUNERAL


   Era viernes, el cementerio principal de New Ville estaba abarrotado. Familiares, amigos y las más altas autoridades de la localidad se dieron cita. Fue una ceremonia sencilla y rápida. Caterine pronunció unas palabras recordando la figura de su madre y la de Silvia. Entre lágrimas y sollozos recordó a Silvia como su segunda madre. Mostrando la amargura de sus sentimientos al perder a dos madres al mismo tiempo. José se extendió, algo más de lo normal, pero como muy bien dijo.
   - Podría hablar sobre estas dos mujeres toda la vida.
  Los discursos llenos de sentimiento, de cariño emocionaron a casi todos los presentes.
   De regreso a casa comenzaron los primeros roces entre José y sus hijos. Les confesó su intención de quedarse en New Ville, deseaba estar cerca de su esposa y no tenía la menor intención de abandonar la localidad. Pero su hijo Jorge prefirió esperar a llegar a casa para solucionar la situación. Estaban al corriente de la gravedad de su enfermedad. Precisaba una atención las veinticuatro horas del día. Durante esos días en el hospital, los signos externos de la enfermedad eran evidentes. Y por si todo eso no era suficiente, se había relegado a ir en silla de ruedas para el resto de su vida.
   En el salón de su casa, junto al lago, se encontraban sus tres hijos con sus respectivas parejas. Caterine quiso quedarse, pero con discreción Brisite consiguió convencer a su sobrina. “Es un asunto a resolver por sus hijos”. Resignada salió de la habitación. Pero mostró a su tía su total desacuerdo.
   - No le van a permitirle quedarse y eso lo matará. Estoy convencida de ello.
   Continúo mostrando su preocupación. Pero estaba claro. La solución correspondía a sus hijos.
   Los razonamientos, para regresar a España, fueron saliendo de labios de sus hijos y de sus respectivas parejas. Todos eran argumentos de peso, pero ninguno convencía a José. Su deseo era quedarse allí, pero por mucho que quiso esgrimir sus razones, su mente no era la de antes y le costaba conseguir una dialéctica convincente. En su interior lleno de rabia, sentía no poder expresarse como él sabía, pues de ser así no cabría la menor duda de lograr su objetivo. Por lo comentando en el salón su estancia ni siquiera sería en casa, en uno de los hospitales de las ciudades deportivas sería atendido como un autentico rey. Pero, el solo pensarlo, sentía una enorme opresión en su pecho y sus ojos liberaron unas amargas lágrimas. En el transcurso de la conversación se alteró de forma escandalosa y su hija mayor le aplicó un calmante de inmediato. A partir de ese instante se hundió, hasta tal extremo, de sentirse incapaz de articular sus cuerdas vocales, pero su mente se encontraba mucho más lúcida.
   Se disponían a partir de inmediato hacía el aeropuerto y regresar a Madrid. Su corazón le pedía levantarse y gritar pero su estado físico le impedía mover un dedo. Cuando salió por la puerta se encontró con Caterine, consiguió mover sus brazos para abrazarse a ella y no soltarle. Tal vez eso lo retuviese. Con la dulzura y cariño de siempre le abrazó, con una ternura conmovedora, mientras pronunciaba unas palabras.
   - Me dejas, papito mío. ¿Y que voy a hacer sin ti? Cuídate mucho y si me necesitas no dudes ni un segundo en llamarme acudiré como el perro más fiel a tu lado. Me tienes a tu disposición las veinticuatro horas del día.
   Las lágrimas inundaron los ojos de aquel hombre impotente para expresarle sus deseos, pero Caterine no pudo captar el mensaje transmitido. Tal vez de tener la certeza del estado de José, medio drogado, lo habría percibido. Interviniendo de inmediato con toda seguridad, pero el dolor de perderlo, convencida de partir por propia iniciativa le vendó los ojos y no captó el mensaje que el hombre de su vida le transmitía desde lo más profundo de su ser.
   Durante todo el vuelo los ojos de José permanecieron turbios por las lágrimas cubriendo sus cansados ojos azules. La mano cariñosa y tierna de su pequeña tratando de consolarlo le desquició más aún y de nuevo su hija mayor intervino para calmarle. Pero aunque le volvieron a dejar hundido físicamente, mentalmente parecía como si toda la sabiduría de aquel gran hombre volviese a su mente y lo vio claro. “Debo comportarme con sumisión para evitar esa maldita droga. No me puedo mover, ni pronunciar palabra alguna. Y luego escapar o pedir ayuda”. Sonrió con una picara y maliciosa sonrisa, como los chiquillos tomándose su tiempo para vengarse de alguien que les esta fastidiando.
   No llegaron a pasar por casa, lo condujeron directamente a la clínica de la ciudad del deporte. Allí estaría atendido y todos sus hijos podrían ir a visitarle a diario. Cuando se quedó solo en aquella lujosa cárcel de cinco estrellas, su mente se llenó de recuerdos. Su niñez, Ana y sus primeros pasos con el sexo. Su madre, Elisa su primera y gran maestra. Paco, su vecino y amigo, amen de cuñado y tantos y tantos recuerdos que le dieron fuerzas para recuperar su mente y su cuerpo. La merienda interrumpió sus recuerdos, la bandeja repleta de comida también le ofrecía una gran variedad de medicamentos. Los cogió y cuando la enfermera se distrajo unos segundos los escondió e hizo amago de ingerirlos. La estrategia estaba clara, si conseguía dejar de tomar esa medicación durante unos días tendría las suficientes fuerzas para llamar por teléfono. Si había alguien en el mundo capaz de atender su llamada de socorro a cualquier precio esa no era otra que su encantadora Caterine.
   Al iniciar su tercer día, le parecieron años, solicitó el teléfono. Se lo llevaron, pero no había terminado de marcar el número cuando la comunicación se interrumpió. Volvió a intentarlo y de nuevo se encontró de la misma forma. Por fin decidió avisar a la enfermera y mientras lo aclaraba se quedó petrificado.
      - Señor, no tiene permiso de sus hijos para marcar ese número.
   “Mis propios hijos”. ¡"Dios” ¡“No estaré soñando”. Pero no era momento de perder los papeles, había conseguido estar tres días sin las malditas drogas y no lo iba a estropear en ese momento. Encontraría la forma de ponerse en contacto con Caterine. Desde ese mismo instante que la enfermera le comunicó no tener permiso para hablar con Francia, fue enormemente distante con las visitas de sus hijos, se hacía el dormido, y ni se dignaba a mirarles a la cara. Ellos lo achacaban a la enfermedad y a la cantidad de medicamentos a ingerir diariamente.
   De nuevo su mente lúcida como no recordaba desde hacía mucho tiempo se puso en movimiento. Los días de visita, festivos y vísperas de fiesta, se dejaban caer por la clínica numerosos familiares, alguno se despistaría y conseguiría un teléfono móvil para poder contactar con Caterine.
   La primera vez lo pillaron y disimuló con un arte, que le hizo sentirse aquel astuto e inteligente hombre de su juventud, salvando perfectamente la situación.
   Adela, la enfermera jefe, sospechaba del anciano de la trescientas veinticinco, dueño y fundador del hospital. Tramaba algo. Pero por otro lado, con la medicación le sería prácticamente imposible intentar nada. No podía mover ni su silla, o al menos era lo que pensaba. José se cuidó de no mover un dedo y solo actuar únicamente en las situaciones totalmente favorables a sus propósitos. Sin duda alguna sus hijos supieron elegir el personal más competente del hospital para mantener a papa controlado.
   Transcurridos más de tres meses. José estaba desesperado, si aquel infierno se prolongaba un solo día más no se podría controlar. Su desespero le llegó a descuidar alguna de las precauciones mantenidas hasta el momento, pero la suerte se alió  con él. La enfermera que le vio mover la silla de ruedas con una maestría increíble y una rapidez sorprendente, para un enfermo en su estado, era una joven enternecida con aquel anciano. Controlado por todos y a quien no le permitían nada fuera de lo programado y acordado de antemano. Por eso cuando con esa rapidez le sorprendió cogiendo un móvil olvidado en uno de los sillones de la sala de televisión, se limitó a mirarle y sonreír. José en una de sus miradas de control y vigilancia se cruzó con la de aquel ángel sonriente. Al verse sorprendido cerró los ojos y rogó a los cielos no ser delatado por aquella mujer, pero especialmente de hacerlo fuera posterior a la llamada pretendida desde el mismo día en pisar las ruedas de su silla la clínica, tras el regreso de New Ville. Mientras mantenía sus ojos cerrados recordó cuando era pequeño y hacía lo mismo esperando el bofetón de su padre estrellándose en una de sus mejillas. Mantuvo la respiración mientras sus ojos permanecían en oscuridad. Por fin los abrió lentamente y ante su sorpresa la enfermera había desaparecido. Rogó al enfermero encargado de llevar la silla salir al jardín, hacía bastante calor y le apetecía tomar un poco el aire. Inmediatamente obedeció las órdenes recibidas y salieron. Intentó en varios despistes de su cuidador llamar por teléfono pero no encontraba el momento más idóneo.
   Neus, la nueva enfermera, le sorprendió al decirle con una dulzura escandalosa.
   - Mi travieso ancianito, apresúrese no podré entretenerle mucho tiempo.
   Fue decirle esas palabras cuando se aproximó a su cuidador y lo apartó del anciano con una excusa. El encanto y atractivo de la joven le permitieron su objetivo separarlo del anciano sin grandes dificultad. De inmediato José marcó el teléfono de Caterine. No se encontraba nadie al otro lado, pero pudo dejarle un mensaje.
   “Soy José, necesito tu ayuda con urgencia. Sácame de este maldito lugar. Si alguien te puede ayudar solo se me ocurre Neus, una joven enfermera. Te necesito.”






miércoles, 27 de junio de 2012

EL PRIMER AMOR-PARTE III-CAPITULO V- EL DESENLACE


      - CAPITULO V -

                                      - EL  DESENLACE -

   A la semana del trágico accidente, permanecían en la localidad la familia Revaud al completo junto a  José, Rita y Jorge. El resto regresaron a sus ocupaciones, pero el teléfono no dejó de sonar para informarse de la evolución de las accidentadas.
   El reloj de la sala de reanimación marcaba las nueve horas de esa espléndida mañana del incipiente verano. En intensivos, Silvia y Linda, pendiente de ellas, José. Caterine se acercó al hotel para darse una ducha, cambiarse de ropa y adecentarse un poco para relevarle y que él pudiera hacer lo mismo. Cuando Linda recobró el conocimiento. De inmediato avisó al médico de guardia de la circunstancia al tiempo que se ponía junto a ella y comenzaba a preguntarle. El doctor comprobó todos los aparatos al tiempo que animaba a José a no dejar de dialogar con la paciente. Mientras conversaba, sin poder evitar su profesión, fue leyendo lo que aquellos instrumentos médicos indicaban. La piel se le heló, aquellos aparatos no mostraban ningún signo alentador, por ello retiró su mirada y se dedicó de lleno a su primer amor.
   - José. ¿Sabes una cosa? Hay algo que no te he perdonado.
   - ¿A que te refieres? Mi vida.
   Linda sonrió y, no sin esfuerzo, le confesó que lamentaba que hubiese sido tan caballero aquel año en el restaurante del camping, cuando el alcohol había hecho mella en su cuerpo y no aceptara su petición. También se arrepentía por no proponérselo de nuevo aquella noche, cuando el efecto del alcohol desapareció. Su caballerosidad, su elegancia, su cariño y su amor lograron que deseara con todas sus fuerzas entregarse a él, pero no se lo propuso precisamente por respeto a su persona. De hacerlo quien sufriría las consecuencias posteriormente habría sido él.
   Linda continuó confesándose. Luego, cuando volvieron a encontrarse, lo deseaba como nunca había deseado a ningún hombre, pero entonces quien se oponía era su maravillosa y encantadora esposa. Silvia había sido una amiga tan generosa que el solo pensar en traicionarle le atormentaba. Le siguió descubriendo todas sus inquietudes e intimidades que por respeto a él y a su esposa nunca se había atrevido a confesarle, pero ahora intuía que se iba.
   - Tú sabes que esa sensación ya la tuve en esa semana critica, pero ahora es mucho más real. Le doy gracias al Señor por haberme permitido poder conversar contigo antes de abandonar este mundo. La v...
   Iba a continuar pero la presencia de su hija Caterine le interrumpió, deseaba saludarle y rogar que se abrazara a ella. Estaban las dos fundidas cuando expiró.
   - ¡Mama! ¡Mama!. José. Ha muerto.
   El médico de guardia y José acudieron de inmediato. Pero no había, ya, nada que hacer. Caterine se abrazó a José y rompió a llorar. Salieron de intensivos abrazados y tratando de consolarse uno al otro. En la sala de espera se encontraba su tía y su hermana con su esposo. Les comunicaron la noticia y mientras Rita abrazaba a su hermano y trataba de animarlo, Bety y Jorge se abrazaron a Caterine. Estaban todos tratando de animarse cuando avisaron con urgencia a José, Silvia se iba por momentos. Trataron de sacarle de esa nueva crisis pero tras más de quince minutos tratando de reanimarle. Todo esfuerzo fue inútil. Silvia había fallecido justo a los treinta minutos de haberlo hecho Linda. José cayó inconsciente a suelo, no pudo soportarlo, las dos mujeres de su vida se fueron para siempre. Le atendieron de inmediato aplicándole pruebas de todo tipo. Sus constantes vitales eran las correctas. El estado actual era consecuencia de un desmayo emocional. El médico salió a la sala de espera y expuso a los presentes lo sucedido. Caterine suplicó entrar a verlo, sus ojos estaban bañados en lágrimas. Su madre, Silvia y ahora José. En toda su vida no recordaba un día como aquel. Ni en los peores momentos de la enfermedad de su madre, ni los días de hambre y frío que pasaban al abrigo de unos periódicos. Sabía que tenía que controlarse, de lo contrario con toda seguridad no le dejarían pasar para estar junto a él. Cerró los ojos apretó fuertemente los puños y se concentró en conseguir lo que deseaba. No se consumieron ni dos minutos cuando su control era total, con una serenidad que asombró a todos sus conocidos se dirigió de nuevo al doctor y al comprobar la tranquilidad y el dominio de aquella mujer accedió a su deseo. Ahí, sobre el lecho se encontraba la razón de su existencia, inconsciente, pero tan atractivo y encantador como siempre. Le tomó la mano y con una dulzura increíble comenzó a hablarle. Pasaron más de doce horas, y ella seguía a su lado hablando como si él le estuviese respondiendo. En varias ocasiones entraron para que saliese a tomar algo, a descansar, o simplemente airearse, pero se negó en rotundo. Allí seguía sentada junto a su lecho, acariciando su mano con una suavidad increíble y hablando sin parar. Ya de madrugada José abrió los ojos y pronunció su nombre. Caterine se lanzó a sus brazos y lo besaba mientras llamaba a la enfermera. La sanitaria le alentó a continuar conversando mientras iba a buscar al doctor. Así lo hizo y su corazón por fin pudo funcionar sin sobresaltos, él le contestaba y ella lo animaba.
   - Te necesito más que al aire. José no me dejes. Ahora te necesito más que nunca.
   Trató de incorporarse pero Caterine le rogó esperar al doctor. Por fin tras unos minutos se presentó. Ahora el interrogatorio lo llevaba el facultativo. José había vuelto de aquel estado de inconsciencia, pero cuanto trataron de incorporarlo y que se pusiera de pie, las piernas no le respondieron.
   - ¿Le ha sucedido esto otras veces?
   Preguntó el doctor. Entonces José le contó la enfermedad que padecía, el parkinson se adueñaba a marchas forzadas de su cuerpo en los últimos meses y, ya se había quedado bloqueado el día del accidente. Caterine estaba presente en la conversación y sintió un helado escalofrío por todo su cuerpo. Lo ignoraba por completo y aquella noticia no podía llegar en peor momento. Pero ni ella misma se explicaba como se pudo contener y no exteriorizar ni la mínima expresión. No era momento de flaquear no quería separarse de él y aguantó el tipo como pudo.
   En la sala de espera aguardaba el resto de la familia. Tanto Jorge como Rita habían entrado a verlo y mantenían informado al resto. Por fin vieron salir a los dos de la sala de reanimación. José iba en silla de ruedas conducido por Caterine. Junto a ellos el doctor. Paso a los presentes a su despacho para explicarles el problema del enfermo.
   Cuando el facultativo les aseguró que con toda seguridad José no dejaría la silla de ruedas, las muestras de dolor y sorpresa se sucedieron. Bety abrazaba a su esposo, trataba de consolarlo, al tiempo que rogaban al Señor que tuviera un poco de misericordia con ellos. Había sido un día demasiado trágico como para soportar más sorpresas.
   José, Rita, junto con Caterine fueron al hotel a descansar, mientras que Jorge, Bety y Brisite se quedaron en el hospital para solucionar trámites. El traslado de los cadáveres a New Ville, completar el papeleo de los seguros y demás asuntos burocráticos. José habló con anterioridad con las hijas y hermana de Linda y se pusieron de acuerdo para enterrarlas a las dos juntas en aquella linda localidad al pie de los Alpes.
   El gerente del hotel, avisó al cocinero, era cerca de las tres de la madrugada, pero debían preparar algo para José y Caterine. No pusieron el menor impedimento y el personal del hotel se comportó maravillosamente. Prepararon unos caldos, un poco de carne asada, algo de fruta y lo subieron a la habitación. Aunque no tenían hambre, comieron lo servido. En primer lugar era necesario que sus cuerpos consiguieran alguna caloría y por otro lado después del comportamiento del personal del hotel no era cosa de hacerles un feo. Las calorías de los alimentos ingeridos repusieron sus cuerpos. Caterine ayudó a Rita a cambiar y bañar a José para que se acostara y descansara un poco. Pudo comprobar el cariño y la ternura que Caterine ponía en cada gesto de ayuda. Se acordaba cuando él cambiaba a Linda para dar las clases de recuperación en el agua y sus ojos se humedecieron. Al verlo se abrazó y lo besaba con tanta dulzura que llegó a emocionarle. Cuando se separaron Rita se estrechó a Caterine agradeciéndole su dedicación y cariño a su hermano. No pensaba salir de la habitación, llegó a asegurarle. Se sentaría en uno de los sillones para quedarse, junto a él, el resto de la noche. Discutieron amigablemente y por fin Rita salió regresando al hospital, por sí hacía falta su ayuda.
   Aproximó un sillón, colocándolo junto a la cama, tomó su mano con las suyas y contemplaba a su bienhechor llena de felicidad y amor. José le rogó, le suplicó la necesidad dormir, pero ante la negativa levantó la sabana y la colcha de su cama, ofreciéndole una parte del lecho para acostarse a su lado. No lo pensó dos segundos se descalzó, se despojó del vestido y en ropa interior se acopló junto a él. Abrazada a su espalda le sorprendió el sueño a los pocos minutos.
   Al despertar constató, envuelta por una aureola de felicidad, continuar en la misma posición. Él de espalda y ella abrazada a su cuerpo. No había dormido mucho, pero no recordaba un descanso tan agradable como aquel. Cuando José abandonó el mundo de los sueños se giró hacia su compañera y sin pronunciar palabra se abrazaron. Permanecieron en esa posición, por espacio de varios minutos, hasta la llegada de Rita llamando a la puerta. El permiso correspondiente para entrar y con la ayuda de Caterine vestirlo para bajar juntos a desayunar.
   En el comedor se encontraron con el resto. El papeleo y los trámites estaban resueltos y se disponían a reponer fuerzas. Avisaron a la familia para reunirse en New Ville. Esa misma mañana partían los coches fúnebres hacia la bella localidad. Desayunaron. Recogieron el equipaje lo acoplaron en los maleteros y mientras Jorge, José y Caterine, portándolo en la silla se acercaron a la recepción del hotel para liquidar la cuenta, el resto se dirigieron a por los coches. Dejaron una importante cantidad para los empleados del hotel, agradeciendo de corazón todas las atenciones hacia él y su familia.
   En los coches fueron al hospital para salir tras la comitiva hacia New Ville. Caterine rogó a su hermana conducir su coche, ella quería ir con José. Así pues Bety y Brisite montaron en el coche de Caterine, Jorge fue en el suyo, mientras Caterine y José lo hicieron conducidos por Juan.
   Mantuvieron una larga conversación, recordaron momentos difíciles y lloraron juntos la perdida de sus dos seres queridos. José le confesó su deseo de no dejar New Ville. Estaba decidido a instalarse allí y pasar el resto de su vida en su casa junto al lago. Mostró su preocupación, consciente que sus hijos no lo iban a consentir y eso le tenía en tensión. Con esa dulzura característica le confesó.
   - Me gustaría atenderte, cuidarte y ofrecerte todo el cariño que le diste a mama. Tengo una deuda contigo que haga lo que haga nunca podré pagártela.
   Caterine se expresaba con estas palabras mientras se acurrucaba en su pecho y se abrazaba llena de admiración y amor hacia aquel hombre. Con la sonrisa a flor de piel acariciaba con suma delicadeza sus cabellos suaves y brillantes hasta dejar su palma de la mano mimando su rostro. Se miraron. Ella aproximó sus labios. Ofreciéndole él, la mejilla a aquellos sensuales y cálidos labios. Abrazada fuertemente a su cuerpo meditaba su decisión. Se dejaría las presentaciones y se dedicaría exclusivamente al diseño. Esa labor la podía hacer perfectamente en casa y dedicaría todo su tiempo a esa persona que llenaba su vida.   








martes, 19 de junio de 2012

EL PRIMER AMOR-PARTE III-CAPITULO IV-EL ACCIDENTE


- CAPITULO IV -

                                       - EL ACCIDENTE  -

   El servicio, volvió a interrumpir al señor, a las dos horas de su conversación. Tomó el teléfono ofrecido por el criado y escuchó.
   - ¿Don José Carbonell?
   Se trataba de un oficial de tráfico Suizo informándole del grave accidente sufrido por el automóvil en el que viajaba su esposa. El agente le proporcionó todos los datos, la localidad, el hospital donde habían sido ingresadas las accidentadas y su estado de gravedad. José insistió en saber si estaban con vida. Su interlocutor le aseguraba que cuando ingresaron en el hospital lo estaban pero su estado era crítico. Un escalofrío cubrió su cuerpo, solo recordaba una sensación igual a la que sintió en el instante que colgaba el teléfono. Con una claridad cinematográfica recordaba su reencuentro con Linda, tras más de treinta años, en la clínica de New Ville junto a Brisite. Se debatía entre la vida y la muerte. El SIDA dominaba su organismo y la vida se le iba en cada aliento. Se levantó dio las instrucciones oportunas al servicio y avisó al chofer para que le llevara a la población Suiza donde estaban ingresadas su mujer y Linda.
   En el trayecto. Agónico. Sus ojos se nublaron. Intuía lo peor y el dolor oprimía su alma. Pensó egoístamente en él, cosa rara, pero sabía que si alguien era capaz de soportar sus últimos años con la enfermedad que iba apoderándose de su cuerpo, esa, era Silvia. Comenzó a temblar como un chiquillo empapado tras jugar con el agua en pleno invierno. Quería, deseaba y rogaba que esos malos presagios saliesen de su mente, pero fue incapaz de conseguirlo. Cada vez estaba más convencido que había perdido a Silvia.
   Hacía un calor sofocante, y el acondicionador de coche funcionaba a pleno rendimiento, sin embargo, rogó al chofer que cambiara el frío por calor, al menos en la parte trasera del coche. Con sus ojos bañados en lágrimas recordaba su vida. Las primeras batallas contra su padre para lograr ir a la escuela. Cuánto luchó mama por conseguir que estudiara. El ingreso y el premio a su tesón e inteligencia. Si lugar a dudas fue la primera llave para llegar donde estaba. El internado. El padre Andrés, otra bendición del Señor. Linda su primer amor y ahora estaba junto a su esposa entre la vida y la muerte. Recordaba a Silvia en la facultad, el incidente en clase, los meses vividos juntos en Corea, la forma como se declaró en aquella habitación. Los partos de sus tres hijos. La paciencia que tuvo cuando Linda se debatía entre la vida y la muerte durante cerca de dos años. No podía ser. El Señor no iba a permitir separarle de su lado. Todos esos recuerdos se apagaron en el instante que el coche se detuvo ante la puerta del gran hospital. Su chofer se mantenía en la puerta del automóvil esperado a su jefe. Pero no conseguía que sus piernas le obedecieran.
   - ¿Le sucede algo Don José?
   El chofer comenzaba a preocuparse. Por fin, consiguió hablar con él. Rogó a las asistencias del hospital que llevasen una silla de ruedas. Estaba bloqueado y era incapaz de conseguir que sus piernas respondieran. Juan, el chofer, pidió a uno de los celadores que aparcase el coche. Mientras, él, entraba en el interior del hospital empujando la silla de ruedas con José. Aquel celador aceptó encantado. Conducir un Mercedes 500 SEC no se hacía todos los días. Estacionó el vehículo y devolvió las llaves a Juan, quien a indicación de su jefe sacó un billete y se lo entregó al joven.
   En recepción lo pasaron a un despacho donde, un equipo compuesto por tres médicos, se presentaron para informar al familiar.
   El estado de las dos accidentadas era crítico, no había muchas posibilidades, pero mientras hay vida hay esperanza. Al comunicarles que era médico la información fue más técnica sobre las lesiones sufridas. Estaba claro que si conseguían salir de aquello no lo harían en condiciones para valerse por sí mismas. Sintió la necesidad de ponerse en pie, no era momento de derrumbarse, y si conseguían recuperarse, él debía estar en las mejores condiciones posibles. Logró levantarse de la silla de ruedas y sin explicárselo muy bien las piernas le respondieron. Al salir del despacho para entrar en la sala de reanimación, y verles unos segundos, se encontró frente a frente con Caterine. Al llegar a New Ville le comunicaron lo sucedido. No se detuvo ni un segundo y en coche se desplazó hasta allí. Estaba asombrado. Como había podido llegar tan pronto. Ellos se desplazaron a gran velocidad y solo hacía escasamente una hora de su llegada mientras ella se encontraba en Madrid. Pero Caterine tuvo suerte consiguió salir a los diez minutos de llegar al aeropuerto. Al abrazarse comenzaron a llorar como dos chiquillos. Entre sollozos le comentó.
   - Viven, pero hay muy pocas posibilidades. No...
   Intentó continuar, pero no le salían las palabras, era incapaz de articularlas. Ella se abrazó con fuerza y lo besaba con toda la ternura del mundo. Acariciaba con increíble dulzura su nuca, su espalda, sus mejillas. Trataba de animarlo y consolarse ella al mismo tiempo.
   Cuando consiguieron controlarse un poco pasaron los dos cogidos de la mano a la sala de reanimación. Ahí sobre dos lechos permanecían inconscientes. Posaron sus labios sobre sus frentes y abandonaron la sala.
   - ¿Te apetece tomar algo? Voy a la cafetería.
   Con esa frase Caterine pretendía elevar su moral, estaba convencida que la recordaría, pues con esas mismas palabras se dirigió cuando se encontraron por primera vez. Pudo observar como una leve sonrisa se dibujaba en su rostro. Se abrazó fuertemente y entraron en la cafetería. Pidieron una tila y abrazados permanecieron en silencio sentados en un acogedor rincón del local. El silencio fue absoluto entre la pareja. Casi al unísono recordaron las mismas cosas. Su primer encuentro en el hospital, cuando la esperanza y la ilusión por la vida se apagaban en aquellas mujeres sin techo. La desolación  por no poder hacer nada por su madre que se le iba en cada segundo. La invitación a la cafetería por aquel apuesto y encantador hombre maduro, que a la postre sería la salvación de ella y de su madre. José les ofreció todo lo necesario para poder sacarles de la cloaca en la que mal vivían. El resurgir de la empresa de mama “Modas Revaud”. Pero especialmente recordaba el cariño y la ternura que mostró por su madre ese hombre donde descansaba su cabeza. Recordó lo maravilloso que había sido el amor conservado durante años. Si tuviera que describir lo que era el amor, aquel hombre le había proporcionado la definición perfecta. Y tantas y tantas cosas que habían podido padecer, disfrutar y vivir juntos. Cruzaron en infinidad de veces sus miradas y en sus rostros se dibujaba siempre la sonrisa. Estuvo, en más de una ocasión, tentada a unir sus labios con los de él pero comprendió que sería una gran torpeza por su parte. Se asustó al comprobar la felicidad que experimentaba todo su ser al sentir el calor de su cuerpo y la dulzura de sus brazos abarcando el suyo. Esa agradable sensación le había llevado a olvidar la situación de su madre. 
   A las dos horas de la llegada de Caterine se fueron presentando sus hijos, familiares y amigos. La magnitud que tomaba aquella situación le llevó a reaccionar con prontitud. José, para solucionar problemas imprevistos era una autentico lince. Consiguió solventarlo con un hotel cercano al hospital. Allí se instalaron. En un principio era José quien recibía a los familiares y conocidos que iban llegando, pero la situación comenzó a poderle y sus hijos le obligaron a subir a su habitación para tranquilizarse. Era tal la cantidad de gente desplazada que se vieron obligados a tomar medidas. Más de trescientas personas se dieron cita en la localidad Suiza. Caterine, Brisite y Jorge, los más enteros, se preocuparon de recibir a la gente. Todos los hermanos de José con sus hijos al completo, cerca de ciento veinte personas componían su familia directa, fletado un avión y se desplazaron juntos hasta la capital Suiza y de ahí en autocares a la población donde se encontraban ingresadas las dos accidentadas. No faltó Paul Valery que al encontrarse en la entrada del hotel con sus hijas se abrazó y trató de animarles.
   Caterine entró en la habitación para comunicarle que su familia había llegado al completo. Se encontraban en uno de los salones del hotel. No le apetecía nada bajar. Ella le propuso que fueran subiendo a la habitación poco a poco. Pero sus hermanos no se merecían algo así, se cargó de ánimo y consiguió bajar los tres pisos. Al entrar en el salón mantuvo el tipo y fue abrazándose uno a uno a sus hermanos y respectivas esposas y esposos, pero cuando le tocó el turno a Rita, la emoción le pudo y rompió a llorar. Tanto uno como el otro se fundieron en un fuerte abrazo. No consiguieron articular una sola palabra. No hacía falta. Sus rostros expresaban todo lo que se podía decir. El silencio en aquel gran salón repleto de gente era increíble, a pesar de haber cerca de noventa entre jóvenes, niños y bebes, amen de los treinta adultos. Pero por todas las mejillas correteaban ríos de lágrimas. Incluso entre los más rudos hombres del campo. De nuevo al encontrarse con Andrés sucedió lo mismo que con Rita. Cuando consiguió llegar a la tribuna, donde se ubicaba el micrófono, todos los presentes tomaron asiento. Pronunció un corto pero emotivo discurso y rogó que le disculparan. Salió abrazado a Caterine, bañados por una maraña de sentimientos y lágrimas, para recogerse en su habitación
   Transcurridos treinta minutos rogó a Jorge y Caterine hacer lo mismo con los amigos y conocidos.
   - Me he recuperado bastante bien. Bajare a saludar y agradecer su presencia.
   Se encontraba con fuerzas para repetir la operación. A los diez minutos escasos Caterine subía de nuevo a la habitación para comunicarle que todo estaba preparado. Cuando hizo acto de presencia alguien comenzó a aplaudir y el resto siguió el ejemplo. Fueron unos aplausos muy suaves y continuos, tratando de mostrar el respeto hacía aquel personaje y expresar su preocupación sincera en lo más profundo de sus corazones. Desde la tribuna pudo reconocer a varios de los presentes, vecinos de la alquería y especialmente gente del mundo de la moda. Se dirigió en tono suave y pausado. Agradeció en su nombre y en el de su familia el apoyo mostrado con su presencia. Invitó a Caterine a tomar la palabra y agradecer su presencia en representación de los suyos. Cuando se disponía a subir de nuevo a su habitación se encontró cara a cara con Paul Valery. Estrechó su mano y le agradeció personalmente su presencia. Sabía muy bien el valor que suponía para sus hijas.
   Por la noche, aunque se presentaron algunas complicaciones, toda la familia consiguió encontrar alojamiento. Los amigos y conocidos habían abandonado la población.
   José y Caterine obtuvieron permiso para pasar la noche junto a su esposa y madre respectivamente. Aunque les habían preparado unas camas próximas a las de ellas ninguno de los dos se tumbó. Se sentaron en una silla junto a Silvia y Linda y permanecieron toda la noche pendiente de ellas.
  

















miércoles, 13 de junio de 2012

EL PRIMER AMOR TERCERA PARTE CAPITULO III LA DECISIÓN


   El trabajo no le dejaba casi ni respirar. Caterine viajaba, de una ciudad a otra, presentado la colección otoño invierno de la firma Revaud. En ese mes de Junio recorrió más de diez ciudades por todo el mundo. Por fin aquel maratoniano viaje concluyó. Era tiempo de descanso y su primer destino fue New Ville deseaba ver a mamá y saludar a José, quien se encontraba pasando unos días. Cuando Ignacio, su esposo, se enteró que viajó primero a ver a su madre antes de pasar por Madrid y verle. Se enfadó y así se lo comunicó por teléfono. Pero el verdadero enojó de su esposo fue saber que José se encontraba pasando unos días en New Ville.
   En casa se encontraba su tía, el matrimonio Carbonell y su madre. Estaba en el salón saludado a los presentes cuando por la puerta hacía su entrada José. Se miraron y la felicidad de Caterine se reflejaba en su sonrisa al tiempo que abría sus brazos para fundirse con aquel hombre. Mientras permanecían abrazados en medio del salón le susurro al oído.
   - No te puedes imaginar lo que te he echado de menos.
   Besó con delicadeza la mejilla de su papá adoptivo, como decía ella, y a continuación cogió con sus labios el lóbulo de su oreja derecha.
   - Caterine espera a la intimidad, aquí delante de todos me da corte.
   Con una de sus salidas solventó la situación.
   Esa noche en su habitación Caterine meditaba sobre su vida. “No debí casarme nunca con Ignacio”. “No es mal chico, pero creo que fue una pasión del momento.” “Esta tarde cuando me he abrazado a José me he dado cuenta que es capaz de hacerme perder la noción de todo”. “¡Dios!. Como lo deseo”. Era plenamente consciente de amarlo hasta límites desconocidos hasta por ella misma. A la mañana siguiente volaba a Madrid para encontrase con su esposo. La idea no le entusiasmaba y meditaba sobre la necesidad de hablar con él sobre su relación, sobre su matrimonio.
   El éxito de la gira superó todas las suposiciones. La firma Revaud se implantó en todo el mundo consiguiendo abrirse camino en países hasta la fecha impensables como China.
   El Mercedes 500 SEC circulaba a gran velocidad hacía el aeropuerto de Lyón. Caterine, sentada junto a José que conducía el vehículo, le miraba con cariño y ternura. Había envejecido mucho en esos últimos años y los primeros síntomas de la enfermedad le costaba disimularlos. Su mirada estaba llena de afecto y cariño hacia aquel hombre. Le hubiera gustado pedirle que se saliese de la carretera para perderse por cualquier lugar. Pero como siempre la presencia en sus pensamientos de Silvia le hacía desistir de tal deseo. Salieron solos de New Ville, pues su madre y Silvia quedaron en acercarse a Ginebra para resolver unos asuntos de la empresa.
   Cuando en la puerta de embarque se disponía a despedirse sus labios se tropezaron por accidente y ella no pudo evitar la pasión de aquella situación. Junto su cuerpo al de él y se fundió en un beso. La acción de su “hija adoptiva” le pilló, tan fuera de juego que no supo reaccionar y se quedó bloqueado todo el tiempo que quiso prolongar aquel maravilloso paraíso. Al separarse, con una picara sonrisa se despidió al tiempo que le daba la espalda y se introducía por la puerta de embarque.
   De regreso a New Ville José recapacitaba sobre el incidente en el aeropuerto y el comportamiento de Caterine en los últimos meses. “Esta chiquilla no cambiara en su vida” “Es un caso, pero es encantadora”. La quería como a una hija. A Bety la veía con más frecuencia, pues a la postre era su nuera, pero su relación con ella no era igual que con su hermana. Se identificaron desde aquella noche en el hospital de New Ville, cuando se encontraron por primera vez. Él había ido al encuentro de su primer amor, su madre, de la que no sabía nada desde hacía más de treinta años.
   Fue directo al hospital, tenía cita con su médico particular en New Ville, para recoger los informes de los últimos análisis. Bernard, su médico, salió a su encuentro y los dos colegas entraron en el despacho charlando.
   -¿Cómo van esos ánimos?
   Fueron las primeras palabras de su médico al sentarse en el tresillo del despacho.
   José se dio cuenta que algo no iba bien y a su interlocutor le costaba darle la noticia. Por ello decidió tomar la iniciativa.
   -  Sé muy bien lo que tengo y la enfermedad esta evolucionando muy rápidamente.
   Bernard iba a intervenir pero José le corto para añadir.
   - ¿Tengo que dejarme todo? Verdad.
   La conversación prosiguió entre los dos profesionales de la medicina. José era consciente que los análisis confirmaban sus temores. Estaba muy entero y se despidió de su colega con un abrazo. Cuando entró en casa no había nadie. Silvia se había ido con Linda, y Brisite se encontraría con toda seguridad en las fábricas o en la tienda. Entró al salón, se sentó y dirigiéndose al servicio pidió que le sirvieran el aperitivo. La idea de la jubilación no le asustaba, de hecho ya no trabajaba prácticamente y había dejado los negocios casi por completo a sus hijos y sobrinos. Dedicándose solo a la investigación. Pero el verse un parásito y especialmente una carga para su familia le preocupaba.
   El sonido del teléfono le sacó de sus cavilaciones.
   - Señor. La señora Caterine al teléfono.
   Un sirviente le acercaba el aparato. Durante el tiempo que mantuvieron la conversación telefónica Caterine notó algo extraño en la voz de su amor. Preguntó varias veces si se encontraba bien, pero cuando colgó sintió que algo pasaba y sin pensarlo dos veces se despidió de Ignacio y fue al aeropuerto a coger el primer vuelo que le llevara de nuevo a Lyón. Circunstancia que no agradó en absoluto a su marido. Pero, ya estaba acostumbrado a pasar largas temporadas sin su compañía. El trabajo les permitía convivir muy poco. Pero ahora estaba de vacaciones y no tenía excusa para alejarse de él. No podía comprender que por una simple intuición fuese capaz de alejarse después de haber pasado más de dos meses sin verse un solo día, aunque se telefonearan. Además acababa de estar con José.
   Cuando en las fiestas familiares y vacaciones se reunía la familia, especialmente en Navidades, los celos provocados por la presencia de José, pero especialmente como su esposa tonteaba con él, le podían. En más de una ocasión lo habló con Caterine y ella comenzaba a reír sin darle la menor importancia a las quejas de su esposo. Nunca llegó a pensar que llegara a pensarlo en serio. José estaba por encima de todo. De su madre, a la que adoraba. De su trabajo, del que estaba profundamente enamorada. De su esposo, en fin, por encima de ella misma. Por ello no le entraba  en la cabeza que su marido sintiera celos de “su padre”.
   Intentó persuadirle para que abandonara la idea, pero Caterine le dio la espalda pensando sinceramente que estaba bromeando, dejándolo con la palabra en la boca.
   De camino al aeropuerto el móvil sonó.
   - Caterine si no regresas a casa será mejor que cada uno tome su camino.
   Se quedó helada. No podía entender el comportamiento de su esposo. Ni le contestó, colgó el teléfono y prosiguió su camino. Pero las amenazas de Ignacio no hicieron otra cosa que separarlos más. “Lo que me faltaba que quiera dirigir mi vida”- “Desde luego que no le pondré ni el mínimo impedimento”. Estaba fuera de sí la llamada de su marido había conseguido sacarle de sus casillas y no era fácil. Pues solía ser una mujer tranquila y calculadora. Pensó en José y olvidó todo su enfado. Deseaba estar lo antes posible junto a él y averiguar lo que le sucedía. Estaba segura que algo no era normal. Lo había observado durante años. Habían compartido los primeros años de trabajo duro y sabía perfectamente como respiraba. Nada le podía persuadir que, a su gran amor, no le pasara algo. Lo percibió con las primeras palabras intercambiadas por teléfono.
   Llegó al aeropuerto. Estacionó su coche en el parking y sin entretenerse y algo acelerada recorrió los diferentes despachos de billetes de las compañías con vuelos a Lyón para sacar billete en el primer vuelo.













miércoles, 6 de junio de 2012

EL PRIMER AMOR TERCERA PARTE CAPITULO II - LA DECEPCIÓN



   Eran las cinco de la madrugada cuando sonó el teléfono de los Carbonell. José se incorporó sobresaltado de la cama y se apresuró  a descolgarlo. Era Caterine que entre sollozos le comunicaba, haber escuchado por la CNN, la concesión del Nóbel a Aleixandre Dekrauf. Con la ternura, la sencillez y el cariño de siempre, consoló a su amiga.
   - Pienso que deberías estar contenta. Gracias a él tu madre sigue con vida y con toda sinceridad pienso que han acertado plenamente.
   Silvia comenzaba a despertarse, preguntó quien se atrevía a llamar a esas horas y al detener por unos instantes su conversación con Caterine para aclararle de quien se trataba, realizó un gesto muy expresivo y dando media vuelta, trató de coger de nuevo el sueño.
   Tras más de media hora de conversación, colgó. El sueño no consiguió dominar de nuevo a  Silvia y al percibir el fin de la conversación. Preguntó.
   - ¿Qué quería?
   - Nada.
   Contestó con rapidez.  Dejó parar unos segundos y añadió.
   - Ha escuchado que le han concedido el Nóbel a Aleixandre.
   De inmediato Silvia se incorporó se abrazó con fuerza a su marido y trató de animarlo. Estaba convencida que se lo concederían a él y la noticia debió suponer una gran decepción. Al comprobar lo afectada que estaba, restó importancia a la noticia y trató de animarle. Tras una larga pausa de silencio absoluto sustituido por todo el afecto y cariño de los dos esposos, rompió aquel silencio.
   - Mi único y ansiado premio eres tú. Nada ni nadie en el mundo puede igualar lo que supone compartir mi vida contigo.
   Las lágrimas se escaparon de los bellos ojos de Silvia. Se abrazó a su esposo y se entregó llena de felicidad y satisfacción. Pues no era él quien le estaba animando. “Este hombre es excepcional pensaba mientras se entregaba a su esposo llena de pasión y deseo.
   Cuando aquella pasión se calmó José cogió el teléfono y llamó a su colega. Lo sacó de la cama, pero no le había notificado nadie la noticia y agradeció de corazón a su compañero y gran amigo la información. Se disculpó por la decepción que sin duda habría sufrido y colgaron.
   Esa mañana tuvo que atender a infinidad de medios de comunicación y a un gran número de visitas que se sucedieron una tras otra a lo largo del día, principalmente de familiares y amigos.
   Cuando a las doce de la mañana se presentaba Caterine, no podía dar crédito a sus ojos. Se encontraba metida de lleno en la presentación de su colección. Esa misma noche se celebraba en París. Al expresarle José su preocupación ella le tranquilizó asegurando que el jet alquilado le esperaría sin problemas y llegaría sin dificultad al inicio del pase.
   Se encontraban conversando, cuando por la puerta del salón hacía su entrada Ignacio. Se enteró por televisión y quería expresarle su apoyo. Al ver a su esposa se quedó petrificado. Ella se aproximó, le dio un par de besos en las mejillas, y regresó al tiempo que reanudaba la conversación. José observó la reacción de Ignacio y aprovechó la ocasión para facilitarles lo hablado en la alquería.
   - Pienso que es hora que os sentéis, ahora que tenéis tiempo y os sinceréis el uno con el otro.
   Al tiempo que pronunciaba estas palabras abandonaba el salón y cerraba tras de sí la puerta. El matrimonio se encontró fuera de juego. Los había pillado por sorpresa y permanecieron varios minutos uno frente al otro sin pronunciar una sola palabra. No era fácil iniciar la conversación, pero por fin, tras unos eternos y tensos minutos Ignacio se decidió.
   - Caterine, no me explico como has sido capaz de dejarte una presentación por algo así. Te juro que no te entiendo. Murió mi padre y tan solo te dignaste a telefonear. Cuando el bufete tuvo esa crisis tan profunda y te rogué que te necesitaba a mi lado. Te dignaste a telefonearme tres veces, lo cierto es que te molestaste tres veces ese día para animarme, pero fuiste incapaz de venir porque estaba la fiesta final de la presentación.
   Ignacio continuó relatando infinidad de circunstancias y situaciones por las que su mujer no había dado una respuesta adecuada según su opinión. Escuchaba a su esposo con atención. En su memoria iba grabándose uno a uno sus reproches. Se estaba tomando su tiempo para responderle. No deseaba alterarse, necesitaba más que nunca estar serena y dominar la situación. Ignacio continuaba sin parar recriminándole acciones, despechos desaires y demás. Por fin, algo fuera de sí por la actitud de su esposa añadió. 
   - ¿No tienes nada que decirme?
   Un silencio hiriente se apoderó de aquel amplio salón. Caterine no quitaba su mirada de los ojos de su esposo. Éste, cuando la cruzaba la retiraba de inmediato, era incapaz de aguantar aquella mirada fría, calculadora e hiriente cuando lo deseaba. De pronto, pensó que era el mejor momento. Con voz pausada y tranquila comenzó.
   - Por lo que he podido escuchar debo ser una esposa con solo defectos. No te he oído decirme nada bueno hacia mi persona. Cuando te conocí eras un chico encantador, alegre, divertido y disponías de todo el tiempo del mundo para mí. Has sido una persona paciente con mi profesión. Sabías desde un principio como era esto de la moda. Eres un hombre muy trabajador y sé por José que cuando te confió los asuntos de sus empresas respondiste perfectamente.
   Cuando Caterine pronunció el fatídico nombre, para él, saltó de su asiento como una pelota.
   - ¡José! ¡Cómo no! Para ti solo existe ese hombre en el mundo.
    La entonación que le dio su esposo a la frase estuvo a punto de hacerle perder la compostura, se mordió la lengua contó hasta diez y le interrumpió diciendo.
   - ¿Así que tus problemas son exclusivamente los celos? Pues lo siento Ignacio. Para eso no hay remedio.
   - Desde luego que lo hay.
  Replicó exaltado por la tranquilidad y seguridad con que le respondía.
  - Dedica más tiempo a tu marido y olvida por una temporada a José.
   Mientras ella hacía sus ejercicios de autocontrol para no perder los papeles, él proseguía con sus recriminaciones. Llevaban más de sesenta minutos hablando, Caterine tan solo había dado unas pinceladas a su intervención. Cansada de oír a su esposo le rogó guardar silencio y le pidió que se sentara. Había hablado demasiado y ahora le tocaba a ella aclarar ciertas cosas. Con una asombrosa tranquilidad y con ese tono dulce y cariñoso que tanto agradaba a José comenzó su discurso.
   - En primer lugar. Y no es la primera vez que te lo digo. José esta por encima de todo, incluso antes que yo misma. Si después de lo que te voy a contar, no estas de acuerdo con esta primera y única premisa, será mejor que cada uno tome su camino. No es negociable. El resto, hasta mi propia persona lo es. Comprendo tu incapacidad de entender algo que no has vivido personalmente. También soy consciente que aun siendo capaz de explicártelo a la perfección, nunca llegarás a saber la verdadera dimensión de la situación vivida. Mi madre y yo no teníamos donde caernos, todo el mundo nos rechazaba, nos repudiaban e incluso nos increpaban. Cuando nadie daba nada por nosotras llegó el personaje del que tienes celos y nos tendió la mano. Te recuerdo, por si tu memoria té falla, que a ti también te la tendió, aunque en otras circunstancias. Fui yo la que le conté  los problemas del bufete y no se lo había terminado de contar cuando ya te solucionó todas las dificultades. Pero volvamos a la época que teníamos verdaderos problemas mi madre y yo. No solo se limitó a proporcionarnos trabajo, vivienda, comida, ropas, dignidad, y un largo repertorio. Se ofreció él mismo, su tiempo, su ternura, su cariño, su amistad. Robándoselo a sus negocios, a su esposa, que por cierto la adora, a sus hijos. Si hubieras podido ver la ternura y el cariño que tuvo con mamá, sin lugar a dudas fue determinante para salvarla, estoy segura que no serias capaz de decir lo que acabo de escuchar.
   Las lagrimas acudieron a sus ojos, el recuerdo de aquel tiempo, la incomprensión de su marido hacía José le impidió proseguir. Comenzó a sollozar y aunque intentó continuar no conseguía articular una sola palabra. Ignacio se conmovió se aproximó a su mujer se abrazó y mientras sus brazos le abarcaban con lagrimas en los ojos se disculpó.
   - Perdón. Caterine, perdóname por favor.
   El silencio se adueño de la habitación. Ella continuaba llorando, incapaz de salir de aquel llanto. Una mezcla de rabia, de incomprensión, de amor, de agradecimiento y de tensión se daba en ese momento en su ser.
   Con dulzura rogó a su esposa que se sentase en el tresillo. Sacó un pañuelo del bolsillo y enjugó sus lágrimas, mientras acariciaba con ternura y cariño aquel angelical rostro.
   - Espero que sepas disculparme. Tratare por todos los medios a mi alcance respetar esa premisa que has expuesto y como señal de mi voluntad y mi amor hacia ti, me iré contigo a París para apoyarte en la presentación de esta colección. 
   Abandonaron el salón. Entraron en el servicio, se lavaron la cara y refrescaron el rostro. Salieron cogidos de la mano y fueron a despedirse. Ignacio se disculpó ante José en presencia de su esposa, agradeciendo el interés puesto por salvar su matrimonio. El chofer personal de José les llevó al aeropuerto para subir al avión fletado por Caterine para regresar a París.
   Cuando ella, en la despedida, se abrazó a José le susurró.
   - Ya te contaré, eres un encanto. Y sigo opinando que esos suecos se han equivocado de personaje al conceder el premio.
   Posó sus labios en los de él y se marchó con su esposo. Se sintió satisfecho los veía marchar bastante reconciliados y el hecho de que Ignacio le acompañara era señal inequívoca que él comenzaba a ceder en algo. Ahora solo le cabía esperar que Caterine fuese capaz de ceder. Le hubiera gustado hablar con ella pero se les haría tarde si no emprendían pronto el regreso.
   El internado donde José cursó el bachillerato se engalanó para recibir al personaje más celebre salido de aquel centro. El salón de actos repleto de gente, no permitía entrar ni una alfiler, alumnos, padres, religiosos, seglares. En fin toda la comunidad educativa sé dieron cita para agasajar al personaje en cuestión. Se encontró y pudo saludar a algunos de sus profesores. En la presentación del acto, la realizó el rector mayor de la congregación desplazado exclusivamente para rendir homenaje a tan celebre personaje. Los elogios, virtudes y cualidades del invitado se resaltaron sin escatimar el mínimo calificativo. Cuando José tomó la palabra fue muy corto en su mensaje.
   - Sé por experiencia que los grandes discursos no suelen llegar a la gente y como también fui niño sé que esto es lo que más os aburre, seré breve y que la fiesta comience. Mi intención es dar un consejo. Vosotros no debéis  pensar en mí, ni en esas figuras de la música, del deporte, de las ciencias o de la política y ser vosotros mismos. Sois únicos y eso es lo que ha de mover vuestras vidas. Tratar de sacar lo mejor que hay en vosotros y desarrollarlo todo lo posible. Y que la fiesta comience.    
   El salón rompió en un estremecedor aplauso, José bajó al público para estrechar la mano que le tendían aquellos estudiantes. Ya en el patio del colegio los juegos, deportes y concursos comenzaron, celebrando de esta manera la presencia del personaje en cuestión. Junto a su esposa Silvia, compartió la conversación y el vino en su honor que les brindó la dirección de la comunidad educativa.
   Quedaron gratamente sorprendidos por la sencillez y el saber estar del matrimonio.
   Permaneció la jornada completa en el centro, dedicando su tiempo especialmente a los más pequeños. Quienes los abrazaban, manchaban sus trajes de chocolate, caramelo o de barro. Si algún educador trataba de recriminarlos tanto uno como otro salían en su defensa.
   - La ropa tiene fácil solución. Deben comportarse como lo hacen con sus papás, nos encontramos mucho mejor si son espontáneos, tal y como son.
   Los niños giraban su rostro hacía el educador y con un gesto muy significativo volvían con los esposos.
   Cuando el matrimonio llegó a su casa, estaban agotados. Se metieron directamente al baño y tras una buena sesión de hidromasaje se fueron a la cama sin cenar.